—¿Qué pasa…?
Clara abrió apenas un ojo.
La habitación seguía en penumbra.
La lámpara de la mesita proyectaba una luz amarilla sobre la pared.
Milo estaba detrás de ella.
Quieto.
Demasiado quieto.
El gato no la miraba.
Miraba hacia la puerta.
Clara volvió a cerrar los ojos.
—Milo… déjame dormir.
El animal levantó una pata.
Volvió a tocarle la mejilla.
Esta vez con más insistencia.
Clara suspiró.
—De verdad…
Se incorporó ligeramente.
Entonces escuchó algo.
Un clic.
Muy suave.
Procedía del pasillo.
Clara dejó de moverse.
Milo bajó la pata.
Sus orejas apuntaban hacia la puerta.
Otro sonido.
Crac.
Como una tabla del suelo bajo el peso de alguien.
Clara miró el reloj.
03:17.
Vivía sola.
O eso creía.
—¿Milo?
El gato saltó del colchón.
Pero no corrió hacia la puerta.
Se quedó delante de ella.
Entre Clara y el pasillo.
El pelo de su lomo se había erizado.
Clara sintió frío.
—¿Hay alguien ahí?
Silencio.
Esperó.
Nada.
Intentó convencerse de que era la casa.
Vieja madera.
Tuberías.
Viento.
Hasta que el pomo de la puerta se movió.
Muy lentamente.
Clara dejó de respirar.
Milo emitió un gruñido bajo.
Nunca lo había escuchado hacer aquel sonido.
La mujer estiró la mano hacia su teléfono.
No estaba en la mesita.
Entonces recordó.
Lo había dejado cargando en la cocina.
—Genial…
El pomo volvió a moverse.
Clara bajó de la cama.
Descalza.
Se acercó al armario.
Tomó una lámpara pequeña de metal.
Ridículo.
Pero era lo único que tenía.
Milo continuaba mirando la puerta.
El pomo dejó de moverse.
Después se escucharon pasos alejándose.
Clara esperó diez segundos.
Veinte.
Treinta.
—¿Se ha ido?
Milo la miró.
Luego salió disparado hacia el pasillo.
—¡Milo!
Clara abrió la puerta.
El corredor estaba vacío.
Al fondo, la cocina permanecía a oscuras.
La puerta principal estaba cerrada.
Pero algo no encajaba.
El cajón del aparador estaba abierto.
Clara estaba segura de haberlo cerrado antes de acostarse.
Se acercó.
Dentro guardaba documentos viejos.
Facturas.
Fotografías.
Una caja de madera.
La caja ya no estaba.
Clara palideció.
—No…
Corrió a la cocina.
Su teléfono seguía conectado al cargador.
Lo agarró.
Tres llamadas perdidas.
Número desconocido.
Todas realizadas entre las 02:50 y las 03:05.
También había un mensaje.
NO ABRAS LA PUERTA SI EL GATO TE DESPIERTA.
Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Miró a Milo.
—¿Quién ha enviado esto?
El gato maulló.
Entonces sonó el teléfono.
El mismo número.
Clara dudó.
Contestó.
—¿Sí?
Silencio.
—¿Quién es?
Una voz masculina habló.
—¿Milo te despertó?
Clara apretó el teléfono.
—¿Quién demonios es usted?
—Eso significa que llegué tarde.
—¿De qué está hablando?
—¿Han entrado?
Clara miró el cajón.
—Falta una caja.
El hombre guardó silencio.
—¿Qué caja?
—Una de madera.
—¿Qué había dentro?
Clara miró hacia el pasillo.
—No lo sé.
—¿No la abriste nunca?
—Era de mi marido.
Otro silencio.
Más largo.
—Clara, escucha con atención.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Daniel Ferrer.
El nombre le resultó familiar.
—No le conozco.
—Tu marido sí.
Clara se sentó.
Su esposo, Andrés, había muerto hacía cinco años.
Accidente de coche.
Una carretera mojada.
Un camión.
Todo muy claro.
Todo demasiado cerrado.
—Mi marido está muerto.
—Lo sé.
La voz sonaba cansada.
—Yo investigué su muerte.
Clara cerró los ojos.
—La policía dijo que fue un accidente.
—La policía cerró el caso.
—Es lo mismo.
