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La música del salón apenas se escuchaba entre las conversaciones de los invitados. Sofía Herrera caminaba de mesa en mesa con una libreta negra y una sonrisa profesional.

Nadie sabía que no era camarera.

Había entrado al hotel usando la acreditación de una empleada que aceptó intercambiar su turno por una cantidad de dinero. Durante casi dos horas, Sofía sirvió bebidas, retiró platos y fingió no escuchar las conversaciones privadas de los hombres más poderosos del salón.

Esperaba a una sola persona.

Cuando Khalid Al-Rashid ocupó la mesa número diecisiete, Sofía sintió que las manos le temblaban.

El empresario árabe llevaba una impecable túnica blanca y un reloj cuyo precio superaba todo lo que ella ganaría en diez años. A su lado estaban Alejandro Montes y Marcos Salcedo, dos inversores españoles relacionados con la venta del antiguo Hotel Imperial.

Sofía se acercó con la libreta.

—¿Qué desea tomar, señor?

Khalid levantó la mirada y sonrió.

—Apunta bien, señorita.

Los dos empresarios intercambiaron una mirada divertida.

—Khalid Al-Rashid —continuó él—. ¿Sabrás escribirlo?

Alejandro soltó una carcajada.

—Creo que necesitará ayuda.

Sofía bajó la cabeza y fingió concentrarse en la libreta. Escribió el nombre lentamente, aunque llevaba quince años viéndolo en una carta que su madre había escondido antes de desaparecer.

Los hombres siguieron riendo.

Sofía cerró la libreta.

—Al-Rashid… conozco ese apellido.

Khalid dejó de sonreír.

Ella sostuvo su mirada.

—¿Conoció usted a Elena Herrera?

La copa resbaló entre los dedos del empresario y golpeó el mantel. El líquido rojo se extendió junto a su plato.

Alejandro y Marcos guardaron silencio.

—¿Quién eres? —preguntó Khalid.

—Su camarera.

—No. ¿Quién eres realmente?

Sofía señaló discretamente su placa.

—Sofía Herrera.

Khalid palideció.

Durante unos segundos, pareció incapaz de respirar. Después se levantó y ordenó a sus acompañantes que no se movieran.

—Ven conmigo.

—Prefiero hablar aquí.

—Si pronuncias otra vez ese nombre delante de estas personas, podrías no salir viva del hotel.

Sofía apretó la libreta contra el pecho.

—Mi madre dijo lo mismo en su última carta.

Marcos dejó el tenedor sobre el plato.

—Khalid, no sabemos quién está escuchando.

—Precisamente por eso debemos terminar esta conversación en privado —respondió él.

Sofía miró hacia las cámaras del salón. Había calculado todos los riesgos, pero no esperaba ver miedo en el rostro de Khalid. Siempre creyó que él era el responsable de la desaparición de Elena.

Quince años atrás, su madre trabajaba como intérprete para un consorcio internacional que compraba hoteles en Europa. Una noche, Elena regresó a casa nerviosa, escondió varios documentos dentro de una caja y le dijo a su hija:

“Si algún día conoces a un hombre llamado Al-Rashid, no le digas quién eres hasta que él pronuncie la palabra azafrán”.

A la mañana siguiente, Elena desapareció.

La policía concluyó que había abandonado voluntariamente el país. Sofía, que entonces tenía doce años, nunca lo creyó.

Khalid caminó hacia un corredor lateral. Sofía lo siguió, pero antes de abandonar el salón arrancó discretamente una página de su libreta y la dejó debajo de una copa.

Contenía un mensaje para la inspectora de policía que esperaba fuera del hotel.

En el corredor, Khalid abrió la puerta de un pequeño salón privado.

—Entra.

Sofía permaneció en el umbral.

—Primero diga la palabra.

Khalid la observó con atención.

—¿Qué palabra?

—La que mi madre me pidió que esperara.

El empresario cerró los ojos.

—Azafrán.

Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Solamente Elena podía haberle hablado de aquel código.

—¿Dónde está mi madre?

—No puedo decírtelo todavía.

—He esperado quince años.

—Y seguirás viva precisamente porque esperaste.

Khalid cerró la puerta y sacó del bolsillo interior de su túnica un pequeño medallón de plata. Dentro había una fotografía de Elena abrazando a una niña.

Sofía reconoció su propio vestido amarillo.

—¿Por qué tiene eso?

—Tu madre me lo entregó la noche en que desapareció. Me pidió que te protegiera si algún día comenzabas a hacer preguntas.

Sofía retrocedió.

—Si quería protegerme, ¿por qué nunca vino a buscarme?

—Porque alguien vigilaba tu casa.

—¿Quién?

Khalid miró hacia la puerta.

—Uno de los dos hombres sentados conmigo.

Antes de que pudiera decir cuál, se oyó un golpe.

La puerta se abrió y Alejandro entró acompañado por dos guardias de seguridad.

—Sabía que la camarera no era quien decía ser —dijo.

Khalid se colocó delante de Sofía.

—Déjala marchar.

Alejandro sonrió.

—Después de quince años, aparece la hija de Elena precisamente la noche en que vamos a vender el hotel. Demasiada casualidad.

Los guardias avanzaron.

Sofía sacó su teléfono, pero no tenía cobertura. Alejandro había activado un inhibidor de señal.

