Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Previous
Next

Gideon colocó nuevamente el sombrero.

—No tiene que responder hoy.

—¿Y si digo que no?

—Me iré.

—¿Sin insistir?

—Sin insistir.

Aquello la sorprendió casi tanto como la propuesta.

Gideon se acercó al caballo.

—Pero piense en ello.

Clara observó cómo recogía las riendas.

—Señor Stone.

Él se volvió.

—¿Por qué yo?

Gideon sonrió apenas.

—Porque sobrevivir al invierno no es lo mismo que tener una vida. Y sospecho que usted merece algo más que sobrevivir.

Después montó.

Clara lo vio alejarse por el camino hasta que el caballo desapareció detrás de los árboles.

Solo entonces llevó una mano al cuello.

Debajo del vestido colgaba el anillo de Jonah.

Lo sostuvo entre los dedos.

Gideon creía que ella no se había vuelto a casar porque todavía amaba demasiado a su esposo muerto.

No era toda la verdad.

Había otra razón.

Una que Clara jamás había contado a nadie.

Una verdad relacionada con Jonah, con el matrimonio y con aquello que Gideon acababa de decir que deseaba más que cualquier riqueza.

Una familia.

Clara cerró los ojos.

—¿Qué hago, Jonah?

El viento se llevó la pregunta sobre los campos.

Y por primera vez desde que había quedado viuda, el invierno que se acercaba no le pareció únicamente una amenaza.

Le pareció una elección.

PARTE 2

Clara permaneció junto al tronco hasta que Gideon desapareció del camino.

Después entró en la casa y cerró la puerta.

Sacó el anillo de Jonah de debajo del vestido.

—No puedo prometerle lo que quiere.

La verdad no era que hubiera dejado de amar a su marido.

Durante su matrimonio, Clara había quedado embarazada tres veces.

Las tres terminaron demasiado pronto.

La última pérdida casi le costó la vida.

El médico de Raven Pass había sido claro: otro embarazo podía ser peligroso.

Jonah y Clara nunca hablaron de aquello fuera de casa.

El pueblo simplemente decidió que la mujer grande, aquella que todos aseguraban que estaba “hecha para tener hijos”, debía ser la culpable de que el matrimonio permaneciera vacío.

Clara permitió que hablaran.

Era más fácil que explicar el dolor.

A la mañana siguiente oyó nuevamente el caballo de Gideon.

Él había regresado con vendas limpias y ungüento para sus manos.

—No vine por una respuesta.

Clara abrió la puerta.

—Pues va a recibirla.

Le contó todo.

Gideon no interrumpió.

Cuando terminó, Clara levantó la barbilla.

—Usted quiere hijos. Yo quizá nunca pueda dárselos.

Esperó ver decepción.

Gideon bajó lentamente la mirada.

—Entonces ayer le hice una propuesta mucho más cruel de lo que entendía.

PARTE 3

Clara frunció el ceño.

—¿Cruel?

Gideon dejó las vendas sobre la mesa del porche.

—Llegué aquí diciendo que podía darle seguridad y que usted podía darme una familia.

—Eso fue exactamente lo que dijo.

—Como si una cosa pudiera pagarse con la otra.

Clara guardó silencio.

—No era mi intención —continuó él—, pero la intención no cambia las palabras.

Aquello la desconcertó más que cualquier defensa.

Estaba acostumbrada a hombres que explicaban por qué sus insultos no debían doler.

No a uno que aceptaba haber hecho daño sin pedir inmediatamente que lo perdonaran.

—¿Entonces retira la propuesta?

Gideon tardó unos segundos.

—Retiro las condiciones.

—No entiendo.

—Ayer pensé que sabía lo que estaba buscando.

Él miró el hacha, la casa, las tablas torcidas del porche.

—Quería esposa. Hijos. Una casa llena. Lo había ordenado todo en mi cabeza como si estuviera comprando ganado para completar un rebaño.

Clara casi sonrió.

—Eso sigue sin sonar romántico.

—Estoy empeorando.

—Bastante.

Gideon respiró.

