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El día en que Sofía cumplió veinticinco años también fue el día de su boda.

Sin embargo, no hubo alegría en sus ojos cuando pronunció el «sí, quiero».

Frente a ella estaba Víctor Álvarez, el hombre que, durante los últimos seis meses, había comprado cada deuda de su familia. Primero adquirió la hipoteca de la casa. Después, el préstamo del pequeño restaurante de su madre. Finalmente, apareció como propietario de una deuda empresarial que su padre había dejado antes de morir.

Víctor podía haberlos expulsado de su hogar con una sola firma.

Pero le ofreció un trato.

—Cásate conmigo y todas las deudas desaparecerán.

Sofía intentó averiguar por qué un hombre al que apenas conocía deseaba convertirla en su esposa. Víctor nunca respondió. Se limitaba a observarla con una tranquilidad inquietante.

Parecía tener unos treinta y cinco años. Era alto, pero su cuerpo era blando y voluminoso. Siempre vestía ropa holgada que ocultaba sus brazos y caminaba con cierta pesadez. Rara vez aparecía en público y nunca permitía que lo fotografiaran.

Nadie sabía de dónde procedía su fortuna.

Aquella noche, después de la ceremonia, los recién casados llegaron a una suite situada en el último piso del hotel más exclusivo de la ciudad.

Sofía entró todavía vestida de novia.

La habitación parecía preparada para una celebración romántica: pétalos blancos sobre la cama, lámparas doradas, una botella de champán y enormes ventanas desde las que podía contemplarse toda la ciudad.

Pero para ella parecía una jaula.

Se sentó en el borde de la cama mientras Víctor cerraba la puerta.

El sonido de la cerradura hizo que su corazón se acelerara.

—Ya me he casado contigo —dijo Sofía—. Cumplí mi parte del acuerdo. Ahora dime cuándo liberarás a mi familia de las deudas.

Víctor no contestó.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla.

Debajo llevaba una extraña camiseta beige, ajustada alrededor de su gran vientre. La prenda parecía demasiado gruesa para una noche cálida.

Sofía se levantó.

—¿Qué estás haciendo?

Víctor se colocó frente a ella y agarró la tela a la altura de los hombros.

—Es hora de que conozcas al hombre con quien te has casado.

Tiró de la prenda hacia arriba.

El enorme vientre se deformó.

Sofía retrocedió y se cubrió la boca con ambas manos. Aquello no era su cuerpo. Era una prótesis elaborada, un traje completo diseñado para transformar una figura atlética en la de un hombre con sobrepeso.

Víctor levantó la pieza por encima de su cabeza y la dejó caer sobre la alfombra.

Debajo apareció un cuerpo musculoso, cubierto de pequeñas cicatrices. Sus hombros eran anchos, sus brazos fuertes y su abdomen estaba marcado como el de alguien que había entrenado durante años.

Pero lo que más asustó a Sofía no fue su cuerpo.

Fue la cicatriz fina que cruzaba su pecho.

Ella ya había visto aquella marca.

—Ese cuerpo… —susurró—. Entonces todo era mentira.

Víctor la observó en silencio.

Sofía miró el disfraz abandonado en el suelo y después volvió a fijarse en su rostro. La barba y el peinado lo hacían parecer diferente, pero ahora que lo veía sin aquel cuerpo falso reconoció algo en su postura.

—¿Quién eres realmente?

Él dio un paso hacia la ventana.

—El hombre con el que te casaste nunca existió.

Un escalofrío recorrió la espalda de Sofía.

—¿Víctor Álvarez tampoco es tu nombre?

—No.

—¿Y todas las deudas?

—Las compré para impedir que otra persona las utilizara contra ti.

Sofía soltó una risa amarga.

—¿Impedirlo? Me obligaste a casarme contigo.

—Si te hubiera contado la verdad, no habrías llegado viva a la boda.

Sofía quiso responder, pero algo la detuvo.

Víctor se acercó a la mesa, tomó la botella de champán y la examinó sin abrirla. Después retiró la lámina dorada del cuello de la botella. Debajo había un pequeño dispositivo negro.

Una luz roja parpadeaba.

—Nos están escuchando —dijo.

Antes de que Sofía pudiera reaccionar, Víctor aplastó el dispositivo con el tacón de su zapato.

—Tienes cinco minutos para cambiarte.

—No voy a ir a ninguna parte contigo.

—Entonces morirás aquí.

La luz de la suite se apagó de repente.

Toda la habitación quedó a oscuras, salvo por el resplandor azul de la ciudad que entraba por las ventanas.

Sofía oyó un golpe al otro lado de la puerta.

Víctor la tomó del brazo y la hizo agacharse detrás de la cama.

—No hagas ruido.

—¡Suéltame!

—Si quisiera hacerte daño, no habría pasado seis meses protegiéndote.

La cerradura electrónica emitió un pitido.

Alguien estaba introduciendo un código desde el exterior.

Víctor sacó una pequeña pistola de un compartimento oculto en su chaqueta.

Sofía dejó de respirar.

—¿Quién está ahí fuera?

—El verdadero responsable de las deudas de tu familia.

La puerta comenzó a abrirse.

Víctor empujó un mueble contra ella y condujo a Sofía hacia una puerta lateral que parecía formar parte de la pared. Al presionar una moldura dorada, apareció un estrecho pasillo de servicio.

Entraron justo cuando varios hombres derribaron la puerta principal.

Víctor cerró el panel secreto detrás de ellos.

—Muévete.

Corrieron por un corredor oscuro. Sofía apenas podía avanzar con el vestido de novia, así que levantó la falda con ambas manos.

—Quiero respuestas.

—Las tendrás si salimos con vida.

Descendieron dos pisos por una escalera de emergencia y entraron en una habitación vacía. Víctor cerró la puerta, revisó las ventanas y guardó el arma.

Sofía seguía temblando.

—Conozco esa cicatriz —dijo—. La vi cuando tenía doce años.

Víctor se quedó inmóvil.

Sofía recordó una noche que había intentado olvidar durante más de una década. Su padre llegó a casa acompañado por un joven herido. Tenía sangre en la camisa y una cicatriz reciente en el pecho.

El muchacho permaneció escondido en el sótano durante tres días.

Después desapareció.

A la mañana siguiente, su padre le ordenó que jamás volviera a hablar de él.

—Tú eras aquel joven —comprendió Sofía—. Mi padre te salvó.

Víctor apartó la mirada.

—Me llamo Adrián Vega.

Sofía sintió que las piernas le fallaban.

El nombre aparecía en una antigua noticia relacionada con uno de los mayores imperios financieros del país. Adrián Vega, heredero único de una fortuna multimillonaria, había muerto en un accidente de barco trece años atrás.

Pero estaba frente a ella.

—Todo el mundo cree que estás muerto.

—Esa era la única manera de sobrevivir.

Adrián le explicó que su tío, Esteban Vega, había organizado el accidente para apoderarse de la compañía familiar. El padre de Sofía encontró a Adrián herido cerca de la costa y lo ocultó hasta que pudo escapar del país.