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La anciana la observó durante varios segundos.

—Mucho.

Se acercó al medallón.

—Tu madre escondió esto antes de abandonar el palacio.

—¿Dentro del marco?

Mercedes asintió.

—Pero ese marco no era una prueba para elegir esposa.

Lucía volvió a mirar la estrecha silueta.

—Entonces ¿qué era?

—Una puerta.

Adrián frunció el ceño.

—Explícate.

Mercedes tocó uno de los adornos negros.

—Antes estaba colgado en las habitaciones privadas de la reina.

No representaba a una mujer perfecta.

Representaba a la fundadora de la Casa de Valcázar.

Dentro escondieron documentos durante generaciones.

El príncipe hizo una seña.

Dos guardias bajaron cuidadosamente la estructura.

Examinaron la parte trasera.

Uno encontró una pequeña cerradura oculta.

—Hay algo aquí.

Adrián tomó el medallón.

Miró su borde.

Tenía una pequeña pieza metálica.

La introdujo en la cerradura.

Click.

La parte posterior del marco se abrió.

Dentro había un compartimento estrecho.

Y un sobre.

Amarillento.

Sellado.

En la parte delantera aparecía escrito:

PARA ADRIÁN, CUANDO ENCUENTRE A MI HIJA.

Lucía se llevó una mano a la boca.

Adrián rompió el sello.

Sacó varias hojas.

La primera comenzaba:

Alteza:

Si Lucía está frente a usted, significa que yo ya no pude protegerla.

La voz del príncipe se detuvo.

Lucía lo miró.

—Siga.

Adrián continuó:

La noche del incendio escuché a dos personas hablar dentro de la biblioteca.

Una de ellas ordenó bloquear la puerta de la habitación del príncipe.

Un murmullo recorrió el salón.

Adrián siguió leyendo.

No pretendían incendiar todo el palacio.

Pretendían asegurarse de que Adrián no llegara vivo a su noveno cumpleaños.

El príncipe apretó el papel.

—¿Quién?

Lucía observó la siguiente línea.

—Lea el nombre.

Adrián permaneció en silencio.

—Alteza.

Él levantó la vista.

Su rostro había cambiado.

—El nombre está arrancado.

Una esquina del documento había sido cortada.

Mercedes palideció.

—Entonces alguien encontró la carta antes.

Adrián examinó el sobre.

—Pero no se llevó todo.

Había una segunda hoja.

La abrió.

Solo contenía una frase:

Si alguien elimina el nombre, buscad a la mujer que lleva tres rubíes sobre el corazón.

Todo el mundo dejó de respirar.

Lucía miró a las candidatas.

Oro.

Plata.

Perlas.

Esmeraldas.

Entonces vio a Valeria.

Sobre el lado izquierdo de su pecho brillaba un broche.

Tres pequeños rubíes rojos.

Valeria miró hacia abajo.

Su rostro perdió el color.

Adrián también lo vio.

—Valeria.

Ella retrocedió.

—No significa nada.

—¿Quién te dio ese broche?

—Era de mi madre.

—¿Cómo se llamaba?

Valeria no respondió.

El príncipe avanzó.

—He preguntado cómo se llamaba.

—Catalina.

Mercedes dejó escapar un gemido.

Adrián se giró.

—¿La conocías?

La anciana parecía aterrada.

—Catalina de Rosales.

—¿Quién era?

Mercedes miró al príncipe.

—La mujer que debía casarse con tu padre antes de que conociera a tu madre.

Valeria dio media vuelta.

Corrió.

Los guardias cerraron el paso.

—¡Apartaos!

—Señorita, vuelva atrás.

—¡No podéis detenerme!

Adrián levantó una mano.

—Valeria, si no tienes nada que ocultar, quédate.

Ella se giró.

—¿De verdad crees que esto tiene que ver conmigo?

—No.

Adrián miró el broche.

—Creo que tiene que ver con tu familia.

Valeria comenzó a temblar.

—Mi madre murió hace años.

Lucía se acercó.

—La mía también.

Las dos mujeres se miraron.

Entonces Valeria hizo algo inesperado.

Se arrancó el broche.

Lo lanzó al suelo.

Se rompió.

Dentro había una pequeña llave.

Adrián la recogió.

—¿Qué abre?

Valeria negó.

—No lo sé.

—Mientes.

—¡No lo sé!

Una voz habló desde la parte trasera del salón.

—Yo sí.

Todos se giraron.

Un hombre anciano acababa de entrar acompañado por dos guardias.

Vestía una larga túnica negra.

Era el antiguo médico de la familia real.

Doctor Salvatierra.

Adrián frunció el ceño.

—Creía que vivía en Francia.

—Así era.

El anciano miró la llave.

—Hasta que recibí una carta hace tres semanas.

—¿De quién?

Salvatierra señaló a Lucía.

—De Elena Morales.

El corazón de Lucía pareció detenerse.

—Eso es imposible.

—No.

—Mi madre murió hace diecinueve años.

El médico negó lentamente.

—No murió.

Lucía retrocedió.

—No diga eso.

—Tu madre está viva.

El salón quedó inmóvil.

Adrián miró al anciano.

—¿Dónde?

Salvatierra observó la llave.

—En el único lugar que esa llave puede abrir.

Lucía apenas pudo hablar.

—¿Dónde?

El médico señaló hacia abajo.

Hacia el suelo del palacio.

—Debajo de nosotros.

Adrián frunció el ceño.

—No hay nada debajo del salón.

Salvatierra sonrió tristemente.

—Eso es lo que tu padre quería que todos creyeran.

Lucía miró la pequeña llave roja en la mano del príncipe.

La ceremonia había empezado con decenas de mujeres riéndose porque su cuerpo no cabía dentro de una absurda silueta.

Ahora nadie recordaba siquiera aquella humillación.

Porque detrás de aquel marco se había escondido durante más de veinte años una carta.

Dentro de un broche había aparecido una llave.

Y un hombre que todos creían desaparecido acababa de afirmar que Elena Morales seguía viva.

Pero Salvatierra aún no había terminado.

Miró directamente a Adrián.

—Hay algo más que debes saber antes de bajar.

—¿Qué?

El viejo médico respiró profundamente.

—Elena no lleva veinte años escondiéndose del hombre que intentó matarte.

Adrián endureció el rostro.

—Entonces ¿de quién?

Salvatierra miró hacia el trono dorado.

—De la persona que está a punto de heredar esa corona.

Lucía giró hacia Adrián.

El príncipe también quedó inmóvil.

Y antes de que nadie pudiera hacer otra pregunta, tres golpes secos resonaron bajo el suelo.

TOC.

TOC.

TOC.

Todos miraron hacia abajo.

Salvatierra palideció.

—Es ella.

Lucía dejó de respirar.

Desde algún lugar oculto bajo el palacio, una mujer acababa de golpear tres veces.

La misma señal que Elena Morales había enseñado a su hija cuando Lucía era apenas una niña.

Una señal cuyo significado Lucía todavía recordaba:

No hagas ruido. Estoy en peligro.