Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Next

La familia Montero celebraba una de sus fiestas más importantes del año.

El enorme salón de baile brillaba bajo las lámparas de cristal. Había copas de champán, vestidos elegantes, hombres con esmoquin y músicos tocando suavemente junto a las cortinas azules.

En medio de todo aquel lujo estaba Isabela Montero.

Tenía veinticinco años.

Llevaba un hermoso vestido color champán y estaba sentada en una elegante silla de ruedas negra y dorada.

Hacía tres años que no podía mover las piernas con normalidad después de un grave accidente.

Desde entonces, su vida había cambiado.

Antes del accidente, Isabela amaba bailar.

Podía pasar horas escuchando música y practicando.

Pero ahora cada canción le recordaba algo que había perdido.

Su padre, Alejandro, había gastado una fortuna buscando especialistas.

Habían visitado hospitales en varias ciudades.

Algunos médicos habían hablado de pequeñas posibilidades.

Otros habían sido mucho menos optimistas.

Con el tiempo, Alejandro dejó de querer escuchar esperanzas.

No quería ver a su hija sufrir otra decepción.

Aquella noche, Isabela observaba a varias parejas bailar.

Sonreía para los invitados.

Pero por dentro sentía tristeza.

Entonces las puertas del salón se abrieron.

Un hombre mayor entró lentamente.

No llevaba traje.

Su abrigo marrón estaba viejo.

Sus botas estaban gastadas.

Tenía el cabello plateado, una barba descuidada y unas manos ásperas.

Varios invitados dejaron de hablar.

—¿Quién dejó entrar a ese hombre? —murmuró alguien.

El desconocido no respondió.

Caminó directamente hacia Isabela.

Alejandro lo vio.

Su rostro cambió.

Pero antes de que pudiera detenerlo, el anciano ya estaba frente a su hija.

Hizo una pequeña reverencia.

Después extendió una mano.

—¿Me concederías un baile?

Hubo algunas risas.

Isabela abrió los ojos.

Pensó que no había escuchado bien.

Alejandro dio un paso adelante.

—Apártate de mi hija.

El anciano bajó la mano.

No discutió.

—No quería ofenderla.

—Entonces márchate.

Isabela miró a su padre.

Había escuchado esas palabras demasiadas veces.

“No puedes.”

“Es peligroso.”

“Déjanos decidir.”

Levantó una mano.

—Papá, déjale hablar.

Alejandro la miró sorprendido.

—Isabela…

—Por favor.

Su padre respiró profundamente y se apartó medio paso.

El anciano miró nuevamente a Isabela.

—Me llamo Tomás.

—¿Por qué me pidió bailar?

Tomás observó sus piernas.

Después volvió a mirarla a los ojos.

—Porque usted estaba mirando a las parejas como alguien que todavía escucha la música.

Isabela guardó silencio.

Aquella frase le dolió.

Pero también la hizo sentir comprendida.

Tomás se arrodilló lentamente junto a la silla.

Alejandro volvió a tensarse.

—¿Qué estás haciendo?

Tomás levantó las manos.

—Nada sin su permiso.

Miró a Isabela.

—No quiero hacerte daño.

Después observó la posición de sus pies.

—Solo quiero saber si notas algo.

Isabela frunció el ceño.

—¿Qué cosa?

Tomás no respondió inmediatamente.

—¿Puedo tocar tu pie?

Todos miraban.

Isabela dudó.

Alejandro negó ligeramente con la cabeza.

Pero esta vez ella decidió por sí misma.

—Sí.

Tomás colocó dos dedos suavemente sobre la parte superior de su pie.

Nada ocurrió.

Isabela sintió la decepción conocida.

Iba a decirle que parara.

Entonces Tomás movió apenas los dedos hacia el dedo gordo.

Isabela inhaló de repente.

—Espera…

Alejandro se acercó.

—¿Qué pasa?

Isabela no respondió.

Miraba su pie.

Tomás retiró la mano.

—¿Sentiste algo?

Isabela respiró profundamente.

—No sé.

Tenía miedo de decir que sí.

Había tenido demasiadas falsas esperanzas.

Tomás tocó otro punto.

