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—¿Cuánto queda? —preguntó.

—Marta...

—¿Cuánto?

—Nueve dólares.

Ella cerró los ojos.

—Gastaste catorce.

—Compré pienso.

—Para tus animales.

—Para nuestro sustento.

—No existe “nuestro” cuando llega el momento de repartir ganancias.

Erik se acercó.

—No seas desagradecida.

Marta dio un paso atrás.

No porque tuviera miedo.

Porque ya no quería estar cerca.

—Voy a llevarme los nueve dólares.

—Necesito ese dinero.

—Yo también.

—El establo no puede funcionar así.

La respuesta salió de Marta antes de pensarla.

—Entonces págale a alguien para que haga mi trabajo.

Erik quedó callado.

Allí estaba la verdad.

Caleb la había visto desde el primer día.

Marta tardó treinta y cinco años.

Su hermano no pensaba que ella no valiera nada.

Sabía perfectamente cuánto valía.

Simplemente prefería que Marta no lo supiera.

—Te devolveré el resto después —dijo Erik.

—No.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que me pagues cada semana hasta devolver los catorce.

Erik soltó una carcajada.

—¿Y si no?

Marta recogió el libro de cuentas.

—Entonces puedo pedir que alguien revise cuánto dinero cobraste por trabajos que hice yo mientras aseguras que además te debo por herramientas, pienso y materiales del negocio.

La expresión de Erik cambió.

No era una amenaza de quitarle el establo.

Marta no tenía derecho a eso.

Pero sí podía convertir en público el método con el que llevaba años aprovechándose de ella.

—No llevarás ese libro a ninguna parte.

Erik intentó agarrarlo.

Marta lo retiró.

—No necesito llevármelo. Lo conozco.

Caleb permanecía a varios pasos.

No tocó a Erik.

No se interpuso.

Solo observó.

Erik bajó la mano.

—¿De verdad vas a tirar a tu familia por un hombre que conociste hoy?

Marta miró a Caleb.

Después volvió a su hermano.

—No me voy por él.

Aquello sorprendió a los dos.

—Me voy porque acabo de descubrir qué ocurre cuando intento elegir algo para mí.

Erik palideció.

Marta subió a su habitación.

Metió dos vestidos, una manta, el retrato de sus padres y algunas pertenencias dentro de un baúl pequeño.

Cuando regresó, Caleb seguía allí.

—¿Dónde piensa dormir esta noche? —preguntó él.

Marta lo miró con desconfianza.

—No en su cama, si eso es lo que está insinuando.

Caleb casi se atragantó.

—Pensaba en la pensión.

Marta sintió calor en las mejillas.

—Bien.

—Puedo pagar...

—No.

—No había terminado.

—No importa.

Caleb inclinó la cabeza.

—Entendido.

Marta llevó su baúl a la pensión con sus propios nueve dólares recuperados.

Caleb permaneció en Red Creek dos días más.

No volvió a proponerle matrimonio.

Compró sal.

Café.

Plomo.

Mantas.

Y las tres mulas por los cuarenta y cinco dólares que Marta había negociado.

Erik tuvo que aceptar el precio delante de ella.

La segunda tarde, Caleb encontró a Marta frente a la pensión.

—Mañana regreso a las montañas.

Ella asintió.

—Buen viaje.

—Mi propuesta sigue en pie.

Marta cruzó los brazos.

—¿Por qué necesita esposa?

Caleb tardó en responder.

—Porque el invierno pasado me rompí dos dedos y tardé tres días en poder sujetarlos bien.

—Eso suena como si necesitara un ayudante.

—También.

Marta levantó una ceja.

—Sigue empeorando.

Caleb suspiró.

—No sé hablar de esto.

—Eso ya lo había notado.

Él la miró directamente.

—Vivo lejos. Trabajo duro. Paso meses aislado. No quiero llevar arriba a una mujer que odie todo eso y dependa de mí para cada cosa.

—Entonces quiere una trabajadora.

—Quiero una compañera.

