La oficial Daniela Ramírez apenas alcanzaba el pecho del hombre que caminaba a su lado. Bruno Salazar, conocido dentro de la prisión de San Jerónimo como El Titán, medía más de dos metros y pesaba casi ciento ochenta kilos. Sus brazos tatuados parecían troncos; su camiseta blanca se tensaba sobre un cuerpo construido para intimidar. Daniela, en cambio, avanzaba con pasos cortos, uniforme negro impecable y un manojo de llaves golpeándole suavemente el cinturón.
Cuando ambos cruzaron el corredor C3, los presos comenzaron a silbar.
Iván Cruz, un recluso de barba oscura y antebrazos tatuados, se adelantó con una sonrisa.
—¡Cuidado, Titán! ¡No vayas a pisarla!
Las carcajadas rebotaron contra los barrotes. Bruno también sonrió y miró desde arriba a la guardia.
—¿De verdad vas a escoltarme tú?
Daniela se detuvo. No tocó la porra ni pidió refuerzos. Se limitó a mirar a los hombres que se burlaban de ella.
—Seguid riendo. Preguntadle quién lo arrestó.
El corredor quedó en silencio antes de que Bruno respondiera. La sonrisa se borró de su rostro y algo parecido al respeto apareció en sus ojos.
—Ella me trajo aquí —admitió—. Ella sola.
Nadie volvió a reír.
Iván entrecerró los ojos. Aquella no era la reacción que esperaba. Se llevó dos dedos al cuello, tocando un pequeño tatuaje con forma de corona roja. Daniela lo vio. También vio que las cámaras del corredor habían dejado de parpadear y que el guardia destinado a la puerta norte no estaba en su puesto.
La escolta no figuraba en el horario oficial. Solo cuatro personas sabían que Bruno iba a declarar esa mañana contra la organización que controlaba buena parte de la prisión. Sin embargo, doce presos lo esperaban exactamente en el único corredor donde las cámaras acababan de apagarse.
—Entonces, camina —ordenó Daniela.
Bruno dio un paso, pero Iván se colocó delante.
—De aquí no sale nadie.
Tres presos cerraron el camino por detrás. Otros se acercaron desde las celdas abiertas. Daniela pulsó el botón de su radio. Solo recibió estática.
—Te vendieron —murmuró Bruno.
—Eso parece.
Iván sacó de la manga una pieza de metal afilada. No apuntó a Daniela, sino al gigante.
—El jefe manda recuerdos.
Ocho meses antes, todos los periódicos describían a Bruno como un asesino imposible de detener. La policía lo buscaba por tres homicidios, tráfico de armas y el secuestro de su propia hija. Daniela era entonces inspectora de delitos violentos. Había seguido una matrícula falsa hasta un almacén abandonado en las afueras de Madrid. Sus superiores le ordenaron esperar al grupo táctico, pero desde el interior escuchó a una niña pidiendo ayuda.
Entró sola.
Encontró a Bruno arrodillado junto a una pequeña llamada Lucía, intentando aflojar las cuerdas que la ataban. Tenía una pistola cerca de la mano, pero no la levantó. Cinco hombres yacían inconscientes alrededor. Bruno no había secuestrado a su hija: había ido a rescatarla de Arturo Mena, líder de la Corona Roja, quien pretendía obligarlo a cargar con los crímenes de la banda.
Daniela apuntó a Bruno. Él podía haberla derribado con un solo brazo.
—Si me arrestas, se llevarán a Lucía —dijo.
La niña respiraba con dificultad. Sufría asma y su inhalador estaba al otro lado del almacén, junto a uno de los hombres armados. Daniela bajó el arma, cruzó el espacio descubierto y recuperó el medicamento mientras una bala atravesaba la manga de su chaqueta. Después sacó a Lucía por una ventana lateral y regresó por Bruno.
—¿Por qué has vuelto? —preguntó él.
—Porque tu hija necesita un padre vivo. Y porque si eres inocente, tendrás que demostrarlo ante un juez.
Bruno dejó la pistola en el suelo y extendió las manos.
Desde aquel día, jamás había desobedecido una orden de Daniela.
En el corredor C3, Iván avanzó con la hoja improvisada. Bruno se colocó frente a la oficial, cubriéndola con su enorme cuerpo.
—Métete en la celda —le ordenó Daniela.
—Van a matarte.
—Tu testimonio puede encerrar a Mena. El mío no. Entra.
Bruno dudó. Daniela abrió la celda C3 y él retrocedió hacia el interior. En el instante en que Iván atacó, ella empujó al gigante dentro y cerró la puerta. El metal chocó a pocos centímetros de su rostro.
Ahora Daniela estaba sola con los demás.
Iván sonrió.
—Así que esto hiciste la primera vez. Convencer al monstruo para que se encerrara voluntariamente.
—No —respondió ella—. La primera vez salvé a su hija.
