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Caleb recordó la tarde anterior.

Ella había llegado sola.

Herida.

Casi muerta de sed.

—¿Y antes de llegar aquí la atacaron?

—Sí.

—¿Por qué caminaba cuando la encontré?

Naya sostuvo su mirada.

—Mataron mi caballo.

Los ojos de Caleb fueron inmediatamente hacia Wade.

El capataz bajó la mirada.

Silas Vane intervino:

—Eso no demuestra nada.

—No —dijo Caleb—. Pero explica bastante.

Vane volvió a montar.

—Cuando recobres el juicio, ven a verme.

Caleb respondió:

—No cuentes con ello.

Silas tiró de las riendas.

Antes de irse, observó el pozo una última vez.

Naya lo notó.

—No quiere su casa.

Caleb miró hacia ella.

—¿Qué?

—Mira el agua.

El comentario se quedó con Caleb mucho después de que los hombres de Tres Cerros desaparecieran por el camino.

El anciano finalmente desmontó.

Naya lo presentó como su padre.

Su nombre era Nahil.

Caleb no preguntó por qué tantos hombres obedecían sus gestos ni por qué bajaban las armas cuando Naya pasaba.

No necesitaba comprender todas las costumbres de otra gente para comprender respeto cuando lo veía.

—Pueden beber —dijo.

Naya lo miró.

—No todavía.

—¿Por qué?

—Porque si trescientos caballos bajan aquí al mismo tiempo, no tendrá cerca cuando terminemos.

Caleb soltó una risa inesperada.

Naya sonrió por primera vez.

Organizaron el acceso por grupos.

La mayoría permaneció en las colinas mientras pequeños grupos descendían hacia el pozo.

Caleb llenó el abrevadero una y otra vez.

Nadie entró en su casa sin permiso.

Nadie tocó sus caballos.

Antes del mediodía, el miedo que había sentido al abrir la puerta se había convertido en otra cosa.

Preguntas.

Demasiadas preguntas.

¿Por qué había querido Vane comprar aquel valle?

¿Por qué sus hombres habrían impedido que Naya llegara?

¿Y por qué Silas miraba el pozo como si fuera más importante que todo lo demás?

La respuesta llegó aquella tarde.

Caleb estaba sentado bajo el porche reparando una correa cuando Naya se acercó.

Su herida había sido vendada.

—¿Silas Vane tiene problemas de agua? —preguntó.

Caleb dejó la correa.

—Tres Cerros siempre tuvo dos pozos.

—¿Siempre?

La pregunta hizo que pensara.

El verano había sido brutal.

Había escuchado comentarios en Oak Haven sobre ganado trasladado desde el sur.

También recordaba una conversación dos meses antes.

Vane había entrado en la tienda general y preguntado casualmente cuánto producía el pozo de Caleb en agosto.

Caleb no le había dado importancia.

Ahora sí.

—Uno de sus pozos se volvió salobre hace unos meses —dijo—. Eso escuché.

—¿Y el otro?

—No lo sé.

Naya miró el agua.

—Pregunte.

Al día siguiente, Caleb ensilló su caballo.

Naya quiso acompañarlo.

Nahil no pareció contento.

—No irán a Tres Cerros —dijo Caleb.

—Al pueblo.

Naya miró a su padre.

Finalmente él asintió.

Solo dos guerreros los acompañaron hasta las afueras de Oak Haven y esperaron allí.

Caleb y Naya entraron solos.

El pueblo comenzó a observarlos desde el primer momento.

Una mujer salió de la tienda de telas.

Dos hombres dejaron de hablar frente a la herrería.

Caleb ignoró las miradas.

Entró en el almacén de suministros y preguntó al comerciante por Tres Cerros.

—Vane está comprando barriles para agua como loco —respondió el hombre—. Perdió un pozo en julio. El segundo apenas alcanza para la mitad del ganado.

—¿Por qué no reduce el rebaño?

El comerciante soltó una risa.

—Porque compró otras ochocientas cabezas en primavera.

Caleb sintió que todo encajaba.

—¿Ochocientas?

—A crédito.

Aquello explicaba el motivo.

