PARTE 2
El anciano habló en un español lento, pero claro.
—Ayer dio agua a mi hija.
Caleb miró a la mujer.
Ella desmontó.
—Me llamo Naya —dijo por primera vez—. Y este hombre no me hizo daño.
Un murmullo recorrió las colinas, pero las armas permanecieron bajas.
El anciano señaló la herida de Naya.
—Otros hombres sí.
Naya sostuvo la mirada de Caleb.
—Me dijeron que usted los había enviado. Que ningún apache debía acercarse a su pozo.
Caleb sintió un golpe de rabia.
—Yo jamás di esa orden.
—Lo sé —respondió ella—. Por eso memoricé su rostro ayer.
Entonces Caleb comprendió aquella mirada silenciosa junto a la cerca.
Naya continuó:
—Los hombres que me atacaron querían que creyéramos que usted era nuestro enemigo.
El anciano inclinó la cabeza hacia el camino del sur.
—Y ahora viene el hombre que pagó para que así pareciera.
Caleb se volvió.
A lo lejos, una columna de jinetes avanzaba directamente hacia su rancho.
PARTE 3
Caleb no necesitó esperar a que los jinetes se acercaran para reconocer al hombre que iba delante.
Silas Vane.
Propietario del Rancho Tres Cerros.
Dueño de más ganado que cualquier otro ranchero en aquella parte del territorio.
Y el único hombre que había preguntado tres veces, durante los últimos dos años, cuánto dinero haría falta para comprar el valle de Caleb.
La primera vez, Caleb se había reído.
La segunda, había respondido que no vendía.
La tercera, Vane había dejado de sonreír.
—¿Lo conoce? —preguntó Naya.
—Sí.
El anciano miró a Caleb.
—¿Amigo?
Caleb observó los caballos acercarse.
—No.
Naya no mostró sorpresa.
Su padre tampoco.
Caleb miró las colinas.
Casi trescientos guerreros seguían allí.
Nadie había avanzado.
Nadie había amenazado su casa.
Pero Silas Vane venía acompañado por ocho hombres armados.
Aquello podía terminar mal con una sola palabra equivocada.
Caleb se volvió hacia el anciano.
—No sé qué quiere Vane, pero si baja con sus hombres y ustedes creen que ha venido a pelear...
El viejo levantó una mano.
—No atacaremos primero.
Caleb asintió.
—Entonces yo tampoco.
Naya lo observó.
—¿Aunque crea que él ordenó que me hirieran?
—Creer no es demostrar.
Ella pareció aprobar la respuesta.
—Bien.
Silas Vane llegó unos minutos después.
Detuvo el caballo fuera de la cerca.
Era un hombre de unos cincuenta años, ancho de pecho, con barba gris bien recortada y ropa demasiado limpia para alguien que afirmaba haber cabalgado con urgencia.
A su derecha venía un hombre más joven llamado Wade Cutter, capataz del Tres Cerros.
Caleb lo conocía de vista.
Vane miró primero a los guerreros de las colinas.
Después a Caleb.
—Por Dios, Mercer. Cuando me dijeron que estabas rodeado, pensé que ya estarías muerto.
Caleb no respondió.
Vane continuó:
—Vine a ayudarte.
Naya avanzó un paso.
El rostro de Wade cambió.
Fue pequeño.
Apenas un endurecimiento alrededor de los ojos.
Pero Naya lo vio.
Y Caleb también.
—¿Ayudarme de qué? —preguntó Caleb.
Vane señaló las crestas.
—Mira alrededor.
—Ya lo hice.
—Trescientos apaches alrededor de tu casa no te parecen un problema.
El anciano no reaccionó.
Naya tampoco.
Caleb cruzó los brazos.
—Todavía no me han amenazado.
Vane soltó una risa incrédula.
—¿Ahora necesitas que alguien diga las palabras?
—Sí.
La respuesta hizo desaparecer la sonrisa de Vane.
—Caleb, no seas idiota.
—¿Qué quieres?
Vane miró hacia el pozo.
La mirada duró demasiado.
Caleb lo notó.
—Quiero sacarte de aquí antes de que esto termine en una matanza.
—¿Sacarme adónde?
—A Tres Cerros. Después podemos hablar de qué hacer con tu propiedad.
