—Pregúntele a ella.
Elena se puso rígida.
Lucía giró.
—¿Capitana?
Rafael soltó una pequeña carcajada.
—¿De verdad cree que consiguió entrar aquí sin que yo lo supiera?
El general frunció el ceño.
—Explíquese.
Rafael miró directamente a Lucía.
—Su identidad quedó expuesta el segundo día.
Silencio.
Lucía sintió frío.
—Eso es mentira.
—¿Recuerda el archivo que encontró en mi despacho?
—Sí.
—Lo dejé allí.
Lucía no respondió.
—¿Las facturas?
—También.
—¿Las grabaciones del almacén?
Rafael sonrió.
—También.
La mujer de traje miró al general.
—¿Está diciendo que sabía que estaba siendo investigado?
—Desde el principio.
Lucía apretó la mandíbula.
—Entonces ¿por qué permitió que continuara?
Rafael miró los vehículos oficiales.
—Porque quería saber quién estaba detrás de usted.
El general Salvatierra dio un paso.
—Cuidado con lo que dice.
Rafael lo señaló.
—Y ahora ya lo sé.
Los policías militares avanzaron.
—No se mueva.
—No pienso huir.
Rafael levantó lentamente las manos.
—Pero antes de detenerme, comandante, debería mirar su teléfono.
Lucía no se movió.
—No.
—Mírelo.
Su teléfono vibró.
Una vez.
Otra.
Lucía lo sacó.
Número desconocido.
Había una fotografía.
Una mujer mayor sentada en una habitación.
Lucía palideció.
—Mamá…
Rafael sonrió.
El general reaccionó.
—¿Qué pasa?
Lucía amplió la imagen.
Su madre.
Carmen Herrera.
Detrás de ella había un reloj.
Y un periódico de aquella mañana.
Estaba viva.
Pero retenida en algún lugar.
Debajo de la fotografía aparecía un mensaje:
SI RAFAEL MENDOZA SALE DE ESTA BASE DETENIDO, ELLA NO VOLVERÁ A CASA.
Lucía levantó la vista.
—Hijo de…
Los policías agarraron a Rafael.
Él no se resistió.
—Yo no di esa orden.
—¡Miente!
—No.
Rafael miró el teléfono.
—Precisamente por eso intenté detener la operación.
Lucía lo miró con odio.
—¿Espera que crea que estaba protegiéndome?
—No.
—Entonces ¿qué quiere que crea?
Rafael respiró.
—Que la persona que secuestró a su madre está aquí.
Todos quedaron inmóviles.
Lucía miró alrededor.
Soldados.
Oficiales.
General.
Policía militar.
Capitana Torres.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Quién?
Rafael miró a la formación.
—Por eso necesitaba que todos estuvieran presentes esta mañana.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿El corte de pelo también formaba parte de eso?
—No.
Por primera vez, Rafael pareció avergonzado.
—Eso fue personal.
—Entonces es un miserable.
—Nunca dije lo contrario.
El general Salvatierra gritó:
—Basta. Llévenselo.
Los policías comenzaron a moverlo.
Rafael se volvió.
—¡Mire el pelo!
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué?
—¡Mire el pelo que corté!
Lucía miró el pavimento.
Los mechones oscuros estaban dispersos por el suelo.
Uno tenía algo adherido.
Pequeño.
Metálico.
La capitana Torres lo vio también.
Se agachó.
—Hay algo aquí.
Recogió el mechón.
Entre el cabello había un diminuto dispositivo negro.
Un transmisor.
Lucía palideció.
—Eso estaba en mi pelo.
Rafael asintió.
—Desde antes de que llegara al patio.
El general miró a Torres.
—¿Quién pudo colocarlo?
Rafael respondió:
—Alguien que estuvo suficientemente cerca de ella esta mañana.
Lucía recordó.
El desayuno.
La formación.
Una revisión de uniforme.
La capitana Torres acercándose por detrás.
Ajustándole el cuello.
Y tocándole el cabello.
Lucía giró lentamente.
Elena Torres seguía sosteniendo el mechón.
—Capitana…
Elena no reaccionó.
—Míreme.
La mujer levantó los ojos.
Ya no parecía nerviosa.
Parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
Lucía susurró:
—¿Fue usted?
Torres sonrió.
Rafael gritó:
—¡No se acerquen!
Demasiado tarde.
La capitana dejó caer el mechón.
Metió la mano dentro de su chaqueta.
Los policías reaccionaron.
