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—La gente de este pueblo habla demasiado.

—Eso no cambia lo que piensan.

—No.

Volvió a mirarla.

—Pero tampoco significa que tengan razón.

Marta pareció no saber qué responder.

Desde el interior llegó la voz arrastrada de su hermano llamándola.

—¡Marta! ¡Hay estiércol en el tercer puesto!

Ella cerró los ojos un segundo.

Después se volvió.

Caleb habló antes de que pudiera marcharse.

—Señora Lindholm.

Marta lo miró por encima del hombro.

—¿Qué?

Caleb recorrió con la vista el establo que ella mantenía en pie, las mulas que ella conocía mejor que su dueño y las manos que llevaban años trabajando para enriquecer a un hombre que la trataba como si no tuviera ningún otro lugar donde ir.

Entonces hizo una pregunta que Marta jamás había esperado escuchar de un desconocido.

—¿Quiere salir de este pueblo?

PARTE 2

Marta tardó varios segundos en responder.

—¿Salir cómo?

Caleb no apartó la mirada.

—Conmigo.

Ella soltó una risa seca.

—¿Como encargada de sus mulas?

—Como mi esposa.

Marta dejó de respirar.

Antes de que pudiera contestar, la puerta del establo se abrió y su hermano apareció tambaleándose.

Erik Lindholm había bebido, pero no tanto como para no comprender lo que acababa de escuchar.

—¿Casarte con ella?

Se echó a reír.

Marta endureció el rostro.

Caleb no.

—Se lo pregunté a su hermana.

Erik señaló a Marta.

—Mi hermana no puede marcharse.

—¿Por qué no? —preguntó ella.

La sonrisa de Erik desapareció.

—Porque me debes comida, techo, ropa y todo lo que he pagado desde que murió papá.

Marta lo miró incrédula.

—He trabajado aquí todos los días.

—Y has vivido bajo mi techo.

—Sin salario.

Erik se encogió de hombros.

—Eres familia.

Caleb no sacó dinero ni intentó intervenir.

Solo preguntó:

—¿Cuánto dice que le debe?

—Ciento treinta y siete dólares.

Marta sintió que algo dentro de ella se enfriaba.

—Enséñame las cuentas.

Erik vaciló.

Ella lo vio.

Y comprendió que aquella deuda no había existido hasta el momento en que intentó marcharse.

PARTE 3

—El libro —repitió Marta—. Quiero verlo.

Erik se volvió hacia el establo.

—No tengo que enseñarte nada.

—Entonces tampoco tienes derecho a decir que te debo ciento treinta y siete dólares.

—Este negocio es mío.

—Eso nunca lo he discutido.

Marta dio un paso hacia él.

—Estoy discutiendo la deuda que acabas de inventar.

Erik miró a Caleb como si esperara encontrar en él al hombre que resolvería la conversación.

Caleb permaneció junto al corral, callado.

Marta agradeció aquello.

No quería salir de una vida donde su hermano hablaba por ella para entrar inmediatamente en otra donde un marido hiciera lo mismo.

—Ve por el libro —dijo.

Erik apretó los dientes.

—¿Ahora me das órdenes?

—No. Te doy una oportunidad para demostrar que dices la verdad.

La discusión atrajo a dos clientes que esperaban junto al establo.

Erik lo notó.

La humillación pública siempre le importaba más que la justicia privada.

Finalmente entró y regresó con un libro grueso.

Lo lanzó sobre una mesa.

—Ahí está.

Marta abrió las páginas.

Conocía aquel libro mejor que él.

Durante años había anotado ventas, alimentación, reparaciones y trabajos de herrado cuando Erik estaba demasiado borracho para sostener una pluma.

Encontró su nombre.

“Comida.”

“Habitación.”

“Carbón.”

“Jabón.”

Incluso había una cantidad por “uso del establo”.

Marta levantó la vista.

—¿Me cobras por trabajar en tu establo?

—Te cobro por lo que consumes.

Ella siguió revisando.

Encontró algo más interesante.

