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No apareció cada día para pedir una respuesta.

No envió regalos.

No hizo que otros preguntaran por ella.

Durante siete días completos no fue a su rancho.

Al octavo, Clara comenzó a enfadarse.

Al noveno comprendió lo absurdo.

Ella misma le había pedido espacio.

Y ahora una parte de ella esperaba que él ignorara ese límite para demostrar interés.

Aquello le hizo reconocer una verdad incómoda.

Había pasado tanto tiempo esperando que los hombres no respetaran un no, que cuando uno lo hacía parecía abandono.

El décimo día, Clara ensilló su yegua.

Cabalgó hasta el rancho Stone.

Encontró a Gideon en el establo colocando herraduras nuevas a su enorme semental.

Él levantó la cabeza.

—Señora Vance.

—¿Eso es todo?

Gideon miró alrededor.

—Buenos días.

—Gideon.

Él dejó la herramienta.

—Me pidió tiempo.

—Lo sé.

—Estoy intentando no hacerlo mal.

Clara cruzó los brazos.

—Resulta irritante.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—¿Respetarla?

—A veces.

—Puedo intentar ser más desagradable.

—No se esfuerce. Ya tuvo un buen comienzo el primer día.

Gideon rio.

Clara también.

Después el silencio regresó.

Ella caminó hasta el semental y acarició su cuello.

—He estado pensando en lo que dijo.

—He dicho demasiadas cosas.

—En que no quiere que acepte porque necesito sobrevivir.

—Sí.

Clara respiró.

—La despensa está llena.

—Lo sé.

—El techo aguanta.

—Lo comprobé desde el camino.

—Tengo dinero guardado.

—Me alegro.

Ella se volvió.

—Puedo llegar a primavera sin usted.

Gideon sostuvo su mirada.

—Sí.

—Y todavía quiero estar aquí.

Él dejó de respirar por un instante.

Clara sintió miedo.

No el miedo desesperado que había sentido cuando Jonah murió.

Era otro.

El miedo de tener algo que podía perder.

—No prometo darle hijos.

—No se los he pedido.

—No prometo dejar de extrañar a Jonah.

—No quiero que lo haga.

—No voy a vender mi tierra.

—Sería una estupidez.

Clara levantó una ceja.

—Cuidado.

—Retiro “estupidez”.

—Demasiado tarde.

Gideon sonrió.

Ella continuó:

—Y cuando tenga una opinión sobre mi cuerpo…

La sonrisa desapareció.

—No volveré a usarlo para medir lo que vale.

Clara estudió su rostro.

—Entonces tengo una pregunta.

—Pregunte.

—¿Todavía quiere casarse conmigo?

Gideon respondió sin vacilar.

—Sí.

—¿Aunque nuestra familia termine siendo usted y yo?

Él se acercó lentamente.

—Clara, dos personas que se eligen también son una familia.

Ella sintió que algo en su interior, endurecido durante años, finalmente cedía.

No la culpa por Jonah.

No el recuerdo de los hijos que perdió.

Eso seguiría existiendo.

Lo que desapareció fue la idea de que todo aquello la hacía defectuosa.

Gideon extendió una mano.

No la tomó.

Esperó.

Clara miró aquella mano enorme.

Después colocó la suya sobre ella.

—Entonces sí.

Gideon cerró los dedos con cuidado.

—¿Sí qué?

Clara lo miró con incredulidad.

—No arruine el momento.

—Quiero estar seguro.

Ella dio un paso más cerca.

—Sí, Gideon Stone. Me casaré con usted.

Él exhaló como un hombre que acababa de descubrir que llevaba semanas conteniendo el aire.

Pero no la abrazó inmediatamente.

—¿Puedo?

Clara rio.

—Ahora sí puede dejar de preguntar una vez.

Gideon la rodeó con los brazos.

Clara había escuchado toda su vida que era demasiado pesada para que un hombre la levantara.

Gideon ni siquiera lo intentó.

Solo la sostuvo.

Con los pies firmes sobre el suelo.

Como si nunca hubiera necesitado ser levantada para sentirse amada.

