EL PUEBLO DECÍA QUE ERA DEMASIADO GRANDE PARA CASARSE… HASTA QUE EL TRAMPERO DE LA MONTAÑA LA MIRÓ COMO NINGÚN HOMBRE LO HABÍA HECHO
PARTE 1'
En Red Creek todos parecían haber decidido que Marta Lindholm había perdido su oportunidad de casarse antes de cumplir los treinta y cinco.
En un pueblo fronterizo donde todavía faltaban mujeres, permanecer soltera no se consideraba una elección.
Se consideraba una prueba de que algo estaba mal.
Y, según las mujeres que murmuraban después de la iglesia y los hombres que reían en la cantina, el problema de Marta podía verse desde el otro lado de la calle.
Era demasiado grande.
Hombros anchos.
Brazos fuertes.
Caderas amplias.
Un cuerpo hecho, decían, para cargar sacos y limpiar establos, no para vestir encajes junto a un marido.
Marta había escuchado tantas versiones de la misma crueldad que ya no reaccionaba.
Había aprendido algo más útil.
A trabajar.
Por eso, cuando Caleb North bajó desde las montañas de Colorado para comprar provisiones, no encontró a Marta sirviendo café ni esperando que algún hombre la sacara a bailar.
La encontró debajo de un caballo de casi seiscientos kilos.
Caleb había llegado a Red Creek por sal, café, municiones y tres buenas mulas.
Nada más.
Odiaba el pueblo.
Las calles siempre estaban cubiertas de barro mezclado con estiércol.
Desde la mina llegaba un martilleo constante.
En la cantina gritaban desde el mediodía.
Y cada negocio parecía tener algún hombre dispuesto a venderle algo peor de lo que prometía.
Caleb prefería las montañas.
Allí podía pasar semanas sin escuchar otra voz humana.
Era trampero, cazador y dueño de una pequeña cabaña situada mucho más arriba del paso, donde los inviernos enterraban los caminos durante meses.
En Red Creek lo llamaban El Oso.
No solo por su tamaño.
Caleb era un hombre enorme, de barba oscura, manos gruesas y espalda suficientemente ancha para hacer parecer pequeño cualquier caballo que montara.
Había sobrevivido tormentas que habían matado ganado.
Una vez pasó tres días atrapado en una garganta con una pierna herida y regresó caminando.
Los hombres exageraban muchas historias sobre él.
Caleb nunca se molestaba en corregirlas.
Entró al establo de los Lindholm buscando las mulas que le habían recomendado.
Antes de ver a nadie, escuchó una voz femenina desde el último puesto.
—Deja de moverte. Es un casco, no una ejecución.
Caleb avanzó.
Entonces la vio.
Marta estaba sujetando la pata trasera de un enorme caballo castrado.
El animal resopló y tiró del cuerpo.
Ella no lo soltó.
Tenía la falda de trabajo cubierta de polvo, las mangas recogidas hasta los codos y el cabello rubio oscuro escapando de un moño mal hecho.
No había nada delicado en la escena.
Marta tampoco intentaba que lo hubiera.
Acomodó el casco entre sus piernas, corrigió el corte y dio un golpe preciso.
El caballo volvió a inquietarse.
—Quieto.
Otro golpe.
Después otro.
Terminó el trabajo, dejó la herramienta a un lado y se secó el sudor de la frente con el antebrazo.
Solo entonces notó a Caleb.
No se sonrojó.
No bajó la cabeza.
Lo miró directamente.
—¿Va a comprar algo o piensa quedarse ahí tapando la luz?
Caleb tardó un segundo en responder.
—Necesito tres mulas que aguanten montaña.
Marta señaló hacia la parte delantera.
—Mi hermano se ocupa de las ventas.
—Su hermano intentó venderme hace dos años una mula con una rodilla arruinada.
Los ojos claros de Marta se estrecharon.
—Entonces ya sabe cómo trabaja mi hermano.
Caleb levantó una ceja.
Ella tomó su delantal de cuero y pasó junto a él.
