—Espera… yo te conozco.
Lucía dejó de respirar.
Alejandro giró la cabeza hacia Sofía.
Los empleados del salón dejaron de murmurar.
Durante unos segundos, el único sonido fue el zumbido suave del aire acondicionado y el roce del cabello de Lucía contra su vestido gastado.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Alejandro.
Sofía no respondió.
Seguía mirando a la joven.
No a su ropa.
No a su cabello.
A sus ojos.
Lucía dio un pequeño paso atrás.
—Yo nunca he estado aquí.
Sofía se acercó.
—¿Cómo te llamas?
Lucía dudó.
—Lucía.
La mujer rubia palideció.
—¿Lucía qué?
—Márquez.
Sofía apretó los labios.
—No.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Qué significa “no”?
Sofía levantó una mano.
—Un momento.
Miró otra vez a Lucía.
—¿Qué edad tienes?
—Veintiséis.
Aquella respuesta pareció golpearla.
Sofía retrocedió hacia el mostrador.
Abrió un cajón.
Sacó una pequeña llave.
Luego caminó hacia una puerta situada al fondo del salón.
—Ven conmigo.
Alejandro se interpuso.
—Primero explique qué está pasando.
Sofía lo miró.
—Si tengo razón, ella necesita ver algo.
Lucía sujetó nerviosamente una parte de su cabello.
—¿Qué cosa?
Sofía tardó varios segundos en contestar.
—Tu fotografía.
El salón entero quedó en silencio.
—Eso es imposible —dijo Lucía.
—Ojalá.
Sofía abrió la puerta.
Detrás había una pequeña oficina.
Las paredes estaban cubiertas de diplomas, fotografías de antiguos clientes y recortes de revistas.
Lucía entró despacio.
Alejandro permaneció a su lado.
Sofía se dirigió hacia un armario metálico.
Sacó una caja vieja.
Cubierta de polvo.
La dejó sobre una mesa.
En la tapa había una fecha escrita a mano:
2006
Lucía sintió un escalofrío.
—Yo tenía seis años.
Sofía la miró.
—Exactamente.
Abrió la caja.
Dentro había revistas, cintas, fotografías y una carpeta amarilla.
Sacó una imagen.
La puso frente a Lucía.
Una niña pequeña aparecía sentada en una silla de salón.
Cabello oscuro.
Ojos grandes.
Vestido blanco.
Lucía observó la fotografía.
—No soy yo.
Sofía señaló la ceja izquierda de la niña.
Una pequeña cicatriz.
Lucía llevó instintivamente una mano a la misma zona de su rostro.
Alejandro lo vio.
—Lucía…
Ella retrocedió.
—No.
Sofía dio la vuelta a la fotografía.
Había un nombre escrito.
Lucía Valdés. 6 años.
Lucía sintió que las piernas le fallaban.
—Mi apellido es Márquez.
—Ahora —dijo Sofía.
—Siempre.
—Eso es lo que te dijeron.
Lucía miró a Alejandro.
—¿Tú sabías esto?
—No.
—¿Entonces por qué me trajiste aquí?
Alejandro respiró profundamente.
—Porque encontré este lugar en una nota.
Sacó un pequeño papel del bolsillo interior de su chaqueta.
Lucía lo reconoció.
Había estado entre las pocas cosas que encontraron junto a ella cuando Alejandro la ayudó.
Sofía tomó el papel.
Su rostro cambió.
—Esta letra…
—¿La conoce?
—Sí.
—¿De quién es?
Sofía levantó los ojos.
—De tu madre.
Lucía retrocedió.
—Mi madre está muerta.
—¿Quién te dijo eso?
—La mujer que me crió.
Sofía cerró los ojos.
—Entonces quizá empezamos por ahí.
Lucía se sentó lentamente.
Su cabello se acumuló alrededor de la silla como una manta oscura.
Sofía la observó.
—Hace veinte años, tu madre entró en este salón contigo.
—¿Mi madre venía aquí?
—Trabajaba aquí.
Lucía levantó la cabeza.
—No.