Cuando se separaron, Clara vio algo junto a la puerta del establo.

El hacha.

La misma que Gideon había afilado semanas atrás después de pedir permiso.

Clara sonrió.

—Tengo otra condición.

Gideon cerró los ojos.

—Claro que sí.

—Mañana viene a ayudarme con la leña.

—Pensé que ya tenía suficiente.

—Ahora somos dos.

Se casaron en Raven Pass después de Navidad.

No hubo una ceremonia grande.

Clara no quería convertirse en espectáculo para el mismo pueblo que llevaba años utilizando su cuerpo como entretenimiento.

Mae, la mujer que había cosido su vestido de boda, preguntó:

—¿Blanco?

Clara miró la tela.

Durante años había escuchado que una mujer de su tamaño no debería vestir colores claros.

Que debía esconderse detrás de tonos oscuros.

—Blanco —respondió.

El vestido no intentó hacerla parecer más delgada.

No apretaba su cintura hasta impedirle respirar.

No ocultaba sus brazos.

Cuando Clara entró en la pequeña iglesia, varias personas se volvieron.

Por primera vez no intentó imaginar qué estaban pensando.

Gideon estaba esperando.

El hombre más grande del territorio parecía más nervioso que ella.

Cuando Clara llegó a su lado, murmuró:

—Está temblando.

—Hace frío.

—Estamos dentro de una iglesia.

—Entonces estoy enfermo.

Clara sonrió.

—Cobarde.

—Probablemente.

Después pronunciaron sus votos.

No hubo promesa de hijos.

No hubo promesa de que Clara abandonaría el Rancho Vance.

No hubo palabras sobre obediencia que Gideon pudiera interpretar como autoridad absoluta sobre ella.

Prometieron algo más sencillo.

Compartir.

Escuchar.

Elegirse mientras siguieran siendo capaces de hacerlo libremente.

Después de la boda, Clara no vendió su tierra.

Durante el primer año dividieron el tiempo entre ambas propiedades.

En primavera decidieron vivir principalmente en la casa grande de Gideon porque estaba mejor preparada para el ganado y los inviernos duros.

Pero el Rancho Vance siguió perteneciendo a Clara.

Usaron sus bosques con cuidado.

Repararon el establo.

Alquilaron parte del pastizal.

El dinero entraba en una cuenta que llevaba su nombre.

Gideon jamás volvió a llamarlo “nuestro” sin preguntarle primero.

Con el tiempo, Clara comenzó a hacerlo ella misma.

No porque la ley hubiera cambiado.

Porque su miedo sí.

El pueblo también cambió, aunque más lentamente.

Algunas personas dejaron de hacer comentarios cuando descubrieron que Clara respondía.

Otras continuaron.

Una tarde, meses después de la boda, una mujer en el almacén observó a Clara comprar harina.

—Parece que el matrimonio le sienta bien.

Clara supo exactamente qué significaba aquella mirada recorriendo su cuerpo.

—También el pan.

La mujer se quedó callada.

Clara pagó y salió.

No necesitaba ganar cada discusión.

Solo dejar de permitir que las palabras de otros se convirtieran en la voz dentro de su cabeza.

Gideon tampoco dejó de querer hijos de un día para otro.

Hubo ocasiones en que Clara lo veía observando a familias en el pueblo.

Nunca fingió no sentirlo.

Una noche ella preguntó:

—¿Se arrepiente?

Gideon estaba reparando una silla.

Dejó la herramienta.

—¿De casarme?

—De elegir una vida donde quizá nunca sea padre.

Él pensó antes de responder.

—A veces extraño algo que nunca tuve.

La sinceridad dolió.

Pero era mejor que una mentira.

—¿Y eso qué significa para nosotros?

—Que puedo sentir tristeza por una posibilidad y seguir agradecido por la vida que tengo.

Gideon tomó su mano.

—Las dos cosas caben en la misma persona.

Clara entendió.

Ella también seguía extrañando a Jonah.

También seguía pensando en los embarazos que no llegaron a convertirse en hijos.

Y ninguna de aquellas tristezas significaba que amara menos al hombre sentado frente a ella.