—Está borracho desde el desayuno. Hable conmigo o busque otro establo.
Aquello llamó su atención.
Salieron al corral.
Marta le mostró tres animales.
Dos mulas pardas y una gris.
Caleb rodeó a la gris.
—Carga mal la pata delantera.
—No.
—La estoy viendo.
—Está viendo un casco mal recortado.
Marta se agachó y señaló.
—Si vuelve a herrarla como las otras, sí terminará coja. Déjela sin hierro cuando llegue la nieve, córtele aquí y aquí, y esa mula subirá la montaña después de que las otras dos quieran tumbarse.
Caleb la observó.
No hablaba para impresionarlo.
Sabía exactamente lo que estaba diciendo.
—¿Ha llevado mulas por montaña?
—Desde los catorce años.
—¿En invierno?
—También.
—¿Cuánto pide por las tres?
—Cuarenta y cinco dólares.
—Treinta y cinco.
Marta ni parpadeó.
—Cuarenta y cinco.
—La gris necesita trabajo.
—Por eso le expliqué cómo hacerlo.
—Cuarenta.
—Entonces compre dos.
Caleb casi sonrió.
—Cuarenta y cinco.
—Ahora está aprendiendo.
Marta se volvió hacia el establo.
Caleb no la siguió inmediatamente.
Miró sus manos.
Tenía callos.
Una cicatriz atravesaba uno de sus dedos.
Las botas estaban gastadas.
Aquella mujer hacía trabajo de mozo, herrador y encargado.
Pero el letrero sobre la entrada decía:
LINDHOLM — CABALLOS Y MULAS.
—¿El negocio es de su hermano? —preguntó Caleb.
Marta dejó de caminar.
—Sí.
—¿Y usted hace todo esto?
—Trabajo aquí.
—Eso no responde.
Marta giró lentamente.
—Mi hermano bebe. Yo trabajo.
—¿Recibe parte de las ganancias?
Una risa seca escapó de ella.
—¿Parte?
Clavó las manos en la cintura.
—Soy la hermana soltera, señor North.
Caleb no recordaba haberle dicho su apellido.
Ella notó la sorpresa.
—Sé quién es usted. Medio pueblo cuenta historias sobre el hombre que vive solo arriba del paso.
—La mitad son mentiras.
—Supuse que la otra mitad también.
Caleb sonrió por primera vez.
Marta no.
—Aquí las cosas son sencillas —continuó ella—. Mi padre dejó el establo a mi hermano porque era hombre. Yo recibí una cama en la casa y el privilegio de trabajar hasta que alguien decidiera casarse conmigo.
Su expresión cambió apenas.
—Nadie decidió hacerlo.
Caleb escuchó el dolor escondido detrás de aquellas palabras.
—¿Por qué?
Marta lo miró como si la pregunta fuera absurda.
—Míreme.
Él lo hizo.
Ella esperaba que sus ojos recorrieran su cuerpo.
Esperaba aquella mirada conocida.
El cálculo.
La burla.
Quizá la vergüenza.
Pero Caleb estaba pensando en el caballo de hacía unos minutos.
En la mula gris.
En el invierno que llegaría pronto.
En su cabaña aislada tres días al norte.
El invierno anterior se había roto dos dedos al caer sobre hielo.
Los había enderezado él mismo y atado con madera.
Si algún día se rompía una pierna en aquellas montañas, podían pasar meses antes de que alguien encontrara el cuerpo.
No necesitaba una mujer que supiera bordar flores.
Necesitaba a alguien que no perdiera la cabeza cuando un caballo pateara, el techo cediera o la nieve tapara la puerta.
Marta cruzó los brazos.
—¿Terminó de mirar?
—Sí.
—¿Y?
—No entiendo.
Ella soltó una risa amarga.
—Claro que entiende.
Señaló su propio cuerpo.
—Soy demasiado grande. Demasiado fuerte. Demasiado poco femenina. Eso dicen.
Caleb miró hacia el establo.