Muy suavemente.

—¿Aquí?

Isabela cerró los ojos.

Esta vez no había duda.

—Sí…

Sus manos se cerraron sobre los apoyabrazos.

Una lágrima apareció en sus ojos.

Tomás volvió a retirar los dedos.

—¿Y aquí?

Otro contacto.

Isabela comenzó a llorar.

—Sí.

El salón quedó en silencio.

Elena Rivas, una amiga de la familia que sostenía una copa de champán, se quedó completamente inmóvil.

Alejandro miró a su hija.

—Isabela… ¿qué estás diciendo?

Ella levantó el rostro.

—Papá…

Su voz temblaba.

—Lo estoy sintiendo.

Alejandro se quedó sin palabras.

Tomás ya había retirado completamente la mano.

No sonrió.

No celebró.

Solo observó.

Alejandro giró hacia él.

—¿Quién eres?

Tomás se puso de pie lentamente.

—Esta noche eso no importa.

—Claro que importa.

Alejandro dio un paso hacia él.

—Los mejores médicos han examinado a mi hija durante años.

Tomás asintió.

—Entonces deben volver a examinarla.

Alejandro parecía confundido.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Tomás señaló el pie de Isabela.

—Ella lo sintió. Yo solo pregunté.

Aquella respuesta dejó a todos todavía más confundidos.

Isabela secó una lágrima.

—¿Cómo sabía que podía sentir algo?

Por primera vez, Tomás pareció incómodo.

—No lo sabía.

—Entonces, ¿por qué lo intentó?

El anciano miró sus piernas.

—Porque vi algo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Qué?

—Cuando ella se puso nerviosa al verme, uno de los músculos del pie reaccionó ligeramente.

Isabela bajó la mirada.

Nunca se había dado cuenta.

Tomás continuó:

—No significa que pueda caminar.

La esperanza en el rostro de Isabela se volvió más cautelosa.

—¿Entonces qué significa?

—Solo significa que hay algo que merece ser revisado.

Alejandro lo observó durante varios segundos.

—Hablas como un médico.

Tomás sonrió con tristeza.

—No soy médico.

—Pero sabes demasiado.

Tomás guardó silencio.

Entonces Elena, la mujer del vestido verde, lo miró con atención.

Su expresión cambió.

—Espera.

Se acercó lentamente.

—Tomás Vega.

El anciano la miró.

Alejandro se volvió hacia Elena.

—¿Lo conoces?

—No personalmente.

Elena no podía apartar los ojos de él.

—Pero he escuchado ese nombre.

Tomás bajó la mirada.

Elena continuó:

—Trabajó durante años en rehabilitación neurológica.

Alejandro quedó sorprendido.

—¿Es cierto?

Tomás asintió.

—Hace mucho tiempo.

—¿Y ahora vive en la calle?

Tomás miró su abrigo.

—La vida puede cambiar muy rápido.

Isabela sintió que aquella frase ocultaba una historia.

—¿Qué le pasó?

Tomás tardó unos segundos.

—Mi esposa enfermó.

Vendió su casa para pagar tratamientos.

Después ella murió.

Tomás dejó de trabajar.

Perdió su vivienda.

Y poco a poco terminó viviendo donde podía.

Isabela lo miró con tristeza.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

Alejandro seguía desconfiado.

—¿Y por qué vino precisamente aquí?

Tomás observó la orquesta.

—Porque afuera estaba lloviendo.

Algunos invitados se miraron.

—Vi las puertas abiertas cuando estaban entrando los músicos.

El guardia me permitió quedarme unos minutos cerca de la entrada.

Tomás miró a Isabela.

—Y entonces la vi.

—¿Y decidió pedirme bailar?

Una pequeña sonrisa apareció en el rostro del anciano.

—Sí.

Isabela casi se rio entre lágrimas.

—Eso sigue sin tener sentido.

Tomás señaló a las parejas.

—Bailar no siempre significa estar de pie.

Aquellas palabras dejaron a Isabela en silencio.

Tomás volvió a extender una mano.

Esta vez no hacia sus pies.

Hacia ella.

—¿Me concederías ese baile?