EL VAQUERO GIGANTE LE DIJO: “ANTES DEL INVIERNO QUIERO FORMAR UNA FAMILIA CONTIGO”… PERO LA VIUDA QUE TODOS HUMILLABAN ESCONDÍA UNA VERDAD QUE PODÍA HACERLO CAMBIAR DE OPINIÓN
PARTE 1
El hacha ya estaba resbaladiza por la sangre de sus propias manos cuando Clara Vance escuchó los cascos.
Había partido leña desde antes del amanecer porque, si se quedaba sin madera durante el invierno, nadie vendría a salvarla.
Por eso no esperaba visitas.
Mucho menos al hombre más grande que había visto en su vida.
El desconocido detuvo un enorme semental frente al cobertizo. Tenía hombros anchos, un abrigo oscuro cubierto de polvo y unos ojos claros que fueron directamente a las vendas manchadas alrededor de las manos de Clara.
No preguntó si necesitaba ayuda.
Se quitó el sombrero.
—Antes de que llegue el próximo invierno, quiero haber formado una familia contigo.
Clara apretó el mango del hacha.
—¿Perdón?
El hombre descendió del caballo.
Era tan alto que incluso de pie parecía ocupar demasiado espacio para aquel pequeño rancho.
Pero Clara no retrocedió.
Había enterrado a un marido en Raven Pass.
Había sobrevivido dos inviernos sola.
No permitiría que un desconocido llegara hablando como si pudiera reclamarla igual que una parcela de tierra.
—Está en la propiedad equivocada —dijo.
—No lo creo.
Su voz era profunda y tranquila.
—Busco a la viuda de Jonah Vance.
Clara sintió un escalofrío.
—Ya la encontró.
—Y está sangrando.
Él señaló sus manos.
Clara miró las vendas.
La sangre había atravesado la tela y manchaba el delantal.
Ni siquiera había sentido que las heridas se abrieran otra vez.
Eso le ocurría últimamente.
Cuando una mujer pasaba suficiente tiempo soportando frío, hambre y cansancio, el dolor dejaba de pedir permiso.
Clara dejó el hacha sobre el tronco.
No porque tuviera miedo.
Porque sus manos empezaban a temblar.
—¿Quién es usted?
—Gideon Stone.
Ahora sí lo reconoció.
Aunque nunca lo había visto de cerca.
Todo Raven Pass conocía historias sobre Gideon Stone.
Lo llamaban La Montaña.
Decían que podía levantar una cría de res él solo.
Que había cruzado cincuenta millas durante una tormenta para llevar medicinas a un niño enfermo.
Que hasta los caballos difíciles se calmaban cuando él les hablaba.
También decían que poseía tierras al norte del paso, ganado, bosques y suficientes derechos de agua para no preocuparse por una mala temporada.
Lo que nadie había mencionado era la forma en que miraba a Clara.
No había desprecio.
Ni burla.
Ni aquella rápida evaluación que ella conocía demasiado bien.
Clara había sido “la muchacha grande” desde que podía recordar.
Caderas anchas.
Brazos gruesos.
Un vientre blando que ningún vestido lograba disimular.
En el pueblo algunas mujeres la habían llamado demasiado grande para verse bonita de blanco.
Algunos hombres habían dicho que ningún marido podría cargarla al cruzar el umbral.
Incluso después de casarse con Jonah, hubo quienes comentaron que él debía haber estado desesperado.
Clara había aprendido a fingir que no escuchaba.
Pero siempre escuchaba.
—¿Qué quiere, señor Stone?
Gideon giró el sombrero entre sus enormes manos.
Entonces Clara notó algo inesperado.
Estaba nervioso.
—La he observado durante algún tiempo.
Los ojos de Clara se endurecieron.
—Eso no suena tranquilizador.
—No de esa manera.
Gideon bajó ligeramente la mirada.
—La he visto mantener este lugar en pie.
Clara no respondió.
