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—Solo estoy cansada.

Él le tocó la barbilla.

—¿Has recordado algo?

—No.

—Mírame.

Lucía levantó los ojos.

—No recuerdo nada.

Daniel la estudió.

Después sonrió.

—Bien.

Se giró.

Lucía preguntó:

—¿Quién es Elena?

Daniel se detuvo.

Silencio.

Lucía sintió que había ido demasiado lejos.

Él se volvió lentamente.

—¿Dónde has oído ese nombre?

—No sé.

—Lucía.

—Quizá soñé con ella.

Daniel se acercó.

—¿Qué soñaste?

—Una mujer.

—¿Cómo era?

—Rubia.

Daniel palideció.

Lucía entendió.

—La conoces.

—No.

—Acabas de cambiar de cara.

—Estás confundida.

—Daniel.

Él cerró los ojos.

—Elena era mi hermana.

—¿Era?

—Murió.

—¿Cómo?

—Accidente.

—¿En una casa junto a un lago?

Daniel dejó de respirar.

La habitación quedó completamente en silencio.

—¿Quién te ha dicho eso?

Lucía retrocedió contra el cabecero.

—Así que existe.

Daniel cerró la puerta.

—Escúchame.

—No te acerques.

—Lucía.

—¿Qué ocurrió allí?

Daniel dio otro paso.

—Necesitas descansar.

—¡No quiero descansar!

—Baja la voz.

—¿Por qué? ¿Porque Salvatierra podría oírme?

Daniel se congeló.

Lucía sintió miedo.

Ya no podía fingir.

—Lo sé.

—¿Qué sabes?

—Me estabais drogando.

Daniel miró el armario.

Después la cámara.

Entendió.

—Sacaste la tarjeta.

Lucía no respondió.

—Dámela.

—No.

—Lucía.

—¿Dónde está Álvaro?

Daniel apretó la mandíbula.

—Muerto.

Lucía sintió un golpe.

—Mientes.

—No.

—¿Lo mataste?

—No.

—¿Salvatierra?

Daniel bajó la mirada.

—No exactamente.

—Entonces ¿quién?

Daniel se sentó en el borde de la cama.

Por primera vez parecía cansado.

Realmente cansado.

—Tú.

Lucía dejó de respirar.

—¿Qué?

—Álvaro murió por tu culpa.

—No.

—No dije que lo mataras.

—Entonces habla.

Daniel la miró.

—La noche de la casa del lago descubriste todo.

—¿Qué?

—Que Álvaro llevaba años vigilándote.

—¿Por qué?

—Por tu padre.

Lucía frunció el ceño.

—Mi padre murió cuando yo era niña.

Daniel negó.

—No.

Aquella palabra volvió a romper el mundo.

—Está vivo.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—Mientes.

—Salvatierra tampoco lo sabe.

—Entonces ¿por qué me vigilaban?

—Porque tu padre robó algo.

—¿Qué?

Daniel se levantó.

—Un archivo.

—¿Qué archivo?

—Nombres. Cuentas. Médicos. Jueces. Empresas.

Lucía tragó saliva.

—¿Y yo lo tenía?

—Él te lo dio.

—No recuerdo nada.

—Porque conseguiste exactamente lo que querías.

—¿Qué?

Daniel la miró.

—Me pediste que borrara tu memoria.

Lucía soltó una risa nerviosa.

—No.

—Sí.

—Jamás haría eso.

—Me rogaste.

—¿Por qué?

Daniel guardó silencio.

—¿Por qué?

—Porque sabías dónde estaba tu padre.

Lucía se quedó inmóvil.

—Y si Salvatierra conseguía sacarte la información…

—Lo encontraría.

Daniel asintió.

Lucía comenzó a comprender.

—Entonces las pastillas…

—Al principio fueron idea tuya.

—¿Y ahora?

Daniel no respondió.

—Daniel.

—Ahora Salvatierra no quiere que recuperes nada.

—Pero tú sí.

Silencio.

Lucía lo miró.

—Por eso me diste una pastilla diferente.

Daniel se acercó.

—No era para borrarte la memoria.

