El golpe del bastón lanzó a Elena Morales contra el suelo de madera.
Los alumnos esperaban oír un grito. En cambio, ella giró el cuerpo, protegió la cabeza con el antebrazo y distribuyó el impacto entre la espalda, el brazo y la cadera. El movimiento fue tan rápido y preciso que apenas produjo ruido.
La fregona cayó a su lado.
Durante unos segundos, nadie habló.
Rodrigo Salazar, dueño y maestro principal del dojo, permaneció frente a ella con el bastón negro en la mano. Hasta ese momento había sonreído, seguro de que acababa de humillar a una simple limpiadora.
Pero entonces Daniel, el alumno más avanzado, se levantó.
—Maestro… esa técnica es de Morales.
Los demás estudiantes lo miraron. Algunos también comenzaron a ponerse de pie.
Rodrigo perdió el color del rostro.
Elena abrió los ojos y apoyó una mano en el suelo. No parecía herida. Tampoco parecía enfadada. Su respiración era tranquila, como si hubiera repetido aquella caída miles de veces.
—¿Qué has dicho? —preguntó Rodrigo.
Daniel señaló la posición del brazo de Elena.
—La caída sin sonido. El maestro Esteban Morales la enseñaba antes de cerrar su escuela. Mi padre decía que solo tres personas llegaron a dominarla.
Rodrigo dejó caer el bastón junto a su pierna.
—Siéntate, Daniel.
—Pero…
—He dicho que te sientes.
Nadie obedeció.
Elena se levantó lentamente. Se sacudió el pantalón verde y colocó la fregona contra la pared. Después se volvió hacia Rodrigo.
—¿Ya ha terminado?
El maestro apretó la mandíbula.
Tres semanas antes, Elena había comenzado a trabajar en el dojo como sustituta de la limpiadora habitual. Llegaba a las seis de la mañana, limpiaba los vestuarios y se marchaba sin hablar con nadie.
Rodrigo apenas reparó en ella al principio. Sin embargo, aquel día la encontró observando una clase privada en la que obligaba a un alumno lesionado a continuar luchando.
Cuando Elena pidió que dejaran descansar al joven, Rodrigo se sintió desafiado.
La llevó al centro de la sala, la insultó delante de todos y le ordenó ponerse de rodillas. Cuando ella se negó, tomó el bastón.
Ahora la situación había cambiado.
—Recoge tus cosas y sal de mi escuela —dijo Rodrigo.
Elena miró alrededor.
—Esta no es su escuela.
Un murmullo recorrió la sala.
Rodrigo avanzó hacia ella.
—Ten cuidado con lo que dices.
Elena levantó la manga de su camiseta. En el interior del antebrazo tenía una pequeña cicatriz con forma de media luna. Daniel la reconoció antes que nadie.
En fotografías antiguas, la campeona Elena Morales aparecía con la misma marca.
Quince años atrás, Elena había sido una de las mejores karatecas de España. Ganó cuatro campeonatos nacionales sin perder un solo combate. Su padre, Esteban Morales, fundó el dojo en el que ahora se encontraban.
Pero su carrera terminó la noche en que un joven llamado Hugo Valdés murió durante una exhibición privada.
Los periódicos afirmaron que Elena había utilizado una técnica ilegal. La federación la suspendió. Esteban sufrió un infarto semanas después y Rodrigo, que era su alumno de confianza, tomó el control del dojo.
Elena desapareció.
Muchos creyeron que se había marchado del país por vergüenza.
—No puede ser —susurró uno de los estudiantes.
—Elena Morales tendría casi cuarenta años —dijo otro.
—Los tengo —respondió ella.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—Cualquiera puede tatuarse una cicatriz.
—Una cicatriz no se tatúa.
Elena caminó hasta la pared donde colgaba una fotografía del fundador. El nombre de Esteban había sido sustituido por una placa con el de Rodrigo.