Naya giró ligeramente la cabeza hacia Caleb.
Él no apartó los ojos de Vane.
—Qué conveniente.
—¿Qué?
—Que todavía estés pensando en comprar mi tierra mientras supuestamente vienes a salvarme.
Vane apretó la mandíbula.
—Esto no es momento para orgullo.
—No. Es momento para respuestas.
Naya avanzó otro paso.
—Yo también quiero una.
Wade Cutter miró hacia ella.
Naya lo señaló.
—Ese hombre estaba allí.
Silas Vane se volvió hacia su capataz.
Wade palideció.
—Nunca la he visto.
Naya permaneció inmóvil.
—Yo sí lo vi.
—Está mintiendo.
El anciano comenzó a avanzar.
Caleb levantó una mano.
—Déjela hablar.
El viejo se detuvo.
Aquello sorprendió incluso a Vane.
Naya miró directamente a Wade.
—Había tres hombres.
Wade negó.
—No sé de qué habla.
—Me cerraron el paso cerca del arroyo seco.
—Nunca estuve allí.
—Uno llevaba un pañuelo rojo.
Wade soltó una carcajada demasiado rápida.
—Media Arizona usa pañuelos rojos.
—También dijo algo.
Wade guardó silencio.
Naya continuó:
—Dijo que Caleb Mercer había ordenado que ningún apache bebiera de su pozo.
Caleb miró a Vane.
—¿Curioso, no?
Silas Vane bajó lentamente del caballo.
—Esto se está volviendo absurdo.
Caleb no se movió.
—¿Wade trabaja para ti?
—Desde hace siete años.
—Entonces quizá quieras preguntarle dónde estuvo ayer.
Vane ni siquiera miró a su capataz.
—Sé dónde estuvo.
Naya entrecerró los ojos.
Caleb también.
—¿Dónde?
Vane respondió:
—Revisando ganado al sur.
Wade asintió con demasiada rapidez.
—Eso mismo.
Naya miró las botas de Wade.
Después sus pantalones.
—Entonces debería saber que el arroyo seco está al norte.
Wade abrió la boca.
Vane intervino.
—Basta.
Caleb sintió que la tensión cambiaba.
No era una prueba definitiva.
Pero ahora había una grieta.
—¿Por qué vino aquí tan rápido, Silas?
—Ya te lo dije.
—No.
Caleb señaló a los guerreros.
—¿Quién te avisó que estaban aquí?
Silas Vane tardó un instante.
—Uno de mis hombres vio movimiento en las colinas.
—¿Desde dónde?
Silencio.
Tres Cerros estaba al sur.
Las principales crestas ocupadas por los guerreros estaban al norte y al este.
Caleb dio un paso hacia la cerca.
—Para saber antes del amanecer cuántos hombres había aquí, alguien tenía que estar bastante cerca de mi valle.
Wade miró a su patrón.
Fue un error.
Caleb lo vio.
Naya también.
—Los estaban observando —dijo ella.
Vane levantó la voz.
—No voy a permitir que una mujer que apareció herida en el desierto me acuse de...
El anciano dio un paso.
Esta vez Caleb no necesitó detenerlo.
Naya levantó su propia mano.
Su padre se quedó quieto.
Después ella dijo:
—No necesito que usted me permita hablar.
Vane la miró con desprecio.
—Caleb, escucha. Sea lo que sea que estas personas creen...
—Naya.
Vane parpadeó.
—¿Qué?
—Tiene nombre.
La expresión de Silas se endureció.
Caleb señaló el camino.
—Si viniste a salvarme, ya puedes marcharte. No necesito que me salves.
—Estás cometiendo un error.
—Posiblemente.
—Cuando estos hombres decidan que tu pozo les pertenece...
El anciano habló.
—No queremos su pozo.
Vane quedó callado.
El viejo señaló a Naya.
—Ella venía a hablar con Mercer.
Caleb miró a Naya.
Era la primera vez que escuchaba aquello.
—¿Sobre qué?
Naya respondió:
—Nuestro manantial del norte está casi seco.
Miró hacia las colinas.
—Hay familias y caballos detrás de esas crestas. No veníamos a ocupar su tierra. Yo fui enviada primero para preguntar si podríamos tomar agua durante tres días antes de continuar hacia el oeste.