—Dos años sola —continuó él—. Reparó el gallinero. Levantó la cerca del lado oeste. Salvó cuatro terneros durante aquella tormenta de febrero. Y todavía corta su propia leña.
Clara miró el hacha.
—No tengo demasiadas alternativas.
—Exactamente.
Aquella respuesta la desconcertó.
Gideon dio un paso, pero se detuvo a una distancia prudente.
—Enterró a su marido y siguió adelante. Hay hombres fuertes que no habrían hecho la mitad.
La garganta de Clara se cerró.
Prefería los insultos.
Sabía defenderse de ellos.
La bondad era más peligrosa.
—La fuerza no arregla un techo que pierde agua —dijo—. Tampoco llena una despensa.
—No.
Gideon miró la casa.
Las tablas del porche estaban vencidas.
Una ventana tenía una grieta cubierta con tela.
El establo necesitaba reparaciones antes de las primeras nevadas.
—Pero sin fuerza no se construye nada de lo demás.
Clara cruzó los brazos.
—¿Vino hasta aquí solamente para decirme que trabajo demasiado?
—Vine a hacerle una propuesta.
—Ya escuché una bastante extraña.
Gideon respiró lentamente.
—Matrimonio.
Clara soltó una carcajada seca.
No porque fuera gracioso.
Porque no sabía qué otra cosa hacer.
—Señor Stone, mi marido está enterrado detrás de la iglesia.
—Lo sé.
—Entonces también debería saber que no estoy buscando otro.
—No le estoy pidiendo que olvide a Jonah.
La risa desapareció.
Gideon continuó:
—Tampoco le estoy pidiendo que finja quererme.
—Qué romántico.
Él aceptó el golpe sin molestarse.
—Prefiero ser claro.
Clara lo estudió.
—Entonces sea claro.
Gideon levantó el rostro.
—Quiero una familia.
El silencio cayó entre ellos.
—Tengo tierra. Tengo ganado. Tengo una casa demasiado grande para un hombre solo.
Clara permaneció inmóvil.
—Puedo darle seguridad. Usted puede seguir siendo dueña de esta propiedad si así lo desea. No quiero comprarla.
—¿Y qué espera recibir?
—Una esposa que no huya en cuanto llegue la primera tormenta.
—Eso no es lo mismo que una familia.
—No.
Gideon sostuvo su mirada.
—Quiero hijos algún día.
Clara sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
Él no parecía notar todavía su reacción.
—No quiero morir y dejar únicamente historias sobre el hombre enorme que vivía en las montañas —continuó—. Quiero una mesa con más de un plato. Quiero ruido en mi casa. Quiero algo que permanezca cuando yo ya no esté.
Clara miró hacia el campo.
—Puede elegir a cualquier mujer.
—No quiero cualquiera.
Ella soltó una risa amarga.
—Eso dicen los hombres hasta que miran bien.
Gideon frunció el ceño.
—Ya la estoy mirando.
Clara sintió calor en el rostro.
—En el pueblo se burlan de mujeres como yo.
—En el pueblo se burlan de cualquiera que les dé una razón para sentirse mejores.
—No sabe lo que dicen.
—Sí lo sé.
Clara volvió los ojos hacia él.
Gideon no apartó la mirada.
—Dicen que es demasiado grande. Que ningún hombre la elegiría si tuviera opciones.
Clara sintió la vieja humillación regresar.
—Entonces ¿por qué está aquí?
Gideon respondió sin vacilar.
—Porque cuando la veo partir madera con las manos abiertas por el frío, no veo a una mujer gorda.
Clara quedó completamente inmóvil.
—Veo a una mujer que no se rinde.
La voz de Gideon bajó.
—Y eso vale más para mí que todas las cinturas estrechas y las caras bonitas del territorio.
Por primera vez en años, Clara no deseó hacerse más pequeña.
No cruzó los brazos sobre el vientre.
No bajó la cabeza.
Simplemente permaneció allí.
Ocupando el espacio que siempre había ocupado.