Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Next

“LE DIO AGUA A UNA MUJER HERIDA EN MEDIO DEL DESIERTO… AL AMANECER, CASI TRESCIENTOS GUERREROS APACHE RODEARON SU RANCHO”

PARTE 1

Caleb Mercer creyó que solo había dado unas cucharadas de agua a una desconocida que estaba a punto de morir.

Al amanecer, casi trescientos guerreros apache rodeaban su rancho aislado en Arizona.

Y la mujer que había ayudado cabalgaba directamente hacia él.

La tarde anterior, el territorio parecía arder.

Era 1886.

El calor deformaba el horizonte sobre el valle de Red Mesa, el polvo se pegaba a la hierba seca y hasta las tablas de las cercas quemaban al tocarlas.

Caleb estaba sacando agua del pozo cuando vio algo junto al límite norte de su propiedad.

Primero creyó que era una manta abandonada.

Después aquello se movió.

Dejó el cubo.

Una mujer estaba desplomada contra la cerca.

Caleb avanzó con cautela.

Era joven, quizá de unos veinticinco años, pero lo primero que le llamó la atención fue su altura.

Incluso sentada parecía extraordinariamente alta.

Llevaba ropa de piel gastada por el viaje, cuentas antiguas alrededor del cuello y el cabello negro enredado por el polvo.

Una mancha seca de sangre le cruzaba una sien.

Sus labios estaban agrietados.

Caleb llenó un cucharón.

No intentó tocarla.

Se acercó despacio y dejó varios pasos entre ambos.

—Agua.

Los ojos de la mujer se abrieron de golpe.

No eran ojos derrotados.

Lo estudiaron inmediatamente.

La casa.

Sus manos.

Su cinturón.

Después volvieron a su rostro.

Caleb extendió el cucharón.

Ella tardó unos segundos antes de aceptarlo.

Bebió una vez.

Luego otra.

Y una tercera.

Sin precipitarse.

Aunque apenas podía mantenerse erguida, no bebía como alguien dominado por el pánico.

Había una disciplina extraña en cada movimiento.

Cuando terminó, devolvió el cucharón.

Caleb señaló la cabaña.

—Puede descansar dentro.

La mujer no respondió.

Apoyó una mano en la cerca y comenzó a levantarse.

Caleb abrió los ojos al verla ponerse completamente de pie.

Era más alta de lo que había imaginado.

Ella no miró hacia la casa.

No mostró interés por los caballos.

Ni siquiera volvió la vista hacia el pozo.

Se limitó a observar a Caleb durante varios segundos.

Como si quisiera recordar exactamente su cara.

Después dio media vuelta.

—Espere —dijo él—. Todavía está herida.

La mujer siguió caminando.

—Al menos lleve agua.

Nada.

Caleb la vio alejarse hacia las colinas rojas hasta que el calor la borró de su vista.

Se pasó una mano por la barba.

—Bueno. Eso fue todo.

Se equivocaba.

El rancho de Caleb estaba lejos de cualquier pueblo.

Había elegido aquel lugar precisamente por eso.

Dos jornadas a caballo lo separaban de la mayoría de sus vecinos.

No tenía esposa.

No tenía hijos.

Y no tenía ningún deseo de explicar a desconocidos por qué un hombre de treinta y nueve años prefería vivir solo entre piedras, caballos y silencio.

Aquella tarde hizo lo mismo de siempre.

Alimentó a las yeguas.

Arregló una bisagra del corral.

Revisó una parte de la cerca.

Cuando cayó la noche, abrió el pequeño libro donde anotaba asuntos del rancho.

Escribió:

“Mujer apache encontrada junto al pozo. Herida y deshidratada. Bebió agua. Se marchó hacia el norte.”

Cerró el libro.

No volvió a pensar en ella.

Horas después, un ruido lo despertó.

Caleb se incorporó.

Los caballos estaban inquietos.

Oyó cascos golpeando el suelo del corral.

Después una yegua lanzó un relincho agudo.