La palabra fue distinta.

Marta esperó.

—Y si algún día llegamos a querernos, mejor.

—Muy romántico.

—Estoy haciendo lo posible.

Ella casi sonrió.

Caleb continuó:

—No necesito una respuesta esta noche.

—¿Cuándo la necesita?

—Antes de marcharme mañana.

Marta miró las montañas.

Podía quedarse en Red Creek.

Buscar trabajo.

Alquilar una habitación.

Demostrar que podía vivir sin Erik.

También podía subir a aquellas montañas con un hombre al que apenas conocía.

Ninguna opción estaba libre de miedo.

—Si aceptara —dijo—, habría condiciones.

Caleb no dudó.

—Dígalas.

—Mis ahorros son míos.

—Sí.

—Mi trabajo tiene valor.

—Sí.

—No soy una criada.

—No quiero una.

—Y si cree que por casarse conmigo podrá decidir todo...

Caleb negó.

—Entonces no debería casarse conmigo.

Marta lo miró.

Aquella noche casi no durmió.

Al amanecer salió de la pensión con su baúl.

Caleb esperaba junto a las tres mulas.

No preguntó nada.

Marta dejó el baúl en el suelo.

—Antes de ir a la iglesia quiero otra cosa.

—¿Qué?

—Un acuerdo escrito.

Caleb parpadeó.

—¿Sobre qué?

Marta sostuvo su mirada.

—Sobre la clase de esposa que no pienso ser.

Caleb no se ofendió.

—Vamos a escribirlo.

Aquella respuesta hizo que Marta desconfiara todavía más.

—¿Así de fácil?

—No veo por qué debería ser difícil.

—Porque los hombres de este pueblo llevan toda mi vida diciéndome que una esposa pertenece a la casa de su marido.

Caleb miró las tres mulas.

—En mi montaña, si algo “pertenece” a alguien, normalmente es porque tiene una marca de hierro.

Volvió a mirarla.

—No pienso marcarla.

Marta soltó una risa que no pudo contener.

Fue la primera vez que Caleb la escuchó reír de verdad.

En la oficina del juez local escribieron un acuerdo sencillo.

Las pertenencias personales de Marta seguirían siendo suyas.

El dinero que ganara directamente sería suyo.

Caleb no asumiría autoridad sobre cualquier propiedad que ella adquiriera por su cuenta.

Y Marta no sería responsable de deudas anteriores de Caleb que no conociera.

El juez leyó cada punto.

—¿Algo más?

Marta miró a Caleb.

—Sí.

—¿Qué?

—No abandonaré una conversación porque él diga que ya decidió.

El juez levantó la vista.

Caleb cruzó los brazos.

—¿Eso se puede escribir legalmente?

—Probablemente no.

Marta sostuvo la mirada de Caleb.

—Entonces recuérdelo.

—Lo recordaré.

Se casaron aquella misma mañana.

La noticia corrió antes de que terminaran de cargar las mulas.

Cuando salieron hacia la calle, había gente en los porches.

Marta escuchó las risas.

—El Oso va a necesitar una casa más grande.

—Al menos ella no se congelará. Tiene bastante para mantenerse caliente.

—¿Cuánto tardará en devolverla?

Marta sintió cada frase.

Durante años habría bajado la cabeza.

Aquella vez siguió caminando.

Caleb iba a su lado.

No delante.

No detrás.

Al llegar al establo, Erik apareció en la puerta.

—Así que lo hiciste.

Marta se detuvo.

—Sí.

Su hermano miró a Caleb.

—Espero que sepa lo que se lleva.

Caleb abrió la boca.

Marta levantó una mano.

—Déjamelo a mí.

Él cerró la boca.

Marta miró a Erik.

—Se lleva a la mujer que mantuvo tu establo funcionando mientras tú bebías.

Algunos hombres dejaron de reír.

—Se lleva a la mujer que te vendió esas tres mulas porque tú no podías distinguir un casco mal recortado de una pata enferma.

Erik se puso rojo.