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Clara dejó la pluma.

Aquella frase se quedó con ella durante todo el camino de regreso.

Dos días después fue a Raven Pass para vender parte de la leña que había cortado.

En el almacén, dos mujeres la reconocieron.

Una observó sus brazos gruesos.

—Dicen que La Montaña está visitando mucho su propiedad.

Clara siguió contando monedas.

—La gente dice muchas cosas.

—Supongo que un hombre tan grande necesita una esposa resistente.

La otra rio.

—O una desesperada.

Antes, Clara habría fingido no escuchar.

Aquella vez se volvió.

—¿Terminaron?

Las dos mujeres dejaron de sonreír.

—Solo bromeábamos.

—Entonces busquen una broma que no necesite mi cuerpo para ser graciosa.

Pagó la harina.

Recogió el saco.

Y salió.

Gideon estaba junto a su caballo al otro lado de la calle.

Había oído suficiente.

Clara esperó que dijera algo.

No lo hizo.

Cuando ella se acercó, preguntó:

—¿Quiere ayuda con el saco?

Clara lo miró.

—Sí.

Gideon lo tomó.

Nada más.

Esa noche, mientras regresaban, Clara comprendió algo que la asustó más que las burlas.

Empezaba a creer que tal vez aquel hombre realmente podía verla sin intentar convertirla en otra persona.

Y creerlo significaba darle la posibilidad de volver a herirla.

Al comenzar noviembre, Clara había ganado suficiente dinero con las cuentas de Gideon y la venta de leña para llenar su despensa.

No era riqueza.

Pero podía comprar harina.

Sal.

Grano para las gallinas.

Aceite para las lámparas.

Y todavía guardó doce dólares dentro de una lata bajo su cama.

La primera noche que contó aquel dinero, sintió algo que no esperaba.

Alivio.

Si rechazaba a Gideon, no moriría de hambre.

Si aceptaba, no tendría que hacerlo porque el invierno la hubiera obligado.

A la mañana siguiente cabalgó hasta el rancho Stone.

Gideon estaba reparando una puerta del corral.

—Necesito hablar con usted.

Dejó el martillo inmediatamente.

—Eso suena grave.

—Lo es.

Clara bajó del caballo.

—Puedo pasar el invierno sola.

Gideon la miró como si esperara el resto.

—Vendí diecisiete cuerdas de leña. Cobré lo que me debe por sus libros. Tengo comida hasta marzo si administro bien.

—Me alegro.

Clara frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperaba?

—No sé.

Gideon pensó.

—¿Que me molestara porque ya no me necesita?

Clara no respondió.

Él se acercó hasta quedar a una distancia prudente.

—Clara, llevo semanas esperando que llegue este momento.

—¿Por qué?

—Porque si algún día me dice que sí, quiero saber que podía decir que no.

Las palabras le quitaron el aire.

Gideon recogió el martillo.

—Ahora ya puede.

Clara lo siguió con la mirada.

—No he terminado.

Él volvió a dejarlo.

—Estoy teniendo una mañana terrible con este martillo.

Clara no pudo evitar sonreír.

Después volvió a ponerse seria.

—Si algún día aceptara casarme con usted, habría condiciones.

Gideon cruzó los brazos.

—Dígalas.

—Mi propiedad seguirá siendo mía.

—Sí.

—Las decisiones sobre ella serán mías.

—Sí.

—No decidirá qué trabajo puedo hacer solamente porque soy su esposa.

Gideon abrió la boca.

Clara levantó un dedo.

—Puede preocuparse. Puede opinar. Pero no dar órdenes.

Él cerró la boca.

—Entendido.

—Y no habrá promesa de hijos.

Aquello cambió su expresión.

No por decepción.

Por atención.

Clara continuó:

—No sé si puedo tenerlos. Ni siquiera sé si sería seguro intentarlo. No quiero pasar cada mes de nuestro matrimonio preguntándome si me mira pensando que lo engañé.

