El gran salón del palacio resplandecía bajo la luz de cientos de velas. Los candelabros dorados colgaban de las bóvedas de piedra, las banderas con el león real cubrían las paredes y una orquesta tocaba una melodía alegre para celebrar el trigésimo cumpleaños del príncipe Julián.
Habían acudido nobles de todos los rincones del reino. Duques, condes, embajadores y comandantes ocupaban las largas mesas, cubiertas de frutas, carnes asadas y copas de vino. Todos querían ser vistos junto al futuro rey.
Julián observaba la celebración desde su trono dorado. Vestía una chaqueta azul oscuro bordada con hilos de oro, pero su rostro mostraba más cansancio que alegría. Desde hacía semanas sentía que algo extraño ocurría dentro del palacio.
Los guardias cambiaban de turno sin previo aviso. Algunos consejeros se reunían a escondidas. Dos mensajeros habían desaparecido camino a la frontera. Sin embargo, nadie podía demostrar que existiera una conspiración.
De pronto, la música se detuvo.
Todas las miradas se dirigieron hacia la entrada principal.
La princesa Isabella apareció bajo el arco de piedra.
No llevaba el pesado vestido ceremonial que la corte esperaba. Vestía un traje dorado de danza, bordado con pequeñas piedras brillantes y acompañado por delicadas telas transparentes que caían desde sus brazos. Su figura era abundante, muy diferente de la silueta delgada que las damas de la corte consideraban elegante.
Durante unos segundos, nadie dijo una palabra.
Isabella caminó descalza hasta el centro del salón y miró directamente a su esposo.
—Este baile es solo para ti, mi amor —dijo con una sonrisa.
La orquesta comenzó a tocar.
La princesa levantó los brazos y empezó a moverse con sorprendente seguridad. Las telas doradas giraron alrededor de su cuerpo mientras avanzaba sobre el mosaico circular del suelo. Sus pasos eran firmes, expresivos y perfectamente coordinados con la música.
Algunos invitados aplaudieron por cortesía.
Otros comenzaron a murmurar.
Cerca de la pista, lady Beatriz, vestida de azul, se inclinó hacia su amiga, lady Marcela.
—¿De verdad piensa bailar así delante de todos? —susurró.
Marcela se cubrió la boca para ocultar una carcajada.
—Tal vez crea que nadie ha visto nunca a una mujer de ciento treinta libras moverse —respondió con crueldad.
Las dos rieron.
Sus burlas se extendieron como una chispa. Varias damas intercambiaron miradas. Algunos hombres sonrieron detrás de sus copas. Otros observaban el cuerpo de Isabella con descarado desprecio.
La princesa escuchó las risas, pero continuó bailando.
Julián apretó la mandíbula.
No se avergonzaba de su esposa. La amaba por su inteligencia, su valentía y la forma en que podía descubrir una mentira antes de que el mentiroso terminara de hablar. Pero no comprendía por qué Isabella se había expuesto de aquella manera ante una corte que disfrutaba destruyendo la reputación de cualquiera que pareciera diferente.
Cuando las risas aumentaron, el príncipe bajó la cabeza y se cubrió parte del rostro con una mano.
—Isabella… ¿qué estás haciendo? —murmuró.
Ella giró sobre sí misma.
Por un instante, sus ojos se encontraron.
La sonrisa de la princesa permanecía intacta, pero su mirada había cambiado. Ya no había alegría en ella. Había urgencia.
Isabella apoyó dos dedos sobre su pecho, levantó la mano derecha y la hizo descender lentamente hacia el lado izquierdo de la sala.
Después volvió a bailar.
Julián frunció el ceño.
Conocía aquel movimiento.
Isabella lo había utilizado años atrás, cuando ambos escaparon de una emboscada cerca de la frontera. Era una señal privada que habían creado durante sus viajes: «No mires todavía. Hay peligro a tu izquierda».
El corazón del príncipe comenzó a latir con fuerza.
Sin mover la cabeza, desvió los ojos hacia ese lado del salón.
Allí se encontraban varios embajadores, un grupo de comerciantes y el duque Ramiro, consejero de confianza de su difunto padre. Ninguno parecía estar haciendo algo sospechoso.
Isabella continuó girando.
Extendió una de las telas doradas frente a ella, ocultando por un momento la mesa real. Después abrió la mano, cerró tres dedos y tocó brevemente sus labios.
Otra señal.
«No bebas».
Julián miró la copa situada junto a su trono.
El vino reflejaba la luz de los candelabros. Parecía normal. La copa había permanecido bajo la vigilancia de sus sirvientes durante toda la noche.
Entonces recordó algo.
Minutos antes de que Isabella entrara en el salón, el duque Ramiro se había acercado para brindar con él. Un invitado lo había llamado desde la otra mesa y Julián había apartado la mirada durante unos segundos.
¿Había sido suficiente tiempo?
La princesa volvió a cruzar el centro de la pista. Sonreía mientras los invitados seguían burlándose. Para ellos, solo era una mujer intentando llamar la atención. Nadie parecía darse cuenta de que cada paso señalaba una dirección y cada movimiento contenía una advertencia.
Nadie excepto Julián.
—Mírame bien, Julián —dijo Isabella suavemente al pasar frente al trono.
El príncipe retiró lentamente la mano de su rostro.
Su vergüenza desapareció.
Ahora comprendía que su esposa no había elegido aquel traje para exhibirse. Lo había hecho porque sus brazos, sus manos y cada movimiento de su cuerpo debían ser claramente visibles desde el trono.
La danza era un mensaje.
Julián observó con mayor atención.
Isabella levantó ambos brazos. Después señaló brevemente uno de los grandes estandartes con el león real y golpeó tres veces el suelo con el pie.
El príncipe sintió un escalofrío.
Tres golpes.
Tres traidores.
El estandarte señalado colgaba detrás de la mesa donde se encontraban los principales miembros del Consejo Real.
Julián miró discretamente a los consejeros.
El duque Ramiro sostenía su copa con aparente tranquilidad. A su lado, el comandante Esteban vigilaba la pista sin sonreír. El tercer asiento pertenecía al tesorero real, don Álvaro, quien no dejaba de secarse el sudor de la frente.
Tres hombres.
Tres posibles traidores.
Pero ¿cómo lo sabía Isabella?
La respuesta apareció cuando la princesa giró una vez más. Durante apenas un segundo, la tela de su brazo derecho se levantó y dejó ver una pequeña mancha oscura cerca de su muñeca.
Sangre.
Julián estuvo a punto de levantarse.
Se contuvo.
Si Isabella estaba herida y aun así continuaba bailando, era porque detener la celebración revelaría que habían descubierto el complot. Cualquier reacción precipitada podía provocar un ataque inmediato.
La princesa volvió a señalar la copa del príncipe mediante un movimiento aparentemente inocente.
Julián fingió no haber comprendido nada.
Tomó la copa.
Isabella perdió la sonrisa durante una fracción de segundo.
Los ojos del duque Ramiro se fijaron en la mano del príncipe.
Julián acercó el vino a sus labios, pero, justo antes de beber, una de las telas doradas de Isabella golpeó accidentalmente el borde de una bandeja. Varias copas cayeron al suelo.