Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Previous

Lucía se levantó de golpe.

—No.

—Lucía…

—No.

Comenzó a caminar hacia la puerta.

Alejandro no la detuvo.

—Si Elena está viva, ¿no quieres saberlo?

Lucía cerró los ojos.

Las lágrimas cayeron.

Después volvió lentamente a la silla.

—Hágalo.

Sofía se puso detrás.

Separó con extremo cuidado varios mechones.

La capa exterior parecía normal.

Debajo había algo extraño.

Una trenza muy fina.

Demasiado apretada.

Y dentro de ella, casi invisible, un pequeño hilo rojo.

Sofía lo tocó.

—Esto fue hecho a propósito.

Alejandro se acercó.

—¿Puede abrirlo?

Sofía empezó a deshacer lentamente la trenza.

Lucía apretó las manos.

Centímetro a centímetro.

El cabello se soltó.

Hasta que algo diminuto cayó sobre la mesa.

Clinc.

Los tres miraron.

Era una pequeña pieza metálica.

No más grande que una moneda.

Sofía la recogió.

Tenía un símbolo grabado.

Lucía lo reconoció.

—Ese símbolo…

Alejandro la miró.

—¿Lo has visto antes?

—En la casa de Marta.

—¿Dónde?

—En una puerta que nunca podía abrir.

Sofía giró la pieza.

En el reverso había números.

7-14-22

Alejandro sacó su teléfono.

—Puede ser una fecha.

Sofía negó.

—O una combinación.

Lucía respiró.

—La puerta.

—¿Crees que esto la abre?

—No lo sé.

Entonces sonó un teléfono.

Todos se quedaron quietos.

No era el de Alejandro.

Ni el de Sofía.

El sonido venía de la caja de 2006.

Sofía la miró aterrada.

—Eso no puede ser.

El teléfono volvió a sonar.

Abrió la caja.

Debajo de las fotografías había un viejo móvil pequeño.

La pantalla estaba encendida.

Número desconocido.

Alejandro levantó una mano.

—No conteste.

Lucía miró el aparato.

—¿Desde cuándo está ahí?

—Veinte años.

—Entonces no debería funcionar.

Sofía palideció.

—No.

El teléfono dejó de sonar.

Un segundo después llegó un mensaje.

La pantalla iluminó la habitación.

SOFÍA, NO LE CORTES EL PELO.

Sofía dejó caer el teléfono.

Lucía retrocedió.

Alejandro lo recogió.

Otro mensaje apareció.

NO TODAVÍA.

Lucía empezó a llorar.

—¿Quién sabe que estoy aquí?

Nadie contestó.

Llegó un tercer mensaje.

Esta vez contenía una fotografía.

Alejandro la abrió.

Era una imagen tomada desde fuera del salón.

A través del cristal.

Se veía a Lucía entrando minutos antes.

Alguien los estaba observando.

Sofía corrió hacia las persianas.

Las cerró.

Alejandro miró la foto.

Amplió el reflejo de una ventana.

Había una figura al otro lado de la calle.

Una mujer mayor.

Abrigo gris.

Cabello oscuro con mechones blancos.

Lucía miró la pantalla.

Se quedó completamente paralizada.

—No…

Alejandro la sostuvo.

—¿Quién es?

La joven apenas pudo hablar.

—Marta.

Sofía se quedó blanca.

—La mujer que te crió.

Lucía asintió.

El teléfono volvió a vibrar.

Nuevo mensaje.

LUCÍA, SAL SOLA.

La joven empezó a temblar.

Otro mensaje.

SI QUIERES VOLVER A VER A TU MADRE.

Lucía dejó de respirar.

Alejandro levantó la mirada.

—Tu madre está viva.

Lucía miró hacia la puerta cerrada del salón.

Después hacia la pequeña pieza metálica escondida durante años dentro de su cabello.

Y por primera vez comprendió que Marta nunca había protegido su pelo.

Lo había utilizado como una caja fuerte.

Pero lo peor todavía estaba por llegar.

Porque un último mensaje apareció en la pantalla:

Y NO CONFÍES EN ALEJANDRO. ÉL SABE POR QUÉ DESAPARECISTE.

Lucía levantó lentamente la cabeza.

Alejandro seguía a su lado.

Su rostro ya no parecía sorprendido.

Y ese pequeño detalle fue suficiente para que Sofía comprendiera que la historia de aquella joven no había empezado veinte años atrás.

Todavía seguía ocurriendo.