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Introdujo la llave.

Click.

Un compartimento se abrió.

Dentro había un teléfono antiguo.

Y una memoria USB.

Clara palideció.

—Encontré algo.

—No conectes el USB.

—¿Por qué?

—Porque quizá sea lo que querían de la caja.

—Pero la caja ya no está.

—Tal vez la caja era una distracción.

Clara tomó el teléfono.

Estaba apagado.

Lo encendió.

Sorprendentemente tenía batería.

Solo contenía un archivo.

Un vídeo.

Fecha: dos días antes del accidente de Andrés.

Clara pulsó reproducir.

Su marido apareció en pantalla.

Más delgado.

Nervioso.

—Clara…

La mujer se llevó una mano a la boca.

Habían pasado cinco años desde que escuchó su voz.

—Si estás viendo esto, significa que algo salió mal.

Clara comenzó a llorar.

Daniel permaneció en silencio al otro lado de la línea.

Andrés continuó:

—No confíes en la versión oficial de mi muerte.

Clara se quedó helada.

—No fue un accidente.

La imagen temblaba.

—Descubrí algo dentro de Novatek. Una lista de personas a las que estaban ayudando a desaparecer.

—Dios mío…

—Copié los registros.

Andrés levantó una pequeña memoria USB.

La misma que Clara sostenía.

—Pero hay algo que no entiendo.

Su expresión cambió.

—Uno de los nombres de la lista es el tuyo.

Clara dejó caer el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué?

Daniel habló.

—¿Qué dijo?

Clara apenas podía responder.

—Mi nombre estaba en la lista.

Daniel guardó silencio.

El vídeo continuó:

—Clara Moreno figura como desaparecida desde 1998.

Ella sintió vértigo.

—Eso es imposible.

Tenía recuerdos de aquella época.

Su familia.

La escuela.

Todo.

Andrés prosiguió:

—Y el problema es que la mujer que figura con ese nombre murió en un incendio cuando tenía nueve años.

Clara retrocedió.

—No…

—Así que si tú eres Clara Moreno…

Andrés miró directamente a cámara.

—Entonces necesito saber quién eras antes.

El vídeo terminó.

Clara se quedó inmóvil.

Milo estaba junto a ella.

Daniel habló:

—Clara.

No respondió.

—Clara, sal de la casa.

—¿Quién soy?

—Ahora no importa.

—¡Claro que importa!

—Escúchame.

Entonces Milo giró la cabeza hacia el pasillo.

Sus orejas se levantaron.

Clara lo vio.

—Daniel…

—¿Qué?

Milo bajó del escritorio.

Caminó hacia la puerta.

Se detuvo.

Y tocó el suelo tres veces con una pata.

Clara palideció.

—Está haciéndolo otra vez.

Daniel bajó la voz.

—Escóndete.

Se escuchó un golpe desde la entrada.

Luego otro.

Alguien probaba la puerta principal.

Clara apagó la luz.

Tomó la memoria USB.

Se escondió detrás de la estantería.

Milo permaneció en mitad del despacho.

La puerta principal se abrió.

Pasos.

Dos personas.

Una voz femenina.

—La caja no estaba completa.

Un hombre respondió:

—Entonces tiene que estar aquí.

Clara se tapó la boca.

Conocía aquella voz femenina.

La había escuchado durante toda su infancia.

Su madre.

Elena Moreno.

La mujer que había muerto hacía doce años.

Clara sintió que iba a desmayarse.

La voz volvió a sonar:

—Busca el despacho de Andrés.

Pasos acercándose.

Clara miró el teléfono.

Daniel seguía en línea.

—¿Quién es? —susurró él.

Clara tenía lágrimas en los ojos.

—Mi madre.

Silencio.

—Clara…

—Está muerta.

Daniel no respondió.

—¡Mi madre está muerta!

Los pasos llegaron al pasillo.

Milo salió del despacho.

Clara quiso agarrarlo.

Demasiado tarde.

Se escuchó la mujer.

—Milo…

El gato se detuvo.

La voz femenina se quebró.

—Todavía estás vivo.

Clara sintió que el corazón se detenía.

Su madre conocía al gato.

Pero Milo había llegado a su vida años después de la supuesta muerte de Elena.

Entonces el animal hizo algo aún más extraño.

Caminó hacia la mujer.

Sin miedo.

Como si la conociera.

Clara miró a través de una rendija.

Vio unos zapatos.

Después un abrigo oscuro.

Y finalmente el rostro.

Era Elena.

Más vieja.

Pero viva.

La mujer se arrodilló y acarició a Milo.

—Buen chico.

Clara apretó la memoria USB.

Elena levantó la vista hacia el despacho.

—Clara.

La hija dejó de respirar.

—Sé que estás ahí.

Silencio.

—No tengas miedo.

Clara no se movió.

Elena continuó:

—Andrés nunca llegó a contarte toda la verdad.

Clara cerró los ojos.

—¿Qué verdad?

Su voz salió casi sin querer.

Elena se quedó quieta.

—Que yo no soy tu madre.

Clara sintió que el mundo desaparecía.

—Entonces ¿quién eres?

Elena respondió desde el pasillo:

—La mujer que te sacó de aquel incendio en 1998.

Clara apretó los dientes.

—¿Quiénes eran mis padres?

Silencio.

—Elena.

—No puedo decírtelo aquí.

—¡Dímelo!

La mujer se levantó.

—Porque la persona que mató a tus verdaderos padres acaba de entrar en esta casa conmigo.

Clara dejó de respirar.

Entonces escuchó la voz del hombre.

Una voz que conocía aún mejor que la de su madre.

—Hola, cariño.

Clara sintió que la sangre se congelaba.

Era Andrés.

Su marido.

El hombre que llevaba cinco años enterrado.

Y estaba de pie al otro lado de la puerta.