Caleb miró hacia el rifle apoyado junto a la pared.

Lo tomó, pero no abrió la puerta.

Esperó.

Solo escuchó el viento.

Pasaron varios minutos.

Los animales fueron calmándose.

Caleb dejó el rifle cerca de la cama.

—Coyotes —murmuró.

Volvió a acostarse.

Al amanecer salió con la camisa abierta en el cuello, tirantes sueltos y una taza de café en la mano.

Dio tres pasos.

Se detuvo.

Había un jinete sobre la cresta del norte.

Caleb dejó lentamente la taza sobre un poste.

Apareció otro.

Después cinco.

Diez.

Veinte.

En pocos minutos, las alturas alrededor del rancho comenzaron a llenarse.

Jinetes apache ocupaban la cresta norte.

Otros aparecieron hacia el este.

Más hombres se alinearon detrás del cauce seco.

Caleb dejó de contar cuando superó los cien.

Después comprendió que eran muchos más.

Quizá doscientos cincuenta.

Tal vez cerca de trescientos.

Algunos llevaban rifles.

Otros, lanzas.

Los primeros rayos del sol se reflejaban en el metal.

Los caballos de Caleb retrocedieron dentro del corral.

Él miró hacia el rifle junto a la puerta.

Su mano se movió por reflejo.

Se detuvo.

Una sola arma contra aquella cantidad de hombres no era defensa.

Era una manera absurda de morir.

Entonces notó algo aún más inquietante.

Nadie atacaba.

No había gritos.

No había disparos.

Nadie descendía a toda velocidad hacia la casa.

Cientos de hombres permanecían completamente quietos.

Observándolo.

Caleb tragó saliva.

Aquello no parecía un asalto.

Parecía una espera.

Salió al patio con las manos visibles.

Un jinete se separó de la cresta norte.

Era un hombre apache mayor, de rostro curtido y espalda recta.

Descendió solo.

Los demás permanecieron donde estaban.

Caleb no se movió.

El hombre detuvo su caballo a unos quince metros.

No mostró un arma.

Tampoco sonrió.

Levantó una mano.

El valle quedó en silencio.

Caleb podía escuchar el movimiento nervioso de sus propios caballos.

El hombre señaló algo.

Caleb siguió la dirección de su mano.

El pozo.

Sintió que el estómago se le cerraba.

Entonces los guerreros situados al este comenzaron a apartarse.

No huyeron.

Abrieron un camino entre sus caballos.

Una sola figura apareció al fondo.

Caleb entrecerró los ojos.

El caballo avanzó.

Y entonces la reconoció.

Era la mujer del día anterior.

La misma mujer que había encontrado casi inconsciente junto a su cerca.

Pero ahora montaba erguida.

El cabello estaba recogido.

Su herida había sido limpiada.

Y mientras avanzaba entre los hombres, algo ocurrió que hizo que Caleb olvidara por un instante hasta respirar.

Los guerreros bajaron sus armas.

Uno tras otro.

Rifles.

Lanzas.

Casi trescientos hombres inclinaban sus armas cuando ella pasaba.

No como si temieran a la mujer.

Como si la respetaran.

Caleb miró el pozo.

Después a ella.

Recordó la forma en que había bebido sin desesperación.

La manera en que había memorizado su rostro.

La dignidad con la que se había marchado aun estando herida.

La mujer llegó al patio.

Detuvo su caballo junto al pozo donde Caleb le había dado agua.

Sus ojos encontraron los de él.

Esta vez Caleb entendió una cosa.

El día anterior no había auxiliado a una desconocida cualquiera.

Había ayudado a alguien cuya vida parecía importar profundamente a cientos de hombres armados.

El guerrero mayor giró lentamente hacia Caleb.

Casi trescientos jinetes permanecieron en absoluto silencio detrás de él.

La mujer no dijo nada.

El anciano señaló primero el pozo.

Después señaló a Caleb.

Y finalmente comenzó a hablar.