—Todos estáis exagerando —balbuceó—. Esta vieja casa se está cayendo. Yo solo intentaba resolver un problema.
Rafael se acercó hasta quedar frente a él.
—La mujer a la que llama «problema» salvó nuestras vidas.
—No sois sus hijos.
Carmen levantó la voz por primera vez:
—Ellos jamás intentaron echarme de mi propia casa.
Javier guardó silencio.
Diego explicó que la venta había sido cancelada y que los documentos fraudulentos se encontraban en manos de un juez. Si Carmen decidía denunciar, Javier podía enfrentarse a varios años de prisión.
La anciana se sentó en el escalón del porche. La noticia parecía demasiado dolorosa para asimilarla.
Rafael recogió el ramo de la grava y se lo entregó.
—No hemos venido para llevarla a ninguna parte. Hemos venido para devolverle lo que nos dio.
—Yo no os di nada.
—Nos dio una oportunidad.
Mateo señaló las cajas.
La primera contenía la escritura original de la casa, libre de deudas y protegida legalmente a nombre de Carmen. Diego había pagado la antigua hipoteca que todavía pesaba sobre una parte del terreno.
En la segunda había tres llaves.
Una correspondía a la casa restaurada. Otra pertenecía a un automóvil con conductor a disposición de Carmen. La tercera abría una pequeña vivienda situada cerca de las casas de los tres hermanos, por si algún día deseaba mudarse.
—Puede elegir —dijo Diego—. Pero nadie volverá a decidir por usted.
Carmen sostuvo las llaves, aunque sus ojos permanecieron clavados en Javier.
—¿Cuándo dejaste de verme como tu madre?
Javier no contestó.
—Te crié sola desde que tenías seis años. Trabajé de madrugada para que estudiaras. Vendí la alianza de tu padre cuando necesitaste una operación. Y hoy has puesto mis recuerdos dentro de una maleta.
—También ayudaste a ellos —murmuró Javier—. Siempre a ellos.
Carmen se acercó y le tomó el rostro entre las manos.
—El amor de una madre no se divide, Javier. Se multiplica. Fuiste tú quien lo convirtió en una competencia.
El hombre comenzó a llorar, pero Carmen no retiró la denuncia ni le devolvió la casa. Ordenó que recogiera sus pertenencias antes del anochecer.
Marta decidió marcharse por separado.
Cuando Javier bajó del porche con su propia maleta, Rafael le entregó un sobre amarillento.
—Encontramos esto entre las cartas de nuestro padre adoptivo. Está dirigido a ti.
Javier lo abrió.
La letra pertenecía al esposo fallecido de Carmen:
«Cuando Javier sea mayor, debe conocer la verdad. Él también llegó a esta casa sin familia. Carmen lo encontró abandonado en la estación y decidió criarlo como nuestro hijo».
Javier dejó caer la carta.
No era el único niño rescatado por Carmen.
Había sido el primero.
Levantó la mirada hacia la mujer a la que acababa de expulsar y comprendió que la casa nunca había sido su verdadera herencia. Su herencia había sido la oportunidad de tener una madre cuando nadie más lo quería.
Carmen cerró la vieja maleta y la dejó junto a él.
—Puedes llevarte esto —dijo—. Pero las fotografías de nuestra familia se quedan conmigo.
Los tres hombres se colocaron a su lado.
Javier caminó hacia la carretera sin atreverse a mirar atrás.
Cuando el sonido de sus pasos desapareció, Carmen observó las cajas rojas y descubrió un pequeño cuarto paquete escondido bajo los documentos.
—Nosotros no lo pusimos ahí —dijo Mateo.
En la tapa había una frase escrita a mano:
«Para Carmen, de la madre de los tres niños».
La anciana palideció.
La mujer que todos creían desaparecida durante veintisiete años acababa de enviarles un regalo.
Y, desde uno de los automóviles negros, alguien los observaba en silencio.