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—Elena había encontrado a Lucía —confesó finalmente su padre—. Llevaba meses reuniéndose con ella en secreto.

—¿Por qué en secreto?

—Porque la familia que adoptó a Lucía era peligrosa.

El padre adoptivo de la joven era Álvaro Montenegro, propietario de una poderosa empresa farmacéutica. Oficialmente, Elena entregó a su hija mediante una adopción legal. Pero años después descubrió que Montenegro había pagado al abogado para falsificar varios documentos.

Elena quiso recuperar el contacto con su hija.

Montenegro la amenazó.

—La noche del accidente, Elena iba a entregar las pruebas a un periodista —continuó su padre—. Nunca llegó a la reunión.

Alejandro se levantó.

—¿Y ustedes guardaron silencio durante dos años?

—Montenegro sabía dónde vivíamos. Dijo que, si hablábamos, Lucía sería la siguiente.

Alejandro abandonó la casa con la fotografía en el bolsillo.

El sábado siguiente regresó al cementerio antes del amanecer. Se ocultó detrás de una pequeña capilla desde la que podía ver la tumba.

A las cuatro y doce de la tarde, la joven apareció.

Llevaba el mismo abrigo gris y un nuevo ramo de lirios.

Alejandro esperó hasta que se inclinó frente a la lápida.

—Lucía.

La mujer se volvió sobresaltada.

Durante unos segundos, Alejandro sintió que estaba viendo a Elena. Pero los ojos de aquella joven tenían una dureza que su esposa nunca había poseído.

—No debería estar aquí —dijo Lucía.

—Llevas semanas visitando la tumba de mi esposa.

—Era mi madre.

—Lo sé.

Lucía retrocedió.

—Entonces también sabe que su muerte no fue un accidente.

—Necesito que me cuentes qué ocurrió.

La joven miró hacia la entrada del cementerio.

—Nos están observando.

Alejandro siguió su mirada. Un automóvil negro estaba detenido junto a la verja.

—Venga conmigo.

Lucía negó con la cabeza.

—No puedo. Si me ven hablando con usted, lo matarán.

Sacó un pequeño dispositivo de memoria y lo colocó dentro del ramo de rosas que Alejandro sostenía.

—Aquí está todo lo que Elena descubrió. Contratos, grabaciones y pruebas de que Montenegro ordenó sabotear su coche.

—¿Por qué no lo entregaste a la policía?

—Porque Montenegro controla al comisario que investigó el accidente.

La puerta del automóvil negro se abrió.

Dos hombres descendieron.

Lucía palideció.

—Tiene que irse.

Alejandro tomó su mano.

—No pienso dejarte aquí.

Corrieron entre las tumbas mientras los hombres los perseguían. Lucía conocía un sendero estrecho que descendía hacia la parte antigua del cementerio. Llegaron hasta una puerta de hierro, pero estaba cerrada con una cadena.

Los pasos se acercaban.

Alejandro buscó desesperadamente otra salida.

Lucía retiró una piedra suelta del muro y sacó una pequeña llave.

—Mi madre la escondió aquí.

Abrieron la puerta y escaparon hacia un camino que bajaba hasta el pueblo.

Se refugiaron en una antigua casa abandonada que había pertenecido a Valeria antes de morir. Allí, Alejandro conectó el dispositivo al ordenador.

Aparecieron decenas de documentos.

Había pagos, nombres de policías y fotografías de hombres siguiendo a Elena. También encontraron una grabación realizada la noche de su muerte.

La voz de Montenegro se escuchaba con claridad:

—Si entregas esos documentos, no volverás a ver a tu hija.

Elena respondió:

—Lucía ya conoce la verdad. Si me ocurre algo, ella terminará lo que yo empecé.

Alejandro sintió que las lágrimas descendían por su rostro.

La grabación continuó.

Entonces escucharon una tercera voz.

Una voz masculina que Alejandro reconoció inmediatamente.

Era la del padre de Elena.

—Haz lo que tengas que hacer, Álvaro —decía—. Pero mantén a nuestra familia fuera de esto.

Lucía se quedó inmóvil.

—Mi abuelo la traicionó.

Antes de que Alejandro pudiera responder, alguien golpeó la puerta de la casa.

Tres golpes lentos.

Lucía cerró el ordenador.

—Nos han encontrado.

Alejandro tomó una pesada barra metálica apoyada contra la pared.

La puerta se abrió.

Pero no apareció ninguno de los hombres de Montenegro.

Era la madre de Elena.

Sostenía una pistola.

—Dame el dispositivo —ordenó.

—¿Usted también trabaja para él? —preguntó Alejandro.

La mujer comenzó a llorar.

—No lo entiendes. Elena no murió en aquel coche.

Lucía dio un paso hacia ella.

—¿Qué acaba de decir?

La mujer sacó una fotografía reciente y la arrojó sobre la mesa.

En ella aparecía Elena saliendo de una clínica privada tres semanas atrás.

Estaba viva.

Alejandro dejó caer la barra metálica.

—No puede ser…

—Montenegro fingió su muerte porque necesitaba obligarla a trabajar para él —explicó su suegra—. La mujer enterrada en esa tumba era Valeria.

Lucía miró la fotografía de su madre con los ojos llenos de lágrimas.

—Entonces, ¿por qué dejaba flores en la tumba equivocada?

La anciana señaló el dispositivo.

—Porque Elena sabía que tarde o temprano tú esconderías una cámara. Todo estaba preparado para conducirte hasta aquí.

Alejandro comprendió que las flores, el botón y la fotografía nunca habían sido coincidencias.

Eran un mensaje.

—¿Dónde está Elena?

Antes de responder, la mujer levantó la mirada hacia la ventana.

El automóvil negro acababa de detenerse frente a la casa.

—Si queréis volver a verla —dijo mientras apagaba la luz—, no permitáis que esos hombres recuperen la última grabación.

Alejandro miró el dispositivo conectado al ordenador.

En la pantalla había aparecido un archivo que ninguno había visto antes.

Su nombre era:

«PARA ALEJANDRO: NO CONFÍES EN LUCÍA».

Alejandro levantó lentamente la mirada.

Lucía ya no estaba a su lado.

Y la puerta trasera de la casa permanecía abierta.