Daniela tiró del aro rojo situado en la pared. No era la alarma general, como Iván creyó, sino el cierre mecánico contra incendios. Una reja de seguridad cayó entre ambos grupos, dejando a Iván y a cuatro hombres atrapados en el tramo central. Los demás retrocedieron al oír pasos acercándose.
El subdirector de la prisión, Esteban Morales, apareció acompañado por dos guardias.
—¿Qué demonios has hecho, Ramírez?
Daniela observó su uniforme. Morales llevaba la radio encendida, aunque había asegurado minutos antes que las comunicaciones del bloque estaban averiadas. En su muñeca asomaba una fina corona roja.
—Llegas muy rápido para alguien a quien no pude avisar.
Morales miró a Iván, luego a Bruno tras los barrotes.
—Abre esa celda y entrégamelo.
—¿Por orden de quién?
—No hagas preguntas que no puedas sobrevivir para escuchar.
Bruno agarró los barrotes. Los dos guardias que acompañaban a Morales parecieron comprender demasiado tarde lo que ocurría. Daniela dio un paso hacia el subdirector.
—Repítelo más alto.
Morales soltó una risa.
—Mena pagó por su silencio. Si Bruno llega al tribunal, todos caemos. Tú incluida, si no colaboras.
Daniela tocó la cámara de su pecho. La luz que parecía apagada cambió de rojo a azul.
—Gracias. Eso era lo que necesitábamos.
Las puertas de ambos extremos del corredor se abrieron al mismo tiempo. Agentes de Asuntos Internos y una unidad táctica entraron con las armas preparadas. La supuesta avería formaba parte de una operación; únicamente la cámara de Daniela transmitía por un canal independiente. Ella sospechaba de Morales, pero necesitaba que revelara su relación con Mena.
Iván soltó la pieza de metal. Morales intentó correr, aunque uno de sus propios guardias lo esposó antes de que alcanzara la salida.
Daniela abrió la celda. Bruno salió lentamente.
—Sabías que nos prepararían una emboscada —dijo.
—Sabía que lo intentarían. No sabía quién abriría las celdas.
—Podrían haberte matado.
Daniela alzó la mirada hasta encontrar la suya.
—También podían matarte a ti. Y prometí a Lucía que volvería a ver a su padre.
Un agente de Asuntos Internos se acercó con un teléfono protegido. Al otro lado estaba Lucía, escondida en una vivienda segura desde la madrugada. La niña preguntó si su padre seguía vivo. Bruno, el hombre capaz de hacer retroceder a un bloque entero, tuvo que apoyar una mano contra la pared para no caer.
—Estoy aquí, pequeña —respondió.
Lucía guardó silencio y luego dijo:
—La oficial bajita prometió que te traería.
Bruno miró a Daniela. Por primera vez, los guardias vieron lágrimas bajo su barba.
Antes de salir hacia el tribunal, Daniela revisó el corredor. Detrás de la reja, los presos que habían reído evitaban mirarla. Uno de ellos murmuró que Ramírez no necesitaba ser alta porque su autoridad llenaba todo el bloque. Daniela fingió no escucharlo; recogió sus llaves del suelo y ordenó abrir la puerta norte. Desde entonces, nadie volvió a llamarla pequeña. Ni siquiera quienes aún la odiaban se atrevieron a reír.
Horas después, Bruno declaró durante cuarenta y siete minutos. Su testimonio permitió localizar cuentas, armas y nombres vinculados con la Corona Roja. Arturo Mena fue detenido aquella misma noche cuando intentaba abandonar el país. Las pruebas demostraron que Bruno no había cometido los tres homicidios, aunque todavía debía responder por delitos anteriores. No recuperaría la libertad de inmediato, pero por primera vez tenía una posibilidad real de volver con su hija.
Al regresar al bloque, los presos observaron a Daniela sin hacer comentarios. Iván ya no estaba allí. Bruno caminó a su lado, esta vez sin sonreír.
—Ahora entiendo por qué todos creen que me capturaste —dijo.
—Te capturé.
—Yo decidí rendirme.
Daniela abrió la puerta de su celda.
—Porque sabías que no tenías otra salida. Eso también cuenta.
Bruno soltó una breve carcajada y entró.
Esa noche, Daniela encontró un sobre dentro de su taquilla. No tenía sello ni nombre. Dentro había una fotografía tomada esa misma mañana: Lucía saliendo del colegio, ajena a la cámara. En el reverso aparecía dibujada una corona negra, distinta de la roja de Mena.
Debajo, alguien había escrito:
“Arrestaste al gigante equivocado. El verdadero Titán sigue libre”.
Daniela corrió hacia la sala de vigilancia. La cámara situada frente a su taquilla había sido borrada. Llamó al agente encargado de proteger a Lucía, pero nadie respondió.
Entonces sonó el teléfono interno.
Daniela descolgó sin respirar.
Al otro lado, una voz infantil susurró:
—Señora Ramírez… hay un hombre frente a mi casa.