Las herraduras que colocaba.

Los cascos que recortaba.

Los animales que entrenaba.

Las mulas que preparaba para viajeros.

Todo aparecía registrado como ingresos del negocio.

—¿Cuánto cobras por herrar un caballo?

—Eso no importa.

—Tres dólares cuando son cuatro cascos. Dos si solo son delanteros.

Erik no respondió.

Marta pasó páginas.

—El mes pasado hice nueve.

—Para el establo.

—Sí.

—El dinero pertenece al establo.

Marta asintió.

—Entonces el heno también pertenece al establo.

Erik frunció el ceño.

Ella señaló varias entradas que él había cargado a su supuesta deuda.

—Aquí me cobras alimento de animales que pertenecen al negocio.

Después otra.

—Aquí, clavos para herraduras.

Otra.

—Aquí, aceite para los arneses.

Marta lo miró.

—¿También me vas a cobrar la escoba con la que limpio tu suelo?

Uno de los clientes ocultó una sonrisa.

Erik cerró el libro de golpe.

—No entiendes cómo funcionan las cuentas.

Marta se quedó mirándolo.

Después se rio.

No con amargura.

Con incredulidad.

—Yo escribí la mitad de este libro.

Caleb bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.

Erik se puso rojo.

—Has tenido techo durante años.

—Y tú has tenido una trabajadora que nunca recibió salario.

—¡Porque eres mi hermana!

La voz de Marta bajó.

—Ese argumento parece servirte para todo.

Erik guardó silencio.

—Cuando trabajaba, era familia y por eso no merecía sueldo.

Señaló el libro.

—Ahora que quiero marcharme, soy una deudora y por eso sí quieres cobrarme.

Los dos clientes ya no fingían no escuchar.

Erik recogió el libro.

—No vas a irte con ese hombre.

Marta sintió regresar la vieja rabia.

—No decides eso.

—No sabes nada de él.

—Tampoco tú.

—Vive solo en las montañas. Podría hacerte desaparecer y nadie preguntaría.

Caleb habló por primera vez.

—Eso sí puede preguntármelo a mí.

Erik lo miró.

—No estoy hablando contigo.

—Entonces deje de usarme para asustarla.

Marta giró hacia Caleb.

—Yo puedo responder.

Él asintió inmediatamente.

—Tiene razón.

Aquella pequeña retirada significó más para Marta que cualquier discurso.

Volvió hacia su hermano.

—No he dicho que vaya a casarme.

Erik pareció aliviado.

Marta continuó:

—Pero sí voy a marcharme de este establo.

Su hermano quedó inmóvil.

—¿Adónde?

—Eso tampoco lo decides tú.

—No tienes dinero.

—Tengo veintitrés dólares que guardé haciendo trabajos después de cerrar.

El rostro de Erik cambió.

Marta lo vio.

—¿Qué?

—Nada.

—Erik.

Él apartó la mirada.

Marta sintió un presentimiento desagradable.

Entró en la casa.

Subió hasta la pequeña habitación que había ocupado desde niña.

Debajo de una tabla suelta guardaba una bolsa de tela.

La sacó.

Estaba vacía.

Bajó lentamente.

Erik seguía junto al corral.

Marta levantó la bolsa.

—¿Dónde está mi dinero?

Su hermano no contestó.

Ya no necesitaba hacerlo.

—Devuélvemelo.

Erik miró a los hombres que seguían cerca.

—Baja la voz.

—Veintitrés dólares.

Marta colocó la bolsa vacía sobre la mesa.

—Los quiero ahora.

—Los necesitaba el negocio.

—Eran míos.

—Todo lo que ganas aquí sale de mi establo.

Marta sintió una claridad extraña.

Durante años había permitido que la llamaran inútil para el matrimonio mientras hacía funcionar un negocio que, según su hermano, jamás sería suficientemente suyo para recibir una parte.

Ahora Erik acababa de explicarlo sin adornos.

No quería que ella se quedara porque la amaba.

La necesitaba porque era barata.