Silas Vane necesitaba agua.

No dentro de un año.

Ahora.

Sin ella tendría que vender ganado con pérdida.

Y quizá no podría pagar sus deudas.

Caleb salió del almacén.

Naya esperaba bajo el alero.

—Tenía razón —dijo él.

—Lo sé.

—Eso no es modestia.

—Tampoco pretendía serlo.

Caleb casi sonrió.

Entonces vio a Wade Cutter al otro lado de la calle.

El capataz también los vio.

Se volvió inmediatamente.

Naya habló sin levantar la voz.

—Ese fue el hombre.

Wade empezó a caminar.

Caleb lo siguió.

—¡Cutter!

El hombre aceleró.

No corrió.

Hacerlo habría sido admitir demasiado.

Pero cuando Caleb lo alcanzó junto al establo, Wade se volvió furioso.

—Déjame en paz.

—Solo quiero hacerte una pregunta.

—Ya respondí ayer.

Naya llegó detrás de Caleb.

Wade la miró.

—No estaba en el arroyo.

Naya no había mencionado el lugar.

Caleb se quedó quieto.

Wade también.

El error había salido de su boca antes de que pudiera detenerlo.

Naya preguntó:

—¿Qué arroyo?

Wade palideció.

Caleb dio un paso.

—Ayer solo dijo que la encontraron herida. Nadie te dijo dónde ocurrió el ataque.

Wade miró hacia la calle.

—Yo...

—Acabas de decir “el arroyo”.

Naya se acercó lo suficiente para verlo claramente.

—Porque estaba allí.

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabía?

Wade empezó a retroceder.

El sheriff salió de su oficina al escuchar las voces.

—¿Qué ocurre?

Caleb no intentó agarrar a Wade.

Se limitó a decir:

—Quiero hacer una declaración.

Naya añadió:

—Yo también.

El sheriff los llevó dentro.

Wade se negó a hablar.

Pero ya no podía retirar lo que había dicho.

La revelación cambió la situación.

Hasta entonces era la palabra de Naya contra la de hombres blancos que podían limitarse a negar.

Ahora Wade había demostrado saber un detalle que, según su propia versión, no podía conocer.

El sheriff mandó buscar a Silas Vane.

Llegó una hora más tarde.

Entró furioso.

—¿Qué demonios significa esto?

Caleb estaba sentado junto a Naya.

—Significa que tu capataz sabe dónde atacaron a una mujer que asegura no haber visto nunca.

Vane miró a Wade.

—¿Qué dijiste?

Wade no respondió.

Caleb observó aquella reacción.

No preguntó “¿qué ocurrió?”

Preguntó “¿qué dijiste?”

Naya también lo entendió.

—Usted ya sabía que estaba allí —dijo.

Silas se volvió hacia ella.

—No sabes nada.

—Sé que ayer no preguntó quién me había herido.

El sheriff levantó la cabeza.

Naya continuó:

—Llegó al rancho de Caleb. Me vio vendada. Sabía que había cientos de hombres alrededor. Pero nunca preguntó por qué.

Silas Vane apretó los dientes.

—Porque pensé que ellos la habían encontrado así.

—No —dijo Caleb—. Pensabas que Wade había terminado el trabajo.

Wade se puso de pie.

—¡Yo no iba a matarla!

Silencio.

Absoluto.

El rostro de Vane perdió el color.

Wade comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.

El sheriff se levantó lentamente.

—Siéntate.

Wade obedeció.

Caleb no apartó los ojos de él.

—Entonces ¿qué ibas a hacer?

Wade miró a Silas.

Su patrón no dijo una palabra.

—Cutter —insistió el sheriff—. Esta es tu oportunidad.

Wade tragó saliva.

—Solo debíamos impedir que llegara al pozo.

Naya permaneció inmóvil.

—¿Por qué?

—Vane dijo que...

Silas golpeó la mesa.

—¡Cállate!

El sheriff se interpuso.

—Siéntese, señor Vane.

Silas no obedeció.

—Ese hombre está asustado. No sabe lo que dice.

Wade lo miró.

Algo cambió en su expresión.