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Cinco jinetes avanzaban por el sendero.

Delante iba Gideon Pike.

A su lado cabalgaba el alguacil territorial de la zona.

Ethan sintió que todo encajaba.

Demasiado rápido.

Pike había llegado acompañado de una autoridad antes siquiera de que hubiera tiempo razonable para denunciar la desaparición del ganado.

Ayana también lo comprendió.

—Ya sabía dónde buscar —dijo.

Whitehawk pidió calma.

Los jinetes se detuvieron a distancia.

Gideon desmontó.

Era un hombre de unos cuarenta y cinco años, bien vestido para el camino, con botas caras y una chaqueta que apenas mostraba polvo.

Al ver a Ethan entre la gente de Whitehawk, fingió sorpresa.

—Walker.

Ethan no respondió.

Pike miró alrededor.

—Pensábamos que estaba muerto.

—¿Quiénes?

—Sus trabajadores no sabían dónde estaba. Encontramos huellas de su ganado hacia este valle.

Ethan observó al alguacil.

—¿Y por eso vino directamente aquí?

Pike abrió las manos.

—¿Dónde más iba a buscar?

Ayana dio un paso adelante.

—Las reses están fuera de la aldea.

Pike la miró.

—¿Y usted es?

—La persona que encontró sus huellas antes que usted.

El alguacil levantó una mano.

—No necesitamos problemas.

—Nosotros tampoco —dijo Whitehawk.

Pike señaló a Ethan.

—Si el ganado es suyo, que lo revise. Si falta alguno, sabremos qué ocurrió.

Ayana observó el caballo de Gideon.

Después miró al suelo.

Su rostro cambió apenas.

Ethan siguió su mirada.

La herradura trasera izquierda del caballo de Pike estaba dañada.

Faltaba una sección pequeña del borde.

Ethan dio un paso.

Ayana extendió el brazo sin mirarlo.

No todavía.

Pike vio el gesto.

—¿Qué sucede?

Ayana respondió:

—Nada que no pueda esperar unos minutos.

Pidió al alguacil que los acompañara hasta el lugar donde había aparecido el ganado.

Pike intentó intervenir.

—No hace falta perder tiempo. Está claro de dónde salieron.

Ayana lo miró.

—Entonces no tendrá motivo para temer lo que encontremos.

Aquello bastó.

El grupo avanzó hasta el cauce.

Whitehawk permaneció atrás con la mayoría de su gente.

No quería convertir una investigación en un choque de hombres armados.

En el cauce, Ayana mostró las huellas.

No hizo discursos.

Solo señaló.

—Tres caballos trajeron el ganado.

El alguacil se agachó.

—Eso parece.

—Uno llevaba una herradura dañada.

Pike soltó una risa.

—Hay cientos de caballos con herraduras rotas.

—Por eso no dijimos que fuera el suyo.

Pike dejó de sonreír.

Ayana continuó:

—La misma clase de huella apareció junto al caballo de Ethan cuando fue encontrado.

Ahora el alguacil miró a Pike.

—¿Dónde estuvo usted anoche?

—En mi campamento.

—¿Dónde?

Pike señaló vagamente hacia el oeste.

Ethan habló:

—Cerca de la elevación sobre este cauce.

Gideon se giró.

—¿Cómo lo sabe?

Ethan comprendió demasiado tarde lo que Pike acababa de preguntar.

Ayana no.

Ella lo vio inmediatamente.

—Porque estuvimos allí.

Gideon quedó en silencio.

—Lo vimos junto al fuego —continuó Ayana—. Con dos hombres.

Pike recuperó la compostura.

—Eso no prueba que moviéramos ganado.

—No.

Otra vez aquella palabra.

No.

Ayana no necesitaba exagerar.

No necesitaba acusar antes de estar segura.

Y precisamente por eso cada frase pesaba más.

El alguacil examinó las huellas.

Luego pidió ver el mapa.

Ethan se lo entregó.

Pike lo miró solo un instante.

Pero fue suficiente para que Ayana notara algo.

No sorpresa.

Reconocimiento.

