El cielo gris cubría el cementerio familiar de los Montalvo cuando seis empleados colocaron el ataúd blanco sobre un soporte de hierro. No había flores encima. Don Emilio Salvatierra, abogado de la familia, había insistido en mantener la tapa completamente despejada y cerrada.
—Rafael quería un funeral sencillo —repitió.
Alejandro Montalvo sabía que aquello era mentira. Su padre nunca había hablado de su muerte y detestaba los ataúdes blancos. Sin embargo, estaba demasiado agotado para discutir. Don Rafael Montalvo, propietario de la yeguada más prestigiosa de Castilla, había muerto treinta y seis horas antes tras desplomarse en su despacho.
El doctor Julián Ferrer certificó un infarto fulminante. También recomendó sellar el féretro porque el tratamiento de conservación había alterado el rostro del difunto.
Ni Alejandro ni su hermana Lucía pudieron despedirse de él.
Antes de comenzar la ceremonia apareció Sombra, el gran semental negro de Rafael. Dos mozos intentaban sujetarlo, pero el caballo tiraba de las riendas y golpeaba el suelo con los cascos.
Sombra había acompañado a Rafael durante quince años. Solo permitía que él lo montara y podía reconocer el sonido de sus pasos desde el otro extremo de la finca. Alejandro creyó que el animal merecía despedirse de su dueño.
Don Emilio se opuso.
—Un cementerio no es lugar para un caballo nervioso.
—Mi padre lo habría querido aquí —respondió Alejandro.
Cuando acercaron a Sombra al ataúd, el animal dejó de resistirse. Bajó la cabeza, olfateó el aire y permaneció inmóvil. Los presentes interpretaron aquel silencio como una despedida.
Entonces Sombra lanzó un relincho desgarrador.
Se levantó sobre sus patas traseras y descargó los cascos delanteros contra la tapa.
—¡Apartad al caballo del ataúd! —gritó Emilio.
Los asistentes retrocedieron. Lucía se cubrió la boca mientras los mozos trataban de alcanzar las riendas. Sombra golpeó una segunda vez. Una fina grieta apareció en la superficie blanca.
—¡Sombra, basta, por favor! —suplicó Lucía.
El caballo cayó sobre las cuatro patas, giró bruscamente y salió corriendo entre los mausoleos. Una mujer tropezó al apartarse. Los invitados comenzaron a murmurar que el animal se había vuelto peligroso.
Alejandro observó cómo Sombra se alejaba.
—No está huyendo… está volviendo.
El semental había trazado un amplio círculo sobre la hierba. Ahora galopaba directamente hacia el ataúd. Nadie consiguió detenerlo.
Antes de llegar, Sombra redujo la velocidad. Sus orejas se inclinaron hacia delante. Miró fijamente la caja y lanzó un resoplido breve.
Desde el interior se oyó un golpe.
Alejandro levantó una mano.
—Esperad… escuchad.
Don Emilio negó con la cabeza.
—Solo es la madera asentándose.
Un segundo golpe respondió desde el ataúd.
Sombra volvió a levantarse y descargó ambos cascos sobre la tapa. La grieta descendió hasta uno de los tiradores plateados. Un pequeño fragmento de madera cayó al suelo.
Alejandro se acercó.
—¡Eso viene de dentro!
Emilio se interpuso.
—No puedes abrir un féretro sellado sin autorización.
—Si mi padre está vivo, no necesito autorización.
Alejandro agarró uno de los cierres. Emilio intentó detenerlo, pero dos familiares lo apartaron. Los empleados del cementerio trajeron una barra metálica y forzaron la tapa mientras Sombra caminaba nervioso alrededor del ataúd.
Cuando la madera cedió, un olor químico salió del interior.
Lucía gritó.
El hombre acostado dentro llevaba el traje gris de Rafael y tenía el rostro parcialmente cubierto por una venda. Pero no era su padre.
