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—No llegó solo —dijo.

Whitehawk explicó que habían encontrado al animal con las riendas sujetas a un arbusto, como si alguien lo hubiera dejado allí deliberadamente. Junto a sus huellas aparecían las marcas de otro caballo: una herradura trasera estaba partida en un extremo.

Ethan sintió un escalofrío.

—Entonces alguien quería que encontraran mi caballo… y ese mapa.

Ayana levantó la vista.

—O quería que te encontráramos a ti después.

Antes de que Ethan pudiera responder, un explorador entró rápidamente en el círculo y habló con Whitehawk.

El rostro del jefe cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Ethan.

Whitehawk lo miró.

—Veintitrés reses con tu marca están entrando en nuestro valle.

Ethan palideció.

—Yo no las traje.

Ayana miró el mapa otra vez.

La ruta dibujada terminaba exactamente donde aquellas reses acababan de aparecer.

Y la fecha escrita al pie era mañana.

PARTE 3

—Nadie toca esas reses esta noche —ordenó Whitehawk.

Algunos hombres protestaron.

Ethan también.

—Son mías. Si alguien las está llevando hacia aquí, tengo que detenerlo.

Ayana se interpuso entre él y el sendero.

—Eso es exactamente lo que esperan.

Ethan la miró.

—¿Quiénes?

—Todavía no lo sabemos.

Ayana señaló el mapa.

—Pero alguien tomó tu caballo, lo dejó donde nosotros pudiéramos encontrarlo y puso esto en la silla. Ahora tus reses aparecen en nuestro valle.

Whitehawk comprendió primero.

—Quieren que parezca que Ethan sabía que vendrían.

Ayana asintió.

—O que nosotros las robamos.

El silencio volvió a extenderse.

Ethan miró hacia la oscuridad del cañón.

Si veinte o treinta de sus animales aparecían dentro de territorio usado por la comunidad de Whitehawk, cualquier ranchero que siguiera las huellas podría sacar una conclusión peligrosa.

Y alguien parecía estar contando precisamente con eso.

—Necesito verlas —dijo Ethan.

Ayana respondió:

—Yo también.

Whitehawk negó.

—Esperarán hasta que haya luz.

—Para entonces quien las trajo puede haber desaparecido —replicó Ayana.

Su padre la observó durante varios segundos.

—No irás sola.

—No pensaba hacerlo.

Miró a Ethan.

Él entendió.

Una hora después, Ayana, Ethan y dos hombres de confianza de Whitehawk avanzaban sin antorchas por un sendero estrecho.

No buscaban pelea.

Buscaban entender.

La luna iluminaba apenas las rocas.

Ayana iba delante.

Ethan descubrió pronto que ella conocía cada curva del terreno.

Se detenía donde él habría seguido.

Miraba el suelo.

Escuchaba.

Después avanzaba otra vez.

Finalmente encontraron las reses.

Estaban agrupadas en un cauce seco, inquietas pero ilesas.

Ethan reconoció su marca.

—Son del grupo que dejé en el potrero occidental.

Ayana estudió el suelo.

—¿Cuántas personas hacen falta para traerlas hasta aquí?

—Dos podrían hacerlo si saben trabajar ganado. Tres sería más fácil.

Ayana señaló unas huellas.

—Tres caballos.

Ethan se arrodilló.

Uno de los rastros era distinto.

La herradura trasera izquierda dejaba una marca incompleta.

Faltaba una pequeña sección en el borde.

La misma clase de huella que Whitehawk había descrito junto al caballo de Ethan.

—Es el mismo animal —dijo.

Ayana negó suavemente.

—No podemos saber si es el mismo caballo.

Ethan la miró, sorprendido.

—Pero…

—Podemos decir que tiene la misma herradura rota. No más.

Ethan casi sonrió.

—No le gusta afirmar algo que no puede demostrar.

—¿A usted sí?

—Cada vez menos.

Ayana se incorporó.

—Eso también explica por qué te señalé.

Incluso allí, rodeado de ganado robado y una amenaza desconocida, Ethan sintió calor en el rostro.