—¿Entonces?

—Era para recuperarla.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Salvatierra cree que sigues tomando el tratamiento original.

—¿Me has estado engañando a mí o a él?

Daniel respondió:

—A los dos.

Lucía soltó el aire.

—¿Por qué?

Daniel sacó algo del bolsillo.

Una alianza.

La colocó sobre la cama.

Lucía reconoció el anillo de las fotografías.

—Álvaro.

—Antes de morir me dio esto.

Dentro había una diminuta tarjeta.

—¿Qué contiene?

—Un vídeo.

Daniel sacó su teléfono.

Insertó la tarjeta.

Álvaro apareció.

Golpeado.

Asustado.

—Lucía, si estás viendo esto, significa que Daniel decidió ayudarte.

Lucía comenzó a llorar.

—Álvaro…

—Lo siento por todo lo que hice.

Pausa.

—Pero hay algo peor.

La cámara tembló.

—Salvatierra no buscaba a tu padre.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué?

Álvaro continuó:

—Buscaba a Elena.

Daniel palideció.

—Mi hermana está muerta.

El vídeo respondió como si hubiera escuchado:

—Elena está viva.

Daniel dejó caer el teléfono casi de inmediato.

Lucía lo agarró.

Álvaro continuó:

—Y ella sabe dónde está el archivo.

La grabación terminó con una ubicación.

Una dirección.

Lucía la reconoció.

—La casa del lago.

Daniel miró el reloj.

—Tenemos que irnos.

Lucía bajó de la cama.

—Ahora.

—Apenas puedes caminar.

—Entonces ayúdame.

Daniel abrió la puerta.

Un hombre estaba al otro lado.

Doctor Salvatierra.

Sonriendo.

Dos enfermeros detrás.

—No hará falta.

Daniel se interpuso.

—¿Cuánto llevas ahí?

—Lo suficiente.

Salvatierra miró a Lucía.

—Veo que la nueva pastilla ha funcionado.

Ella retrocedió.

—Sabías que Daniel la cambió.

—Claro.

Daniel palideció.

—Me usaste.

—Desde el principio.

Salvatierra entró.

—Lucía necesitaba recordar una cosa.

—¿Cuál?

El médico sonrió.

—Dónde escondió a Elena.

Lucía negó.

—No lo sé.

—Todavía.

Salvatierra señaló la pastilla húmeda que Lucía había escondido.

El pañuelo había caído junto a la cama.

—Pero eso sí era un problema.

Lucía miró a Daniel.

—No la tragué.

Salvatierra empezó a reír.

—No importaba.

—¿Qué?

—Nunca estuvo en la pastilla.

Lucía sintió frío.

El médico levantó el vaso que Daniel había dejado antes.

—Estaba en el agua.

Daniel palideció.

—No.

Lucía miró el vaso.

—Entonces…

Salvatierra sonrió.

—La cuenta atrás ya ha empezado.

Lucía retrocedió.

—¿Para qué?

El médico respondió:

—Para que recuerdes la noche de la casa del lago.

Pausa.

—Y especialmente quién empujó a Elena desde el balcón.

Lucía cerró los ojos.

Una imagen atravesó su mente.

Agua negra.

Cristales rotos.

Una mujer gritando.

Y sus propias manos.

Cuando volvió a abrir los ojos, miró a Daniel horrorizada.

—Yo estaba allí.

Daniel susurró:

—Sí.

—Vi quién lo hizo.

Salvatierra dio un paso.

—Dinos el nombre.

Lucía empezó a temblar.

—No…

—Lucía.

Ella miró directamente a Daniel.

—Fuiste tú.

Daniel perdió todo color.

Pero antes de que pudiera responder, una voz femenina habló desde el pasillo:

—No, Lucía.

Todos se giraron.

Una mujer rubia estaba de pie detrás de los enfermeros.

Viva.

Elena Vega.

Y añadió:

—Daniel intentó salvarme.

Lucía dejó de respirar.

Elena miró a Salvatierra.

—El hombre que me empujó sigue en esta habitación.

Y el médico dejó de sonreír.