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Antes de salir, se volvió hacia Elena.

—Diles por qué regresaste de verdad.

Ella no respondió.

—No vino por vosotros —continuó Rodrigo—. Ni siquiera vino por el dojo. Vino porque recibió una carta sobre Hugo.

Daniel tensó los hombros.

La policía se llevó a Rodrigo. Los inspectores comenzaron a recoger declaraciones. Algunos alumnos se acercaron a Elena para disculparse por haber permanecido en silencio mientras el maestro la insultaba.

Ella no parecía escucharlos.

Miraba a Daniel.

—¿Qué sabes de la carta? —preguntó.

El joven introdujo una mano bajo su chaqueta de karate y sacó un sobre amarillento.

—Mi madre me lo entregó antes de morir.

Elena reconoció la letra del destinatario.

Su nombre aparecía escrito en el frente.

—¿Quién era tu madre?

—Laura Valdés.

Elena sintió que le faltaba el aire.

Laura era la hermana menor de Hugo.

—Entonces tú eres…

—Su sobrino.

Daniel le entregó el sobre. Elena lo abrió con manos temblorosas. Dentro había una fotografía tomada la noche de la exhibición. Mostraba a Rodrigo junto a Hugo en uno de los vestuarios. Rodrigo sostenía una jeringa.

En el reverso, Laura había escrito:

«Hugo no murió por el golpe de Elena. Rodrigo le inyectó algo antes del combate. Pero no actuó solo».

Elena miró a Daniel.

—¿Quién estaba con él?

—Eso vine a descubrir.

La inspectora se acercó y examinó la fotografía.

—Podemos analizarla, pero necesitaremos el negativo original.

—Sé dónde está —dijo Daniel.

Condujo a Elena hasta el pequeño despacho de Rodrigo. Detrás de una estantería encontraron una caja fuerte. La combinación era la fecha de la muerte de Hugo.

Dentro había dinero, registros de apuestas y fotografías de estudiantes lesionados. También encontraron una cinta de vídeo sin etiqueta.

La inspectora conectó la cinta a un viejo reproductor del dojo.

La imagen era oscura. Mostraba el vestuario quince años atrás. Hugo estaba sentado, respirando con dificultad. Rodrigo preparaba la jeringa.

Entonces alguien entró.

La cámara solo captó sus manos.

Llevaba un anillo con el emblema de la familia Morales.

Elena miró instintivamente la fotografía de su padre.

—No —murmuró—. Mi padre jamás habría permitido esto.

En la grabación, la persona del anillo entregó a Rodrigo un pequeño frasco. Después se escuchó una voz deformada:

«Cuando Hugo caiga, todos culparán a Elena. Ella se marchará y el dojo será nuestro».

La cinta terminó.

Daniel observó a Elena.

—Rodrigo no era el único que quería destruirte.

Uno de los agentes abrió un compartimento oculto en la caja fuerte. Dentro había una segunda fotografía. En ella aparecía Esteban Morales junto a dos mujeres jóvenes idénticas.

Una era Elena.

La otra tenía el mismo rostro, pero llevaba el anillo.

—¿Tienes una hermana? —preguntó la inspectora.

Elena negó lentamente.

—Mi madre me dijo que nací sola.

Daniel dio la vuelta a la fotografía. En el reverso figuraban dos nombres:

Elena Morales y Lucía Morales.

Debajo había una fecha correspondiente a seis meses después del supuesto nacimiento de Elena.

La puerta del dojo se cerró de golpe.

Todos se volvieron.

Una mujer vestida con un uniforme blanco permanecía junto a la entrada. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño y un rostro casi idéntico al de Elena.

En su mano brillaba el anillo de la familia Morales.

La desconocida sonrió.

—Después de quince años limpiando tu desastre —dijo—, ya era hora de que descubrieras quién ocupó realmente tu lugar.

Elena avanzó un paso.

—¿Quién eres?

La mujer levantó el cinturón negro que Rodrigo había dejado en el suelo.

—La hermana a la que tu padre eligió esconder.

Se ató el cinturón alrededor de la cintura y miró a Daniel.

—Y si quieres saber quién mató a Hugo, pregúntale al alumno que lleva quince años fingiendo tener veintidós.

Elena se volvió.

Daniel ya no estaba a su lado.

La ventana del despacho permanecía abierta y la carta de Hugo ardía lentamente sobre el suelo.