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Elena Ruiz sentía que los hombros estaban a punto de separarse de su cuerpo.

Llevaba casi veinte minutos colgada de dos cuerdas atadas a una gruesa rama seca. Tenía las muñecas inmovilizadas por encima de la cabeza y los pies suspendidos sobre un río de aguas marrones.

Debajo de ella, dos cocodrilos esperaban.

Cada vez que Elena movía las piernas, los animales salían parcialmente del agua y cerraban las mandíbulas a pocos centímetros de sus botas. Sus cuerpos desaparecían después bajo el barro, pero las ondas sobre la superficie revelaban que continuaban allí.

Alejandro Serrano observaba desde su caballo.

Vestía un sombrero de ala ancha, una camisa de cuadros y un chaleco marrón. Parecía un ranchero que hubiera salido a inspeccionar sus tierras, no un hombre que acababa de colgar a una mujer sobre dos depredadores.

—¡Alejandro, no me dejes aquí! —gritó Elena.

Él acarició el cuello del caballo.

—Tú elegiste este final.

—Solo quería saber qué le ocurrió a mi padre.

—Y ahora ya lo sabes.

Elena trató de impulsarse hacia arriba, pero el nudo alrededor de sus muñecas se apretó. El dolor le atravesó los brazos.

—La policía encontrará este lugar.

Alejandro contempló el río.

—Cuando lleguen, no encontrarán tu cuerpo.

Uno de los cocodrilos saltó.

Elena levantó las rodillas y sintió el aire desplazado por las mandíbulas. La punta de su bota rozó los dientes del animal.

Alejandro soltó una risa.

—Siempre fuiste demasiado curiosa.

—La copia ya está en camino.

La sonrisa desapareció por un instante.

—¿Qué copia?

—La del libro de cuentas, las fotografías y la grabación del almacén.

Alejandro apretó las riendas.

Elena supo que había tocado el punto correcto.

Tres semanas antes, encontró una habitación oculta en la casa de su padre. La puerta estaba detrás de una estantería y solo podía abrirse con una pequeña llave escondida dentro de un reloj antiguo.

En aquella habitación había documentos de la hacienda Sierra Negra, propiedad de Alejandro. También encontró fotografías de funcionarios recibiendo sobres, registros de vehículos y un cuaderno con nombres de personas desaparecidas.

El último nombre escrito era el de su padre, Gabriel Ruiz.

Gabriel había desaparecido doce años antes. La policía afirmó que abandonó el país después de robar dinero a varios socios. Elena nunca creyó esa versión.

Su padre dejó toda su ropa en casa.

También dejó su pasaporte, sus medicamentos y una taza de café aún caliente.

Alejandro, su antiguo socio, fue la última persona que lo vio con vida.

Cuando Elena le preguntó por los documentos, él negó conocerlos. Dos noches después, varios hombres entraron en su casa, la golpearon y la llevaron hasta el río.

Alejandro tiró de las riendas y comenzó a girar el caballo.

—Si existe una copia, alguien más morirá.

—¿A quién te refieres?

—Tu hermana Clara cree que está escondida en la ciudad. Pero mis hombres la encontraron esta mañana.

Elena sintió que el miedo le paralizaba el pecho.

—Estás mintiendo.

—Llámalo intuición si quieres.

—Si le haces daño…

—Ya no estás en posición de amenazarme.

El caballo comenzó a alejarse por el agua.

Elena lo observó durante varios segundos. Después respiró hondo y levantó la voz:

—Solo necesitaba que lo confesaras.

Alejandro detuvo el caballo.

Miró por encima del hombro.

—¿Qué has dicho?

Elena bajó la mirada hacia el pequeño colgante dorado que llevaba en el cuello.

Parecía una joya normal, pero en su interior había un micrófono y un transmisor. Antes de salir de casa, Elena activó una emisión automática vinculada al ordenador de Lucía Mendoza, una fiscal especializada en delitos económicos.

Desde que los hombres de Alejandro la secuestraron, cada palabra había sido grabada.

—Acabas de admitir que sabes lo que le ocurrió a mi padre —dijo Elena—. También confesaste que secuestraste a Clara.

Alejandro hizo girar el caballo.

—Dame el colgante.

—Tendrás que venir a buscarlo.

Él avanzó por el río, pero los cocodrilos cambiaron de dirección y se acercaron al caballo. El animal se puso nervioso, golpeando el agua con las patas.

Alejandro trató de controlarlo.

—¡Quieto!

El caballo se levantó sobre las patas traseras. Alejandro perdió el sombrero y estuvo a punto de caer. Finalmente consiguió girarlo hacia la orilla.

—No vas a salir viva de aquí —gritó.

—Entonces será mejor que te marches antes de que llegue la policía.

Alejandro sacó un pequeño dispositivo negro del bolsillo y pulsó un botón.

La luz del colgante se apagó.

Elena sintió un vacío en el estómago.

—Un inhibidor de señal —dijo él—. ¿De verdad pensabas que no había revisado tus cosas?

La transmisión se había interrumpido.

Elena no sabía cuánto contenido llegó al ordenador de Lucía. Tal vez la señal no había enviado nada. Tal vez Alejandro activó el inhibidor antes de colgarla.

—Ahora sí —dijo él—. Adiós, Elena.

Alejandro se alejó.

Uno de los cocodrilos volvió a saltar. Esta vez sus dientes atraparon la punta de la bota izquierda. Elena gritó mientras el animal tiraba hacia abajo.

La bota se desprendió.

El cocodrilo cayó al agua con ella entre las mandíbulas.

La cuerda crujió sobre la rama.

Elena miró hacia arriba.

Una de las fibras comenzaba a romperse.

No le quedaba mucho tiempo.

Movió las piernas hacia delante y hacia atrás, utilizando el peso del cuerpo para balancearse. Cada movimiento aumentaba el dolor de sus muñecas, pero también la acercaba a una parte más baja de la rama.

Los cocodrilos seguían su trayectoria desde abajo.

Elena volvió a impulsarse.

Sus botas pasaron sobre las mandíbulas abiertas de uno de los animales. En el siguiente balanceo, consiguió apoyar una rodilla contra la rama.

La cuerda se deslizó.

Elena cayó medio metro y quedó colgada de un solo brazo.

El nudo de la muñeca derecha se había aflojado.

Introdujo los dedos entre las fibras y tiró con todas sus fuerzas. La piel comenzó a sangrar, pero no se detuvo.

Abajo, los cocodrilos se prepararon para saltar otra vez.

Elena liberó la mano derecha.

Sujetó la rama justo cuando la segunda cuerda se rompió.

Durante varios segundos quedó suspendida con una sola mano. Después apoyó el antebrazo, levantó el cuerpo y consiguió sentarse sobre el tronco.

Los cocodrilos chocaron debajo de ella.

Elena respiró con dificultad.

La orilla estaba a unos tres metros. Podía intentar arrastrarse por la rama, pero la madera seca no soportaría mucho peso.

Entonces escuchó un motor.

No era un vehículo policial.

Una camioneta negra apareció detrás de las rocas. Dos hombres descendieron y miraron hacia la rama.

Eran los mismos que la habían secuestrado.

—El jefe dijo que recuperemos el colgante —gritó uno.

Elena se arrastró hacia el tronco principal.

Los hombres entraron en el agua. Uno llevaba un rifle; el otro, una cuerda con un gancho metálico.