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El abogado miró hacia la ventana de la sala.

—De alguien a quien Rafael enterró hace veinte años.

No quiso decir nada más.

Mientras la policía examinaba la yeguada, Sombra se negó a separarse de la ambulancia de Rafael. Alejandro acarició el cuello del caballo y notó algo duro bajo la correa de la brida.

Dentro del cuero había una pequeña tarjeta de memoria.

Rafael recordó haberla escondido allí la mañana de su secuestro. Había visto a Emilio acercarse acompañado por Ferrer y comprendió que corría peligro. Sombra era el único lugar que nadie se atrevería a registrar.

La tarjeta contenía documentos de las ventas ilegales y una grabación realizada en el despacho de Rafael.

Primero se escuchaba la voz de Emilio:

—El ataúd debe permanecer cerrado.

Después hablaba el doctor Ferrer:

—La dosis mantendrá al capataz inconsciente hasta después del entierro.

Una tercera persona respondió:

—Y Rafael no morirá hasta que firme. Si se resiste, traedme a Alejandro. Un padre siempre obedece cuando amenazan a su hijo.

Era la voz de una mujer.

Rafael palideció.

Alejandro detuvo la grabación.

—¿La conoces?

Su padre tardó varios segundos en contestar.

—Esa voz pertenece a tu madre.

Alejandro creyó que los medicamentos lo confundían.

Clara Montalvo había muerto veinte años antes durante el incendio de los antiguos establos. Alejandro tenía ocho años cuando vio sacar su ataúd de entre las ruinas. Rafael jamás volvió a casarse.

—Mamá está muerta.

—Eso creía yo —murmuró Rafael—. Pero nunca me permitieron ver su cuerpo.

La inspectora revisó los archivos del incendio. Descubrió que el médico encargado de identificar los restos había sido el padre de Julián Ferrer. El informe original no incluía fotografías, muestras de ADN ni registros dentales.

Aquella noche, la policía difundió la noticia de que Rafael seguía inconsciente y no había podido identificar a sus secuestradores. Esperaban que Ferrer o la mujer de la grabación cometieran un error.

A las tres de la madrugada, las cámaras del hospital captaron a una enfermera entrando en la planta privada. Llevaba mascarilla, gafas y una tarjeta de acceso robada.

Sombra, instalado provisionalmente en el jardín interior por insistencia de Rafael, comenzó a relinchar.

Alejandro salió al pasillo justo cuando la falsa enfermera llegaba a la habitación de su padre. La mujer dejó caer una jeringa y huyó por las escaleras.

Los agentes la persiguieron, pero solo encontraron su uniforme abandonado junto a una salida de emergencia.

En uno de los bolsillos había una fotografía antigua.

Mostraba a Rafael y Clara frente a los establos, pocos días antes del incendio. Al dorso aparecía una frase escrita con tinta reciente:

“Rafael enterró mi nombre. Ahora yo enterraré a su heredero”.

Alejandro regresó a la habitación. Su padre miraba la fotografía con las manos temblorosas.

En ese momento sonó el teléfono de Alejandro.

Un número oculto.

Cuando respondió, escuchó el resoplido de un caballo y después la voz de la grabación.

—Sombra ha salvado al hombre equivocado.

—¿Quién eres?

La mujer rio suavemente.

—Pregúntale a Rafael por qué el ataúd de tu madre estaba vacío.

La llamada terminó.

Desde el jardín llegó un relincho violento.

Alejandro corrió hacia la ventana.

Sombra miraba fijamente hacia la entrada del hospital. Junto a la verja se encontraba una mujer vestida de negro, con el mismo rostro que aparecía en la fotografía tomada veinte años antes.

Ella levantó una mano y señaló a Alejandro.

Después, detrás de él, una voz débil susurró desde la cama:

—Hijo… no dejes que esa mujer se acerque. Clara no murió en el incendio.

Rafael tragó saliva.

—Fue ella quien lo provocó.