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Cada sábado, Alejandro llevaba rosas blancas a la tumba de su esposa.

Lo había hecho durante dos años, sin faltar una sola vez.

Elena adoraba aquellas flores. En vida, siempre decía que las rosas blancas representaban las promesas que sobrevivían incluso cuando las personas ya no podían cumplirlas.

Alejandro llegaba al cementerio a las cinco de la tarde, colocaba el ramo junto a la lápida y permanecía allí hasta que el sol empezaba a desaparecer detrás de las montañas.

Pero cinco semanas atrás había ocurrido algo extraño.

Cuando llegó a la tumba, encontró un ramo de lirios blancos apoyado junto al pequeño farol negro que protegía la vela conmemorativa.

Pensó que algún familiar de Elena había ido a visitarla. Sin embargo, cuando preguntó a sus suegros, ellos aseguraron que no habían estado allí.

El sábado siguiente apareció otro ramo.

Y después otro.

Las flores siempre eran idénticas: seis lirios blancos, pequeñas flores de paniculata y tres grandes hojas verdes. Nunca había una tarjeta. Nunca aparecía una firma.

Alejandro preguntó al jardinero y al vigilante del cementerio.

Ninguno había visto a nadie.

El quinto sábado llegó más temprano de lo habitual. Eran apenas las cuatro y media cuando cruzó el sendero de grava llevando sus rosas envueltas en papel marrón.

Los lirios ya estaban allí.

Alejandro se quedó inmóvil frente a la lápida.

—Otra vez… alguien ha venido antes que yo.

Se inclinó y tocó los pétalos. Todavía conservaban pequeñas gotas de agua. Los tallos estaban húmedos y la tierra alrededor del jarrón acababa de ser removida.

La persona que había dejado aquellas flores debía de encontrarse cerca.

Alejandro miró entre las lápidas. El viento movía las ramas de los cipreses, pero no había nadie en los senderos.

—¿Quién viene cada sábado, Elena?

No obtuvo respuesta.

Se agachó para colocar sus rosas y descubrió un pequeño objeto oculto entre los lirios. Lo tomó con cuidado.

Era un botón de nácar.

Alejandro dejó de respirar.

—Esto pertenecía a Elena…

Su esposa había llevado una blusa con aquellos botones la noche en que murió. La policía le devolvió la prenda después de la investigación, pero le faltaba uno.

Alejandro guardó el botón en el bolsillo y tomó una decisión.

El sábado siguiente escondería una cámara.

Compró el dispositivo más pequeño que encontró. Tenía una batería de doce horas y podía transmitir las imágenes directamente a su teléfono. El viernes por la noche entró en el cementerio antes del cierre y ocultó la cámara detrás del farol negro.

La lente apuntaba directamente hacia la tumba.

El sábado, Alejandro se quedó en casa observando la transmisión.

A las nueve de la mañana no ocurrió nada.

A las once, un jardinero cruzó el encuadre.

A las dos de la tarde, una anciana se detuvo frente a una tumba cercana y permaneció allí durante varios minutos.

Cuando el reloj marcó las cuatro y doce, la imagen se distorsionó.

La pantalla quedó cubierta por interferencias.

Alejandro pensó que la cámara había perdido la conexión, pero unos segundos después la señal regresó.

Una figura había aparecido frente a la lápida.

Era una mujer vestida con un abrigo gris y un pañuelo oscuro que le cubría el cabello. Llevaba los lirios entre los brazos.

Alejandro acercó el teléfono a su rostro.

La mujer permaneció de espaldas a la cámara. Colocó las flores, encendió una vela y apoyó una mano sobre la lápida.

Después habló.

El micrófono de la cámara captó su voz con claridad.

—Perdóname, Elena. No pude protegerla.

Alejandro sintió un escalofrío.

¿Proteger a quién?

La mujer sacó una fotografía del bolsillo. Antes de dejarla entre las flores, miró a ambos lados y se quitó el pañuelo.

Alejandro casi dejó caer el teléfono.

La desconocida tenía el mismo rostro que Elena.

No era simplemente un parecido. Compartía sus ojos, la forma de los labios y aquella pequeña marca junto a la ceja izquierda.

Alejandro salió de casa sin ponerse el abrigo. Condujo hasta el cementerio y cruzó la entrada corriendo.

Cuando llegó a la tumba, la mujer ya se había marchado.

Los lirios estaban allí.

También la fotografía.

Alejandro la tomó con manos temblorosas.

En la imagen aparecía Elena, mucho más joven, sosteniendo a una niña de unos tres años. A su lado estaba la mujer del vídeo. En la parte posterior alguien había escrito:

«Para Lucía, cuando llegue el momento de conocer la verdad».

Aquella noche Alejandro no pudo dormir.

Durante los diez años que habían estado juntos, Elena nunca le había hablado de ninguna Lucía. Tampoco había mencionado que tuviera una hermana gemela.

A la mañana siguiente visitó a los padres de Elena.

Cuando colocó la fotografía sobre la mesa, el rostro de su suegra se volvió completamente blanco.

—¿Dónde encontraste esto?

—En la tumba de Elena. ¿Quién es Lucía?

Ninguno respondió.

Alejandro golpeó la mesa.

—¡Tengo derecho a saberlo!

Su suegro cerró los ojos.

—Lucía era la hija de Elena.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible. Elena nunca tuvo hijos.

—La tuvo cuando tenía diecisiete años —explicó su suegra—. El padre desapareció antes del nacimiento. Nosotros no podíamos mantenerlas a las dos, así que una familia adoptó a la niña.

Alejandro miró nuevamente la fotografía.

—¿Y la otra mujer?

—Se llama Valeria. Es la hermana gemela de Elena.

—¿Por qué nunca me habló de ella?

Los padres intercambiaron una mirada llena de miedo.

—Porque Valeria murió hace quince años.

Alejandro sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—La vi ayer. Tengo la grabación.

Su suegra empezó a llorar.

El padre de Elena se levantó y cerró las cortinas.

—Entonces no era Valeria.

—Tenía su rostro.

—Porque esa mujer no es su hermana —respondió él—. Es Lucía.

Alejandro volvió a mirar la fotografía. La niña debía de tener ahora veinticinco años. Podía haberse parecido tanto a su madre que, a cierta distancia, resultaba imposible distinguirlas.

Pero algo no encajaba.

—En la grabación llamó a Elena por su nombre. Dijo que no había podido protegerla.

El padre de Elena permaneció en silencio.

Alejandro comprendió que todavía ocultaban algo.

—La muerte de Elena no fue un accidente, ¿verdad?

Su suegra se cubrió el rostro.

Elena había muerto al caer con su coche por un barranco. La investigación concluyó que conducía demasiado rápido durante una tormenta. Alejandro había aceptado aquella explicación porque los frenos estaban dañados por el impacto.

Ahora recordó algo que la policía mencionó y después descartó: Elena había recibido tres llamadas desde un número desconocido antes del accidente.