—No.
Clara miró a Milo.
El gato caminó hacia una puerta lateral.
Se detuvo.
Volvió a mirar a Clara.
—¿Qué tiene que ver mi gato con todo esto?
Daniel respiró.
—Andrés me llamó dos días antes de morir.
Clara dejó de moverse.
—¿Para qué?
—Me dijo que si algún día Milo empezaba a despertarte por la noche, significaba que alguien había encontrado la casa.
Clara sintió un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene.
—¿Por qué usaría un gato como alarma?
—Porque Milo no era solo su mascota.
Clara miró al animal.
—¿Qué quiere decir?
—Andrés lo entrenó.
—Eso es absurdo.
—¿Milo suele tocarte la cara?
Clara se quedó quieta.
No.
Nunca.
Hasta aquella noche.
Daniel continuó:
—¿Alguna vez ladra?
Clara frunció el ceño.
—Es un gato.
—Exacto. No puede avisarte con ruido sin revelar tu posición. Así que Andrés le enseñó una señal.
Clara miró a Milo.
El gato seguía frente a la puerta lateral.
Esperando.
—¿Qué señal?
—Tres toques en la cara.
Clara recordó.
Uno.
Dos.
Tres.
—Dios mío…
—¿Lo hizo?
—Sí.
Daniel bajó la voz.
—Entonces alguien estuvo dentro de tu casa.
Clara se levantó.
—Ya lo sé.
—No. Me refiero a antes de que despertaras.
La mujer miró el dormitorio.
Sintió náuseas.
Alguien había podido estar allí.
A pocos metros.
Mientras dormía.
—¿Qué había en la caja?
—Andrés nunca me lo dijo.
—Entonces ¿qué sabía usted?
—Que estaba investigando algo.
—¿Qué?
—Una empresa llamada Novatek.
Clara conocía el nombre.
Su marido había trabajado allí.
Ingeniero de sistemas.
—Andrés dejó Novatek meses antes de morir.
—No voluntariamente.
Clara apretó el teléfono.
—¿Qué descubrió?
—Pagos.
Transferencias.
Identidades falsas.
Personas que existían en documentos pero no en la vida real.
—¿Fraude?
—Algo peor.
—¿Qué puede ser peor?
Daniel respondió:
—Personas desaparecidas.
Clara se quedó helada.
—No entiendo.
—Novatek gestionaba bases de datos biométricas para varias compañías privadas.
—Sí.
—Andrés descubrió que alguien estaba borrando identidades reales y sustituyéndolas por otras.
—¿Para qué?
—Para hacer desaparecer gente sin cadáver.
Clara dejó de respirar.
—Eso es imposible.
—Tu marido pensaba lo mismo.
Milo golpeó una vez la puerta lateral con la pata.
Clara miró.
—Espera.
Se acercó.
Era el pequeño despacho de Andrés.
No entraba allí desde su muerte.
—¿Dónde estás?
—Frente a su despacho.
Daniel se quedó callado.
—Clara…
—¿Qué?
—No abras.
Ella ya tenía la mano en el pomo.
—¿Por qué?
—Porque Andrés me dijo que si alguien encontraba la caja, el siguiente lugar que buscarían sería allí.
Milo volvió a golpear.
Clara retiró la mano.
—Entonces ¿por qué Milo quiere que entre?
Daniel no respondió.
La mujer miró al gato.
—Milo…
El animal se sentó.
Miró hacia arriba.
Luego arañó suavemente la parte inferior de la puerta.
No el pomo.
La madera.
Clara se agachó.
Había una pequeña marca.
Una ranura.
Nunca la había visto.
Introdujo la uña.
Una pieza de madera se soltó.
Detrás había una llave.
—Daniel…
—¿Qué?
—Hay una llave escondida.
—No abras nada.
—Es de Andrés.
—Precisamente.
Clara utilizó la llave.
La puerta se abrió.
El despacho olía a polvo.
Todo seguía exactamente igual.
Ordenador viejo.
Estanterías.
Libros.
Una fotografía de su boda.
Milo entró.
Saltó al escritorio.
Después bajó detrás de una estantería.
—¿Qué busca?
Daniel respondió:
—Síguelo.
Clara apartó varios libros.
Detrás encontró un pequeño panel metálico.