—Era colorista.
Sofía señaló una fotografía en la pared.
Una mujer joven de cabello oscuro sonreía junto a varias empleadas.
Lucía se puso de pie.
Se acercó.
El parecido era evidente.
—¿Cómo se llamaba?
—Elena Valdés.
Lucía tocó el marco con los dedos.
Algo dentro de ella se rompió.
—Yo no recuerdo nada.
—Eras muy pequeña.
—¿Qué pasó?
Sofía miró hacia la puerta.
La cerró.
—Tu madre desapareció una noche.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Y yo?
Sofía la miró.
—Tú desapareciste con ella.
Lucía palideció.
—¿La policía buscó?
—Durante años.
—¿Y nunca nos encontraron?
—No.
Alejandro apretó la mandíbula.
—Entonces alguien cambió su identidad.
Sofía asintió.
Lucía miró su cabello.
—¿Y qué tiene que ver todo esto con él?
Sofía no respondió de inmediato.
Se acercó.
Levantó suavemente una parte del cabello sin tirar.
—¿Cuánto tiempo llevas sin cortártelo?
Lucía bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Años?
—Sí.
—¿Cuántos?
Lucía respiró con dificultad.
—Desde que era niña.
Sofía la soltó inmediatamente.
—¿Quién te lo prohibió?
Silencio.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Lucía.
Ella cerró los ojos.
—Marta.
—¿La mujer que te crió?
Lucía asintió.
—Siempre decía que mi cabello era especial.
—¿Especial cómo?
—Que nunca debía cortarlo.
Sofía y Alejandro intercambiaron una mirada.
—¿Por qué? —preguntó él.
Lucía abrió los ojos.
—Porque mi madre lo había pedido.
Sofía negó.
—Elena jamás habría dicho eso.
Lucía la miró.
—¿Cómo puede estar tan segura?
—Porque tu madre cortaba tu cabello cada mes.
Aquello dejó a Lucía inmóvil.
—No.
Sofía volvió a la caja.
Buscó entre varias fotografías.
Sacó tres.
Lucía aparecía con seis años.
En todas llevaba el cabello por los hombros.
—Entonces Marta me mintió.
—Sí.
—¿Por qué?
Sofía miró la enorme masa de cabello.
—Quizá porque ocultaba algo.
Lucía dio un paso atrás.
—¿Qué?
—No lo sé.
Alejandro se acercó al cabello.
—¿Podría haber algo dentro?
Sofía negó.
—No como un objeto normal.
Luego miró con más atención.
—Pero hay algo raro.
—¿Qué?
Sofía señaló una sección cerca de la nuca.
El cabello estaba más apelmazado.
Más oscuro.
—Esto no es natural.
Lucía llevó una mano hacia atrás.
—No lo toque.
Sofía se detuvo.
—Está bien.
Lucía respiraba cada vez más rápido.
—Marta siempre se enfadaba si alguien tocaba esta parte.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Siempre?
—Sí.
Sofía miró a Lucía.
—¿Te peinaba ella?
—Cuando era pequeña.
—¿Y después?
—Me obligaba a hacerlo sola.
—¿Nunca fuiste a otro salón?
Lucía negó.
—Nunca.
Alejandro caminó hasta la puerta.
La cerró con llave.
—Nadie entra.
Lucía lo miró.
—¿Qué haces?
—Si alguien te ha mantenido escondida durante veinte años, no quiero que sepa todavía que estamos descubriendo esto.
Sofía buscó unos guantes.
—Lucía, necesito separar esta zona del cabello.
La joven empezó a temblar.
—No.
—No voy a cortarlo.
—Marta decía que si alguien lo tocaba…
—¿Qué?
Lucía tragó saliva.
—Que mi madre moriría.
Sofía quedó inmóvil.
—Pero tú creías que tu madre ya estaba muerta.
—Sí.
—Entonces esa amenaza no tiene sentido.
Lucía comprendió la contradicción.
Su rostro cambió.
Alejandro habló en voz baja.
—A menos que Marta supiera que tu madre seguía viva.