El sol caía con violencia sobre la cubierta del Aurelia, un yate blanco que flotaba en mitad del Mediterráneo. No había tierra a la vista, solo agua azul extendiéndose hasta el horizonte.
Adrián Vega permanecía arrodillado y descalzo. Tenía las manos atadas a la espalda con una cuerda beige y una pesada cadena unida a sus muñecas. El otro extremo rodeaba un ancla oxidada situada a pocos metros de la borda.
Frente a él, su esposa Camila llevaba un bañador negro y una bata de encaje que se agitaba con el viento. A su lado estaba Raúl Ferrer, socio de Adrián durante quince años: un hombre alto, musculoso, con barba perfectamente recortada, gafas de sol y la camisa negra abierta sobre el pecho.
Camila apoyó una mano sobre el brazo de Raúl.
—Danos la contraseña y acabaremos rápido.
Adrián levantó la mirada. Tenía sangre seca en la comisura de los labios.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos?
Camila no respondió. Raúl sonrió y la atrajo hacia él por la cintura.
—El tiempo suficiente para comprender que todo lo que tienes debería pertenecernos.
Detrás de Adrián esperaba Damián, un hombre calvo vestido con traje negro. Sostenía una pistola baja junto a la pierna. No parecía disfrutar de la escena, pero tampoco mostraba intención de ayudarlo.
Raúl señaló el ancla.
—Dentro de cinco minutos estará en el fondo. Tú irás detrás, a menos que nos entregues las claves de la cuenta.
—Hay cuarenta y ocho millones —dijo Camila—. No vas a poder gastarlos muerto.
Adrián la observó como si intentara reconocer a la mujer con la que había compartido once años.
—¿También vais a matar a nuestra hija?
La sonrisa de Camila desapareció.
—Clara está en el campamento. No mezcles a la niña en esto.
—Clara nunca llegó al campamento.
Raúl giró lentamente la cabeza hacia Camila.
Por primera vez, ella pareció asustada.
Dos semanas antes, Adrián había descubierto transferencias desde la Fundación Vega, creada para financiar operaciones infantiles, hacia siete empresas inexistentes. Cada pago llevaba su firma electrónica, aunque él jamás los había autorizado.
La suma total ascendía a cuarenta y ocho millones de euros.
La única persona con acceso al sistema, además de Adrián, era Raúl.
Adrián no acudió a la policía. Si Raúl había falsificado su identidad digital, podía conseguir que todas las pruebas lo señalaran a él. Por eso instaló un programa secreto que copió los documentos y rastreó el destino del dinero.
Las transferencias terminaban en una cuenta abierta a nombre de Camila Serrano.
Su propia esposa.
Aquella noche, Adrián fingió no saber nada. La abrazó, cenó con ella y la escuchó hablar sobre las vacaciones familiares. Camila sonreía como siempre, pero había cambiado la contraseña de su teléfono y evitaba mirarlo cuando mencionaba a Raúl.
Tres días después, lo invitó a navegar en el Aurelia.
—Necesitamos estar solos —le dijo—. Quiero salvar nuestro matrimonio.
Adrián aceptó, aunque antes de embarcar dejó un sobre a su abogado con instrucciones precisas: si no regresaba en veinticuatro horas, debía entregar las pruebas a la Guardia Civil.
Lo que no esperaba era encontrar a Damián dentro del camarote.
El hombre lo golpeó por detrás, lo ató y lo arrastró hasta la cubierta. Cuando Adrián despertó, Camila ya no fingía. Besó a Raúl delante de él y le mostró una póliza de seguro de vida por veinte millones de euros.
El plan era perfecto: Adrián desaparecería durante una travesía nocturna. Su cuerpo jamás sería encontrado. Raúl diría que había bebido demasiado y había caído por la borda.
Pero necesitaban la contraseña de la cuenta principal.
Sin ella, los cuarenta y ocho millones quedarían bloqueados para siempre.
De vuelta en la cubierta, Raúl agarró a Adrián por el pelo.
—¿Qué has querido decir con que Clara nunca llegó al campamento?
—Llamé esta mañana. No estaba en la lista.
Camila sacó rápidamente su teléfono. Marcó el número de la monitora, pero no obtuvo respuesta.
—Estás mintiendo —dijo, aunque su voz temblaba.
Adrián miró a Raúl.
—Pregúntale a tu amante quién recogió realmente a nuestra hija.
Camila se apartó de Raúl.
—Me dijiste que tu conductor la llevaría personalmente.
—Y lo hizo —respondió él—. Adrián intenta enfrentarnos.
—Entonces enséñame una fotografía de Clara en el campamento.
Raúl guardó silencio.
El rugido de los motores llenó el vacío entre ellos. El yate seguía avanzando, aunque ninguno de los presentes manejaba el timón. Navegaba con piloto automático hacia una zona donde la profundidad superaba los mil metros.
Adrián comprendió que Camila conocía el fraude, pero no todo el plan.
—No pensaba compartir el dinero contigo —le dijo—. En cuanto yo desapareciera, tú serías la única sospechosa.
—Cállate —ordenó Raúl.
—La cuenta está a su nombre. La póliza también. Tú quedarías fuera de la investigación mientras ella pasaría el resto de su vida en prisión.
Camila miró a Raúl buscando una negación que no llegó.
Damián cambió ligeramente la posición de la pistola.
Adrián lo notó. También recordó algo extraño: al atarlo, Damián había apretado todos los nudos excepto uno. Cerca de su muñeca izquierda había dejado un pequeño bucle oculto.
No era un error.
Raúl dio una bofetada a Adrián.
—La contraseña.
—Primero quiero escuchar la voz de mi hija.
Raúl sacó su teléfono y reprodujo un audio.
—Papá, estoy bien. Me han dicho que llegarás más tarde.
Era Clara, pero Adrián percibió un sonido de fondo: tres notas de piano que se repetían una y otra vez. La niña practicaba aquella melodía en casa de su abuela.
El audio había sido grabado días antes.
—Eso no demuestra que esté viva ahora —dijo Adrián.
Camila palideció.
—¿Qué le has hecho?
Raúl dejó de sonreír.
—Lo necesario para asegurarme de que ninguno de los dos me traicione.
Entonces Camila comprendió la verdad: ella nunca había sido su socia. Solo era otra pieza destinada a desaparecer.
Raúl hizo una señal a Damián.
—Tíralo.
El hombre calvo agarró a Adrián por el hombro y comenzó a empujarlo hacia la popa. La cadena se arrastró sobre la cubierta con un sonido metálico. El ancla avanzó centímetro a centímetro hacia la borda.
Al pasar junto a él, Damián susurró sin mover los labios:
—Cuando caiga el ancla, cuente hasta ocho.
Adrián no tuvo tiempo de preguntar por qué.
Raúl empujó el ancla con el pie.
El metal desapareció en el mar.