—Lo que intento decir es que no vine porque crea que sus caderas prometen niños.

Clara alzó una ceja.

—Más le vale.

—Vine porque llevo casi un año viéndola hacer sola el trabajo de tres personas y nunca escucharla pedir que alguien venga a rescatarla.

—Eso tampoco significa que quiera casarme.

—Lo sé.

Gideon señaló sus manos vendadas.

—¿Puedo verlas?

Clara dudó.

Después extendió una.

Él no la agarró inmediatamente.

Esperó.

Cuando ella asintió, Gideon desató con cuidado el trapo manchado.

Las grietas en las palmas eran profundas.

—Necesita dejar el hacha unos días.

—Necesito leña.

—Tiene cuarenta cuerdas cortadas.

—Y un invierno entero por delante.

Gideon aplicó el ungüento.

—Entonces voy a hacerle otra oferta.

Clara soltó un suspiro.

—¿Otra propuesta de matrimonio antes del desayuno?

—No.

Terminó de vendar una mano.

—Déjeme cortejarla.

Clara lo miró.

—¿Con qué propósito?

—Descubrir si nos soportamos cuando no estamos negociando un matrimonio.

Eso sí la hizo sonreír.

—¿Y los hijos?

La sonrisa de Gideon desapareció.

—No serán una condición.

—Eso es fácil decirlo ahora.

—Entonces no me crea todavía.

Le vendó la segunda mano.

—Míreme hacerlo.

Durante las semanas siguientes, Gideon no volvió a mencionar el matrimonio.

Aparecía dos veces por semana.

Nunca entraba sin permiso.

Nunca tomaba el hacha de Clara sin preguntarle.

La primera vez que encontró una gotera en el techo dijo:

—Puedo arreglarla.

Clara respondió:

—Puedo hacerlo yo.

—No dije que no pudiera.

Aquella frase la hizo detenerse.

No había compasión en su voz.

Solo una oferta.

—Entonces sostenga la escalera.

Trabajaron juntos.

Clara subió.

Gideon sostuvo.

Cuando terminaron, él no comentó que habría sido más sencillo hacerlo todo él mismo.

Eso también importaba.

Pero la realidad seguía allí.

El invierno se acercaba.

La despensa estaba escasa.

Clara tenía leña suficiente para sobrevivir, pero muy poco dinero para harina, sal, café y pienso.

Una tarde Gideon colocó veinte dólares sobre la mesa.

Clara los miró.

—Guárdelos.

—No son un regalo.

—Entonces ¿qué son?

—Necesito a alguien que revise las cuentas de mi rancho.

Ella soltó una risa.

—¿Y casualmente paga veinte dólares?

—Por dos meses de trabajo.

Clara estrechó los ojos.

—¿Sabe que sé llevar cuentas?

—Jonah decía que usted llevaba las de aquí.

Ella se puso rígida al escuchar el nombre.

Gideon lo notó.

—Si no quiere hacerlo, retiro la oferta.

Clara tomó una de las monedas.

—¿Cuánto pagaría a un hombre?

—Lo mismo.

—¿Puede demostrarlo?

Gideon sonrió.

—Tengo un libro de cuentas lleno de errores. Si logra entenderlo, podrá cobrarme más.

Clara aceptó.

No por él.

Por sí misma.

Comenzó a ir una vez por semana al rancho Stone.

La casa era grande.

Demasiado grande.

Tres habitaciones permanecían cerradas.

La mesa podía sentar a ocho personas, pero solo había un plato usado.

Clara comprendió entonces que Gideon no había mentido.

Su soledad también tenía paredes.

Una tarde, mientras revisaba cifras, él dejó café junto a su codo.

—¿Por qué nunca se casó antes?

Gideon se apoyó contra la pared.

—Porque todas las veces que pensé que estaba listo, descubrí que en realidad solo estaba cansado de estar solo.

Clara levantó la mirada.

—¿Y conmigo es diferente?

—Sí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si usted dice que no, prefiero seguir solo que convencerla de decir sí por miedo al invierno.