—Entrégame la libreta —ordenó.

—Solo contiene pedidos.

—Entonces no te importará dármela.

Sofía se la lanzó.

Alejandro revisó las páginas y no encontró nada.

—¿Dónde está la carta?

—No sé de qué habla.

El empresario la sujetó del brazo.

Khalid intervino.

—Si le haces daño, se acabó el acuerdo.

—El acuerdo terminó cuando mencionó a Elena.

Alejandro ordenó a los guardias que registraran a Sofía. En ese momento, las luces del corredor se apagaron.

Se escucharon pasos, un forcejeo y el sonido de un cuerpo golpeando la pared.

Cuando volvió la electricidad, los dos guardias estaban en el suelo.

Marcos sostenía una pistola.

—Tenemos que salir —dijo.

Sofía lo miró sorprendida.

—¿Usted nos está ayudando?

—Todavía no lo sé.

Marcos apuntó a Alejandro.

—Diles dónde está Elena.

Alejandro comenzó a reír.

—¿De verdad crees que sigue viva?

Marcos le golpeó el rostro con la culata.

—¡Habla!

Khalid apartó el arma.

—Si lo matas, nunca la encontraremos.

Las alarmas del hotel comenzaron a sonar. Sofía comprendió que la inspectora había encontrado la página escondida bajo la copa.

Alejandro aprovechó la confusión y corrió por el corredor. Sofía fue tras él.

El empresario entró en un ascensor privado y pulsó el último piso. Ella logró colarse antes de que las puertas se cerraran.

—No sabes en qué te has metido —dijo Alejandro.

—Solo quiero a mi madre.

—Tu madre está muerta.

—Entonces, ¿por qué sigue teniendo miedo de ella?

La pregunta hizo que Alejandro perdiera la calma. Intentó arrebatarle el teléfono, pero Sofía presionó el botón de emergencia. El ascensor se detuvo entre dos plantas.

—La carta que buscas nunca estuvo en mi libreta —dijo ella.

—¿Dónde está?

Sofía señaló las cámaras del ascensor.

—Transmitida a la policía hace una hora.

Alejandro palideció.

La carta demostraba que, quince años atrás, Elena había descubierto una red dedicada a comprar hoteles en crisis para utilizarlos como centros de lavado de dinero. Khalid había intentado ayudarla, pero alguien dentro del consorcio la traicionó.

Ese hombre era Alejandro.

—No puedes demostrar que la secuestré —dijo él.

Sofía sintió un escalofrío.

—Yo nunca dije que hubiera sido secuestrada.

Alejandro comprendió su error demasiado tarde.

Las puertas del ascensor se abrieron manualmente. La policía lo esperaba al otro lado.

Sofía regresó al salón privado, donde Khalid y Marcos permanecían bajo vigilancia. La inspectora colocó una grabadora sobre la mesa.

—Alejandro ha confesado lo suficiente para detenerlo —explicó—, pero insiste en que Elena murió hace años.

Khalid negó con la cabeza.

—Miente. Elena sobrevivió.

Sacó una llave dorada y se la entregó a Sofía.

—Tu madre descubrió que el Hotel Imperial tenía un nivel subterráneo que no aparecía en los planos. Allí escondió las pruebas originales.

—¿Y ella?

—La última vez que la vi, entró en ese nivel. Cuando regresé, la puerta estaba sellada.

Todos se dirigieron al antiguo ascensor de servicio. La llave abrió un panel oculto y reveló un botón sin número.

El ascensor descendió durante casi un minuto.

Al abrirse, encontraron un corredor cubierto de polvo. Al final había una habitación con archivadores, equipos de comunicación y fotografías de políticos, empresarios y jueces.

Sobre una mesa descansaba una taza de café todavía caliente.

Sofía se quedó inmóvil.

Alguien había estado allí pocos minutos antes.

Khalid encontró una grabación preparada junto a un ordenador. En la pantalla apareció Elena Herrera. Tenía el cabello canoso, pero su rostro era inconfundible.

—Sofía —dijo la mujer—, si estás viendo esto, Khalid recordó la palabra.

La joven comenzó a llorar.

—Estoy viva, pero no puedes buscarme todavía. Alejandro no dirigía la red. Solo protegía a la persona que la creó.

La imagen tembló.

Elena acercó a la cámara una fotografía tomada durante el banquete de aquella misma noche.

En ella aparecían Khalid, Alejandro, Marcos y varios invitados.

Elena señaló al hombre sentado junto a Khalid.

Era Marcos.

Sofía se volvió.

Marcos ya no estaba en el corredor.

La voz de Elena continuó:

—Él sabe quién eres. Y si ha desaparecido antes de que termine el mensaje, significa que ya ha encontrado lo que buscaba.

Sofía miró la mesa.

El medallón de plata había desaparecido.

Khalid tocó su bolsillo y palideció.

Dentro del medallón no había solamente una fotografía.

También estaba la llave de una caja de seguridad que contenía los nombres de todos los miembros de la red.

Entonces el teléfono del nivel subterráneo comenzó a sonar.

Sofía respondió.

Al otro lado escuchó la voz de su madre.

—Hija, no confíes en Khalid.

La joven levantó lentamente la mirada.

El empresario árabe cerró la puerta del corredor.

Y por segunda vez aquella noche, sonrió.