Pero no sacó un arma.
Sacó un teléfono.
Presionó un botón.
El móvil de Lucía recibió otro mensaje.
Una fotografía nueva.
Su madre seguía sentada.
Pero ahora había alguien detrás de ella.
Un hombre.
Lucía amplió la imagen.
Y sintió que las piernas le fallaban.
—No…
El hombre era su padre.
Antonio Herrera.
Oficial del ejército.
Muerto oficialmente doce años atrás.
Lucía miró a Torres.
—Mi padre está muerto.
Elena respondió:
—Eso es lo que él necesitaba que creyeras.
El general Salvatierra palideció.
Rafael dejó de forcejear.
Todos parecían conocer ese rostro.
Lucía miró al general.
—¿Usted lo conoce?
Salvatierra no respondió.
—¡General!
El hombre cerró los ojos.
—Antonio Herrera no murió.
Lucía sintió que el mundo se inclinaba.
—Entonces ¿dónde ha estado?
Rafael respondió:
—Dirigiendo la operación que yo llevaba años intentando descubrir.
—¿Qué operación?
Torres sonrió.
—La razón real por la que te enviaron aquí.
Lucía apretó los puños.
—Yo vine a investigar a Mendoza.
—No.
Torres negó.
—Eso fue lo que te dijeron.
La comandante miró al general.
Salvatierra no podía sostenerle la mirada.
—¿Qué está diciendo?
Torres continuó:
—Mendoza era el cebo.
Rafael soltó una risa amarga.
—Por fin.
Lucía miró a todos.
—¿Cebo para qué?
La capitana caminó lentamente hacia la formación.
Los soldados se apartaron.
—Para ti.
Lucía dejó de respirar.
—¿Para mí?
—Tu padre necesitaba saber si todavía obedecías a la institución.
—¿Por qué?
Torres la miró fijamente.
—Porque dentro de cuarenta y ocho horas tendrás que elegir entre tu uniforme…
Hizo una pausa.
—…y tu familia.
Lucía miró la fotografía de sus padres.
—¿Qué quiere de mí?
Elena respondió:
—Algo que solo tú puedes abrir.
—¿Qué?
La capitana señaló las tijeras que todavía estaban en el suelo.
—Pregúntale a Mendoza por qué eligió cortarte precisamente el lado izquierdo del cabello.
Lucía giró hacia Rafael.
Él permaneció callado.
—¿Por qué?
Rafael tragó saliva.
—Porque debajo de tu oreja izquierda tienes una cicatriz.
Lucía tocó la zona.
La conocía desde niña.
—¿Y?
Rafael respondió:
—No es una cicatriz.
El patio entero quedó en silencio.
—Entonces ¿qué es?
El coronel la miró.
—Una marca quirúrgica.
Lucía retrocedió.
—¿De qué?
Elena Torres respondió:
—De algo que tu padre escondió dentro de ti cuando tenías ocho años.
Lucía sintió que el aire desaparecía.
—Está mintiendo.
Torres negó.
—Por eso nadie quería tu pelo corto.
—¿Qué hay debajo?
La capitana miró directamente hacia la pequeña cicatriz.
—Una llave biométrica.
Lucía abrió los ojos.
—¿Una llave para qué?
Torres sonrió.
—Para el archivo que puede destruir a todos los oficiales que están aquí.
Lucía miró al general.
Luego a Rafael.
Luego a la formación.
Nadie parecía respirar.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era un vídeo.
Su padre apareció en pantalla.
Más viejo.
Cabello gris.
La miraba directamente.
—Hola, hija.
Lucía sintió lágrimas en los ojos.
Antonio continuó:
—Si estás viendo esto, significa que Mendoza hizo exactamente lo que esperaba.
Lucía miró al coronel.
Él palideció.
—¿Qué…?
Antonio siguió:
—Te cortó el pelo.
Rafael dejó de respirar.
Lucía sintió un escalofrío.
Su padre sonrió desde la pantalla.
—Ahora ya pueden ver la marca.
Pausa.
—Y ahora empieza la verdadera operación.
La grabación terminó.
Lucía permaneció inmóvil.
Con el cabello cortado.
La cicatriz expuesta.
Y toda la unidad mirándola.
Por primera vez entendió que aquella mañana nunca había sido sobre humillarla.
Alguien había necesitado que todos vieran exactamente lo que escondía debajo de su cabello.
Y el coronel Rafael Mendoza acababa de hacerlo por ellos.