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El estruendo sorprendió a los invitados.

Aprovechando la confusión, Julián dejó caer discretamente el contenido de su copa detrás del brazo del trono. Después simuló beber.

El duque Ramiro sonrió.

Aquella sonrisa confirmó las sospechas del príncipe.

Isabella también la vio.

La música se volvió más rápida. La princesa empezó a girar con mayor intensidad mientras se acercaba a la mesa del Consejo. Los invitados creyeron que la actuación llegaba a su momento culminante.

Lady Beatriz volvió a reír.

—Mírala. Está haciendo el ridículo.

Pero Marcela ya no respondió.

Había notado que los guardias del comandante Esteban se desplazaban lentamente hacia las puertas del salón. Uno a uno, abandonaban sus posiciones habituales y bloqueaban las salidas.

La celebración se había convertido en una trampa.

Isabella giró cerca del duque Ramiro. Fingió perder el equilibrio y apoyó una mano sobre la mesa. En ese instante, tomó un pequeño objeto que estaba oculto debajo del mantel.

Era un frasco de cristal.

El duque abrió los ojos.

La princesa lo escondió entre los pliegues de su traje antes de continuar bailando.

Ramiro miró al comandante Esteban.

Esteban llevó la mano hacia la empuñadura de su espada.

Julián comprendió que ya no quedaba tiempo.

Sin embargo, antes de que pudiera dar una orden, Isabella realizó su último movimiento. Se detuvo en el centro del salón, extendió los brazos y señaló hacia los candelabros.

Las llamas se apagaron.

El gran salón quedó casi completamente a oscuras.

Se escucharon gritos, copas rotas y el sonido de varias espadas saliendo de sus vainas. Los invitados corrieron en todas direcciones.

—¡Proteged al príncipe! —gritó alguien.

Julián reconoció la voz de Isabella, pero no podía verla.

Una figura se lanzó hacia el trono.

El príncipe se apartó justo cuando una hoja atravesó el respaldo dorado. Los guardias leales reaccionaron y derribaron al atacante.

Cuando los sirvientes encendieron de nuevo las antorchas, el comandante Esteban estaba en el suelo, inmovilizado por dos soldados. Don Álvaro intentaba escapar, pero Isabella se encontraba frente a él, sosteniendo el pequeño frasco de cristal.

El duque Ramiro había desaparecido.

—¡Cerrad las puertas! —ordenó Julián.

Los guardias obedecieron.

Todos los presentes guardaron silencio.

Isabella caminó lentamente hacia el trono. Su traje estaba rasgado cerca de la muñeca y la herida sangraba, pero mantenía la cabeza en alto.

Lady Beatriz y lady Marcela ya no reían.

Nadie lo hacía.

Julián descendió del trono y se acercó a su esposa.

—No estabas bailando —dijo, todavía conmocionado—. Me estabas avisando.

Isabella le entregó el frasco.

—Escuché a Ramiro ordenar que pusieran esto en tu copa. Me descubrieron antes de que pudiera llegar hasta ti. Los guardias de Esteban vigilaban todos los corredores. Si hubiera gritado, te habrían matado inmediatamente.

Julián miró la herida de su muñeca.

—¿Por eso entraste bailando?

—Era la única forma de acercarme sin que sospecharan. Sabía que recordarías nuestras señales.

El príncipe tomó sus manos.

A su alrededor, los nobles que se habían burlado de ella bajaron la mirada, avergonzados. La mujer a la que habían considerado un espectáculo ridículo acababa de salvar al heredero del reino delante de todos ellos.

Pero la victoria duró poco.

Un guardia apareció corriendo desde el pasillo norte.

—¡Alteza! —gritó—. El duque Ramiro ha escapado por los túneles del palacio.

Julián se volvió hacia Isabella.

—Entonces esto aún no ha terminado.

Ella contempló la copa envenenada y negó lentamente con la cabeza.

—No, Julián. Ramiro no quería matarte esta noche.

—¿Qué quieres decir?

La princesa abrió la mano. Dentro guardaba un pequeño papel que había encontrado junto al frasco. En él aparecía el sello de una persona que ninguno de los dos esperaba ver involucrada.

Isabella levantó los ojos hacia su esposo.

—El veneno no era para ti.

El príncipe palideció.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, las puertas del salón se abrieron violentamente.

Una voz anunció desde el corredor:

—¡La reina ha desaparecido!

Todos los invitados se volvieron.

Isabella apretó el mensaje entre sus dedos.

Entonces comprendió que el baile solo había sido el comienzo de una conspiración mucho más peligrosa. Y que, mientras toda la corte observaba su cuerpo y se reía de ella, el verdadero enemigo ya había conseguido entrar en el corazón de la familia real.