—Baja y no te haremos daño.
Elena soltó una carcajada amarga.
—Eso mismo dijisteis antes de colgarme.
El hombre del rifle apuntó.
Antes de que pudiera disparar, un caballo apareció desde la orilla opuesta.
Era el caballo de Alejandro.
Pero Alejandro ya no estaba montado sobre él.
El animal avanzó solo, asustado, con una mancha oscura sobre la silla.
Los dos hombres se miraron.
—¿Dónde está el jefe?
Un disparo resonó desde las rocas.
El rifle cayó de las manos del secuestrador. Un segundo disparo golpeó el suelo frente al otro hombre.
—¡Policía! ¡Al suelo!
Lucía Mendoza apareció acompañada por cuatro agentes rurales.
Los hombres intentaron escapar, pero quedaron rodeados.
Lucía corrió hacia el árbol.
—¡Elena! ¿Puedes moverte?
—Creo que sí.
Los agentes utilizaron una escalera y una cuerda de seguridad para bajarla. Cuando sus pies tocaron tierra, Elena apenas podía mantenerse en pie.
Lucía la abrazó.
—Pensé que habíamos llegado tarde.
—¿Recibiste la transmisión?
La fiscal negó con la cabeza.
—Solo nueve segundos. Después desapareció la señal.
—¿Qué escuchaste?
—Tu voz diciendo que existía una copia. Nada más.
La confesión de Alejandro no se había grabado.
—¿Cómo me encontrasteis?
Lucía mostró el reloj que Elena llevaba en la muñeca. El transmisor del colgante falló, pero el reloj continuó enviando una ubicación de emergencia.
—¿Dónde está Clara? —preguntó Elena.
—No está en la ciudad. Revisamos su apartamento y encontramos señales de lucha.
Elena miró el caballo sin jinete.
—Alejandro dijo que sus hombres la encontraron.
Lucía ordenó registrar la zona.
A cien metros río abajo encontraron el sombrero de Alejandro. Después localizaron huellas que salían del agua y se dirigían hacia una antigua mina abandonada.
No había sangre en la silla.
Alejandro había dejado escapar al caballo para fingir un accidente.
—Quiere que lo sigamos —dijo Elena.
—O pretende entrar en la mina y cruzar la frontera por los túneles —respondió Lucía.
Dentro de la camioneta de los secuestradores encontraron una fotografía reciente de Clara. Estaba sentada en una habitación oscura, con las manos atadas.
Detrás de ella se veía un símbolo pintado en la pared: un círculo atravesado por tres líneas.
Elena había visto ese mismo símbolo en el libro de cuentas de su padre.
Junto a cada nombre desaparecido aparecía aquella marca.
—No es una lista de víctimas —comprendió Elena—. Es una lista de personas trasladadas.
—¿Trasladadas adónde?
Elena miró hacia la entrada de la mina.
—Aquí.
Los agentes entraron con linternas. Los túneles descendían hasta una instalación subterránea conectada con varios almacenes. Encontraron documentos, dinero y habitaciones cerradas.
En una de ellas estaba Clara.
Seguía viva.
Elena corrió hacia ella, pero su hermana no reaccionó como esperaba. En lugar de abrazarla, retrocedió.
—No deberías haber venido.
—Alejandro te secuestró.
Clara negó lentamente.
—No me secuestró. Me estaba protegiendo.
Lucía levantó su arma.
—¿Protegiéndote de quién?
Clara miró a Elena.
—De papá.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Nuestro padre está muerto.
—No. Gabriel dirige todo esto.
Una puerta metálica se abrió al fondo del túnel.
Un hombre de cabello gris apareció entre dos guardias armados.
Elena reconoció inmediatamente su forma de caminar.
Era Gabriel Ruiz.
Su padre.
El hombre desaparecido doce años atrás.
—Alejandro debía impedir que encontraras este lugar —dijo Gabriel—. Pero siempre fue demasiado sentimental contigo.
—¿Intentó matarme para protegerme?
—No. Intentó darte tiempo.
Elena recordó la supuesta confesión junto al río. Alejandro nunca dijo que hubiera asesinado a Gabriel. Solo afirmó que Elena ya sabía la verdad.
Ella había interpretado sus palabras como una admisión de culpabilidad.
—¿Dónde está Alejandro? —preguntó.
Gabriel miró hacia un túnel lateral.
Dos hombres arrastraron al ranchero hasta la sala. Tenía las manos atadas y una herida en la frente.
—Te dije que no confiaras en la fiscal —dijo Alejandro.
Elena se volvió hacia Lucía.
La mujer continuaba sosteniendo el arma, pero ya no apuntaba a Gabriel.
Apuntaba a Elena.
—El colgante no dejó de transmitir por el inhibidor —explicó Lucía—. Fui yo quien cortó la conexión.
Clara comenzó a llorar.
Gabriel extendió una mano hacia su hija mayor.
—Ahora tienes que decidir, Elena. Puedes entregar las pruebas y destruir a tu familia… o puedes ocupar el lugar para el que te preparé desde que eras niña.
Elena miró a su padre, a Clara, a Alejandro y finalmente a Lucía.
Todos le habían mentido.
El único hombre que intentó advertirla era precisamente quien la había dejado colgada sobre los cocodrilos.
Alejandro levantó la cabeza.
—Elena, no entregues la copia.
—¿Por qué?
—Porque la persona que la recibió no es una periodista ni una policía.
—¿Quién es?
Antes de que pudiera responder, una explosión sacudió la mina. Las luces se apagaron y el túnel comenzó a llenarse de humo.
En la oscuridad, alguien sujetó la mano de Elena y colocó un objeto dentro de ella.
Era el verdadero libro de cuentas.
Después escuchó la voz de Alejandro junto a su oído:
—Tu madre sigue viva. Y es la única persona que puede decirte por qué tu nombre aparece en la primera página.
Cuando regresaron las luces, Alejandro había desaparecido.
También Gabriel.
Y en la primera página del libro, junto al símbolo de las tres líneas, Elena encontró una fotografía tomada cuando apenas tenía cinco años.
Debajo de la imagen había una frase escrita por su madre:
«ELENA NO DEBE RECORDAR LO QUE VIO EN EL RÍO».