La mujer retiró el marco y mostró una pequeña inscripción grabada en la madera:
«La fuerza sin honor solo es violencia».
—Mi padre escribió estas palabras —dijo—. Y dejó esta sala a sus alumnos, no al hombre que destruyó su legado.
Rodrigo se acercó.
—Tu padre me entregó el dojo.
—Lo obligaste a firmar cuando estaba ingresado.
—Tienes una imaginación peligrosa.
Elena sacó del bolsillo una grabadora pequeña.
—Y usted habla demasiado cuando cree que nadie importante lo escucha.
Pulsó un botón.
La voz de Rodrigo llenó el dojo:
«El chico está lesionado, pero peleará el sábado. Los compradores han pagado por verlo. Si se niega, dile que perderá la beca».
Los alumnos se miraron con alarma.
Rodrigo intentó arrebatarle la grabadora, pero Elena giró la muñeca y la apartó de su alcance sin golpearlo.
—¿Qué compradores? —preguntó Daniel.
—No os incumbe —respondió Rodrigo.
—Nos obliga a participar en combates ilegales —dijo otro alumno—. Dijiste que eran exhibiciones privadas.
Elena levantó la grabadora.
—Son apuestas clandestinas. Utiliza a los estudiantes con más talento y amenaza con expulsarlos si se niegan. Algunos han terminado en el hospital.
Rodrigo señaló la puerta.
—¡Todos fuera!
Nadie se movió.
Daniel dio un paso al frente.
—¿También obligaste a Hugo Valdés a luchar?
El nombre cayó sobre el dojo como una piedra.
Elena miró al joven.
—¿Cómo conoces ese caso?
Daniel no respondió. Rodrigo sí.
—Hugo murió porque ella perdió el control.
Elena bajó la mirada durante un momento. Durante quince años había cargado con aquella acusación. Recordaba a Hugo cayendo frente a ella y la sangre apareciendo en la comisura de sus labios. Recordaba a Rodrigo gritando que no lo tocara. Recordaba el informe médico afirmando que el joven había muerto por un impacto en el pecho.
Pero ella nunca lo había golpeado allí.
—Hugo ya estaba herido antes de entrar en el tatami —dijo Elena—. Tenía tres costillas fracturadas.
—Eso nunca se demostró.
—Porque cambiaste el informe.
Rodrigo recogió el bastón.
—Basta.
Intentó atacar de nuevo. Esta vez Elena no cayó.
Sujetó el palo con ambas manos, giró sobre un pie y utilizó la fuerza del maestro para desequilibrarlo. Rodrigo terminó de rodillas, con el brazo inmovilizado contra su espalda.
Elena podía haberlo golpeado.
No lo hizo.
—La primera lección de mi padre —dijo— era no utilizar la fuerza cuando el adversario ya no puede defenderse. Usted eliminó esa frase del programa.
Lo soltó.
Rodrigo se levantó humillado y lanzó un puñetazo. Elena lo esquivó con un movimiento mínimo. Después colocó dos dedos bajo su garganta, sin llegar a presionar.
El maestro quedó paralizado.
—Si yo fuera la persona que usted describe —susurró Elena—, ya estaría en el suelo.
Los alumnos rodearon a Rodrigo, no para atacarlo, sino para impedir que volviera a acercarse a ella.
En ese momento se abrió la puerta del dojo.
Una mujer de traje oscuro entró acompañada por dos inspectores de la Federación Española de Karate. Detrás de ellos aparecieron dos agentes de policía.
—Rodrigo Salazar —anunció la inspectora—, queda suspendido de toda actividad deportiva mientras investigamos los combates clandestinos y la falsificación de los documentos de propiedad.
Rodrigo miró a Elena.
—Esto no ha terminado.
—Para usted, sí.
Uno de los agentes le pidió que entregara el cinturón negro. Rodrigo se negó al principio, pero todos los estudiantes lo observaban. Finalmente desató el cinturón y lo dejó caer.