Gideon permaneció en silencio durante varios segundos.

—¿Puedo decir algo ahora?

—Sí.

—Quiero hijos.

Clara sintió el viejo dolor.

Él no suavizó la verdad.

—Siempre los he querido.

—Entonces ahí está el problema.

—No he terminado.

Ella esperó.

—Quería hijos antes de conocerla. También quería una casa llena, una esposa y una mesa ruidosa. Todo estaba muy claro porque ninguna de esas personas tenía rostro.

Gideon se acercó un paso.

—Ahora usted sí tiene rostro.

Clara tragó saliva.

—Eso no borra lo que desea.

—No. Pero cambia lo que estoy dispuesto a perder para conseguirlo.

—¿Qué significa?

—Que no voy a cambiar a la mujer que quiero por unos hijos que todavía no existen.

Clara apartó la mirada.

—Puede arrepentirse.

—También usted.

—No es lo mismo.

—Claro que sí. Casarse siempre significa elegir una vida y renunciar a otras.

Aquella respuesta no era perfecta.

Por eso Clara le creyó.

No prometía que nunca sentiría tristeza.

No fingía que su deseo había desaparecido.

Solo decía que él era responsable de su elección.

—Todavía no he dicho que sí —murmuró ella.

—Lo sé.

—Bien.

Gideon recogió el martillo otra vez.

—¿Ahora sí puedo trabajar?

—Puede.

Dos semanas después llegó la primera gran tormenta.

El viento arrancó varias tejas de la casa de Clara.

Cuando Gideon apareció al amanecer, la encontró sobre una escalera, colocando una lona.

—Va a matarse.

Clara miró hacia abajo.

—Esa frase parece una orden.

Gideon respiró hondo.

—¿Quiere que sostenga la escalera?

—Sí.

El viento empeoró.

Trabajaron casi una hora.

Cuando Clara finalmente bajó, ambos estaban cubiertos de nieve.

Entraron.

Gideon encendió el fogón mientras ella preparaba café.

Por un momento, la casa estuvo en silencio.

Después Clara vio que él miraba el pequeño anillo de Jonah colgado sobre su pecho.

—Puede preguntar.

Gideon negó.

—No necesito competir con un muerto.

Clara tocó el anillo.

—Lo amé.

—Lo sé.

—Y todavía lo extraño algunos días.

—También lo sé.

—¿Eso no le molesta?

Gideon se quedó pensando.

—Me molestaría más que tuviera que mentirme para proteger mi orgullo.

Clara sintió que los ojos le ardían.

No lloró.

Se acercó a la ventana.

—Jonah estuvo conmigo las tres veces que perdimos a nuestros hijos.

Gideon no se movió.

—La última noche creyó que yo también iba a morir.

Clara cerró los dedos alrededor del anillo.

—Después de eso dejó de hablar de niños. Nunca me culpó.

Aquello era la parte del secreto que más le dolía.

—Pero yo sí me culpé.

Gideon permaneció detrás de ella sin tocarla.

—Cada vez que alguien en el pueblo se burlaba de mi cuerpo, pensaba lo mismo: tan grande por fuera y ni siquiera capaz de conservar una vida dentro.

Su voz se quebró por primera vez.

—Sé que no tiene sentido.

—El dolor rara vez pide permiso para tener sentido.

Clara cerró los ojos.

Entonces Gideon hizo algo que ningún hombre había hecho cuando ella hablaba mal de sí misma.

No contradijo su cuerpo.

No dijo que era hermosa.

No intentó borrar el pasado con un cumplido.

Solo preguntó:

—¿Todavía cree que tiene que castigar a la mujer que sobrevivió?

Clara volvió el rostro.

Y por primera vez comprendió que quizá el mayor obstáculo entre ella y una nueva vida no era Gideon.

Era la culpa que llevaba dos años confundiendo con lealtad.

Pasaron tres semanas antes de que Clara volviera a hablar de matrimonio.

Necesitaba tiempo.

Gideon se lo dio.