Era Tomás Ortega, el capataz de la yeguada.
Sus muñecas estaban atadas bajo la chaqueta. Tenía marcas de agujas en el cuello y respiraba con enorme dificultad.
Alejandro buscó un pulso.
—Está vivo. ¡Llamad a emergencias!
Don Emilio dio un paso atrás. Después se volvió hacia la salida del cementerio.
Sombra se colocó en medio del camino.
El abogado intentó rodearlo, pero el caballo golpeó el suelo con una pata y le impidió pasar.
Tomás abrió los ojos durante apenas unos segundos. Movió los labios, pero no salió ningún sonido. Alejandro acercó el oído a su boca.
—Rafael… sigue vivo —susurró—. Debajo de nosotros.
Luego perdió el conocimiento.
Todos miraron hacia el suelo.
El cementerio de los Montalvo había sido construido sobre una red de criptas antiguas. Algunas estaban clausuradas desde hacía más de un siglo. Según los planos, no existía ninguna entrada bajo aquella zona, pero Sombra volvió a moverse.
El caballo corrió entre dos mausoleos y se detuvo frente a una lápida cubierta de hiedra. Golpeó la piedra con el casco y comenzó a resoplar.
Alejandro retiró las plantas. Detrás encontró una pequeña puerta metálica sin inscripción. Estaba cerrada desde dentro.
Los empleados utilizaron sus herramientas para romper la cerradura. Una escalera estrecha descendía hacia la oscuridad.
Emilio comenzó a gritar que nadie debía entrar porque la estructura podía derrumbarse. Alejandro tomó una linterna y bajó sin escucharlo.
Al final de las escaleras encontró una galería iluminada por una sola bombilla. Había cajas de medicamentos, documentos bancarios y un escritorio con varias copias del testamento de Rafael.
Un gemido surgió de la habitación del fondo.
Rafael Montalvo estaba atado a una silla.
Tenía la camisa manchada, la piel pálida y un dispositivo colocado sobre el pulgar para copiar su huella digital. Sobre la mesa había contratos de venta de la yeguada valorados en cuarenta millones de euros.
Alejandro cortó las cuerdas.
—Papá, soy yo.
Rafael abrió lentamente los ojos.
—¿Sombra?
—Está arriba. Él nos ha traído hasta ti.
Una sonrisa débil apareció en el rostro del anciano.
—Sabía que no podrían engañarlo.
Las sirenas llegaron minutos después. La policía detuvo a Emilio cuando intentaba abandonar el cementerio. En los bolsillos de su abrigo encontraron una jeringa, las llaves de la cripta y una copia del certificado de defunción falso.
El doctor Ferrer, en cambio, había desaparecido.
Rafael y Tomás fueron trasladados al hospital. Los análisis confirmaron que ambos habían recibido un sedante combinado con una sustancia paralizante capaz de reducir el pulso hasta volverlo casi imperceptible.
El plan comenzó a revelarse.
Rafael había descubierto que alguien vendía ilegalmente caballos de la yeguada y desviaba el dinero hacia empresas inexistentes. Emilio preparaba los contratos y Ferrer drogaba a los animales para alterar sus controles veterinarios.
Cuando Rafael reunió suficientes pruebas, decidió denunciarlo todo.
No tuvo oportunidad.
Lo secuestraron, falsificaron su muerte e introdujeron a Tomás en el ataúd porque el capataz había presenciado el ataque. Pretendían enterrarlo vivo mientras mantenían a Rafael en la cripta hasta completar la transferencia de la finca.
—¿Por qué conservarte con vida? —preguntó Alejandro.
—Necesitaban mi huella, mi voz y las claves bancarias —explicó Rafael—. Después del funeral, yo también habría terminado bajo tierra.
Emilio negó ser el cerebro del plan. Durante el interrogatorio repitió que solo obedecía órdenes.
—¿Órdenes de quién? —preguntó la inspectora Nuria Robles.