—No creo que sea el mejor momento para hablar de eso.

—Probablemente no.

Ayana miró las huellas que salían del cauce.

—Vamos.

Los tres rastros continuaban hacia el oeste.

No siguieron demasiado.

Ayana se detuvo en una elevación desde donde podían ver un pequeño fuego lejano.

Tres hombres descansaban junto a sus caballos.

Ethan entrecerró los ojos.

No reconoció a dos.

Al tercero sí.

Gideon Pike.

Era propietario de un rancho al oeste de las tierras de Ethan.

Tenía más ganado, más trabajadores y una reputación de hombre capaz de esperar años por una propiedad que quería.

Ethan había rechazado dos veces sus ofertas por una franja del norte de su rancho.

Ayana notó su reacción.

—Lo conoces.

—Sí.

—¿Confías en él?

Ethan tardó demasiado en responder.

—No.

Ayana volvió a mirar el campamento.

—Entonces no nos acerquemos.

Ethan quería confrontarlo.

Se notaba.

Pero recordó sus propias palabras delante de Whitehawk.

No sabía suficiente.

Todavía.

Retrocedieron sin ser vistos.

Antes del amanecer condujeron las reses fuera del cauce, pero no las llevaron directamente a la aldea.

Ayana insistió en dejarlas en una zona abierta, claramente visible desde el sendero principal.

—Si alguien viene buscando ganado robado —explicó—, lo encontrará aquí antes de poder decir que estaba escondido entre nuestras casas.

Ethan comprendió.

Ella no solamente estaba protegiendo a su gente.

Estaba protegiendo la verdad.

Cuando regresaron, Whitehawk escuchó todo.

Al mencionar el nombre de Gideon Pike, su expresión se endureció.

—Ese hombre ya ha pasado por los límites occidentales.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Cuándo?

—Dos veces este invierno.

—¿Qué quería?

—Preguntó por agua.

Aquello hizo que Ethan se quedara inmóvil.

En la franja norte de su rancho había un manantial pequeño pero constante.

No era espectacular.

Pero en aquel territorio, durante los meses secos, podía mantener vivo un rebaño.

Gideon había preguntado por esa parte de la propiedad en cada una de sus ofertas.

Ethan siempre pensó que quería ampliar sus pastos.

Ahora lo veía de otra manera.

—Mi manantial está cerca del paso occidental —dijo.

Whitehawk asintió.

—Y el paso continúa hacia este valle.

Ayana extendió nuevamente el mapa.

La línea dibujada desde el rancho de Ethan atravesaba precisamente aquella zona.

Ya no parecía una ruta cualquiera.

Era un corredor de agua y pastoreo.

—Pike quiere ese paso —dijo Ethan.

Ayana lo corrigió.

—Eso parece.

Él soltó una breve risa sin humor.

—De verdad no permite afirmar nada antes de tiempo.

—No si queremos que la verdad sobreviva mañana.

La palabra hizo que todos miraran la fecha del mapa.

Mañana.

Que ahora, con el amanecer acercándose, significaba aquel mismo día.

Whitehawk envió observadores a las crestas.

Ordenó que nadie provocara una confrontación.

Ethan quiso regresar inmediatamente a su rancho.

Ayana se opuso.

—Si Pike dejó hombres allí, llegar solo es lo que esperan.

—No puedo quedarme aquí mientras alguien mueve mi ganado.

—Tus reses están vivas y sabemos dónde están. Lo que todavía no sabemos es qué pensaban hacer después.

Ethan la miró con frustración.

—Es mi rancho.

—Y esta es mi gente.

La frase lo detuvo.

Ayana continuó:

—Si alguien está intentando enfrentar una cosa contra la otra, ninguno de los dos puede actuar como si solamente su parte importara.

Ethan bajó la mirada.

—Tiene razón.

—Lo sé.

Él la miró.

Ayana permitió una pequeña sonrisa.

—Eso también puedo afirmarlo.

Poco después del amanecer apareció polvo al oeste.