—Ya había visto ese mapa —dijo ella.

—No sé de qué habla.

—No preguntó qué era.

Pike frunció el ceño.

—Es un mapa.

—Desde donde estaba no podía leerlo.

El alguacil levantó la vista.

Ethan sintió que el equilibrio empezaba a cambiar.

No porque hubieran encontrado una confesión.

Sino porque Gideon estaba reaccionando a cosas que supuestamente no conocía.

El alguacil abrió el mapa.

—Walker, ¿esta es su propiedad?

—Sí.

—¿Y esta línea?

—Pasa por mi manantial del norte y llega hasta este valle.

Pike intervino.

—Cualquier hombre que conozca la zona podría dibujarla.

Ethan lo miró.

—Usted la conoce bastante bien.

—Tengo tierras cerca.

—Y lleva dos años intentando comprar esa franja.

El alguacil volvió la mirada hacia Pike.

—¿Es cierto?

Gideon se encogió de hombros.

—He hecho ofertas. No es un delito.

—No —respondió Ethan—. Robar ganado sí.

Pike sonrió.

—Entonces demuéstrelo.

Ayana miró otra vez el mapa.

Después al ganado.

Después al caballo de Ethan.

Y finalmente entendió qué había sido aquello desde el principio.

No una invitación.

No una amenaza dirigida solamente a Ethan.

Una prueba preparada.

Una historia fabricada para que otros la encontraran.

—El mapa no era para Ethan —dijo.

Todos la miraron.

Ethan frunció el ceño.

—Estaba en mi caballo.

—Precisamente.

Ayana sostuvo el papel.

—Quien puso esto sabía que el caballo llegaría hasta nosotros. Quería que lo encontráramos.

Whitehawk, que había llegado hasta el borde del grupo, comprendió.

—Y después aparecería el ganado.

Ayana asintió.

—Con la marca de Ethan.

El alguacil empezó a ver el mismo dibujo.

Ayana continuó:

—Si nosotros hubiéramos detenido a Ethan creyendo que nos tendía una trampa, Pike tendría tiempo para mover las reses. Si alguien encontraba después el ganado aquí y este mapa entre nuestras cosas, parecería que Ethan y nosotros habíamos acordado algo.

Ethan sintió un frío distinto al de la noche.

—Y si yo no llegaba nunca a la aldea…

—El mapa seguiría aquí —dijo Ayana—. Y tus reses también.

El alguacil miró a Gideon.

—¿Qué ganaba alguien con eso?

Ethan contestó.

—Mi rancho quedaría sin ganado suficiente para pasar el verano.

Pike se burló.

—Eso es una suposición.

—Y después usted volvería a ofrecer comprarlo.

—También es una suposición.

Ayana miró a Ethan.

—El manantial.

Ethan asintió.

—La parte que siempre quiso comprar tiene el agua más constante de mi propiedad.

Whitehawk añadió:

—Y conecta con el paso que Pike estuvo preguntando durante el invierno.

Por primera vez, Gideon perdió realmente la calma.

—¿Ahora van a creer la palabra de todos ellos contra la mía?

El silencio fue inmediato.

La frase había dicho más de lo que él quería.

El alguacil endureció el rostro.

—No había mencionado creer a nadie.

Pike comprendió su error.

Demasiado tarde.

Ayana se acercó al caballo de Gideon.

No lo tocó.

Miró la herradura rota.

Después señaló el rastro.

—Podemos comparar la medida.

El alguacil llamó a uno de los hombres que lo acompañaban.

Usaron una cuerda corta para marcar el ancho y la forma de la huella.

Coincidía.

No era una prueba perfecta por sí sola.

Pero ya no estaba sola.

El caballo de Gideon había dejado un rastro compatible junto al camino por donde habían sido llevadas las reses.

Ethan y Ayana lo habían visto acampado cerca.

Gideon conocía el paso.

Había intentado comprar el terreno que controlaba el agua.

Y había reaccionado al mapa antes de poder verlo.

El alguacil se volvió hacia los dos hombres que habían llegado con Pike.