La cadena se tensó.
Y Adrián salió despedido por la borda.
El impacto le robó el aire.
Adrián se hundió con violencia mientras la cadena tiraba de sus muñecas. Sobre él, la luz del sol se alejaba. Bajo sus pies solo había oscuridad.
Uno.
Movió los dedos hasta encontrar el bucle que Damián había dejado.
Dos.
La presión aumentó dentro de sus oídos. El ancla descendía cada vez más rápido.
Tres.
Tiró del extremo de la cuerda. El nudo cedió unos milímetros.
Cuatro.
Sus pulmones ardían. Durante un instante pensó en Clara y sintió el impulso de abrir la boca y respirar, aunque solo hubiera agua a su alrededor.
Cinco.
La mano izquierda quedó libre.
Seis.
Agarró la cadena para evitar que le arrancara el hombro y buscó el cierre metálico que unía las esposas improvisadas.
Siete.
Encontró un pequeño mosquetón sin bloquear. Damián también lo había preparado.
Ocho.
Lo abrió.
El ancla siguió cayendo hacia el fondo mientras Adrián ascendía desesperadamente. Cuando alcanzó la superficie, el yate se encontraba a unos treinta metros. Nadie miraba hacia el agua.
En la cubierta había estallado otra lucha.
Camila intentaba quitarle el teléfono a Raúl.
—¡Dime dónde está Clara!
Raúl la empujó contra una mesa de cristal.
Damián levantó la pistola.
—Se acabó.
Raúl se giró sin mostrar miedo.
—Sabía que no podía confiar en ti.
Sacó una pequeña arma oculta bajo su camisa y disparó. Damián cayó de rodillas, herido en el costado. Antes de desplomarse, apretó un botón escondido en su reloj.
A varios kilómetros, una señal de emergencia comenzó a transmitir la posición del yate.
Adrián nadó hasta la plataforma trasera y subió por la escalera sin hacer ruido. Encontró una bengala dentro de un compartimento, la sostuvo como un arma y avanzó.
Raúl tenía a Camila agarrada por el cuello.
—Tu marido morirá como un accidente. Tú morirás como una esposa culpable incapaz de vivir con lo que hizo. Y yo me quedaré con todo.
—Te falta algo —dijo Adrián a su espalda.
Raúl se volvió.
Durante un segundo, pareció estar viendo a un muerto.
Adrián le golpeó la muñeca con la bengala. El arma cayó al suelo. Los dos hombres chocaron contra la barandilla mientras Camila se arrastraba hacia la pistola.
Sonó un disparo.
Raúl dejó de moverse.
Camila permanecía sentada en el suelo, sosteniendo el arma con ambas manos. La bala había alcanzado a Raúl en el hombro.
—No quería matarlo —murmuró.
A lo lejos apareció un helicóptero de rescate. La señal de Damián había funcionado.
Adrián corrió hacia el hombre herido. Damián respiraba, pero estaba perdiendo mucha sangre.
—¿Por qué me ayudaste? —preguntó Adrián.
—Mi hija recibió tratamiento gracias a su fundación —respondió—. Raúl me ordenó matarlo, pero descubrí de dónde salía el dinero que estaba robando.
Adrián le apretó la herida con una toalla.
—¿Dónde está Clara?
Damián miró hacia el interior del yate.
—Raúl recibió una llamada antes de que usted despertara. Alguien le dijo que la niña ya estaba en su poder. Él parecía asustado.
La Guardia Civil abordó el Aurelia minutos después. Raúl fue detenido. Camila aseguró que había actuado bajo amenazas y que desconocía el secuestro de su hija.
Mientras los agentes registraban los camarotes, Adrián encontró la bata negra de Camila sobre una cama. Del bolsillo cayó un teléfono que nunca había visto.
La pantalla mostraba un mensaje enviado aquella misma mañana:
“Adrián estará muerto antes de las seis. Después eliminaré a Raúl y nos quedaremos con el dinero”.
El mensaje había salido del teléfono de Camila.
Adrián sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Desde cuándo planeabas matarnos a los dos?
Camila apareció en la puerta. Ya no lloraba.
—No entiendes lo que está pasando.
—Entonces explícamelo.
Antes de que pudiera responder, el teléfono comenzó a vibrar. Era una videollamada de un número oculto.
Adrián aceptó.
En la pantalla apareció Clara sentada en una habitación sin ventanas. Tenía las manos libres y no parecía herida, pero junto a ella se veía la silueta de una persona cuyo rostro quedaba fuera de cámara.
—¡Papá! —gritó la niña—. No entregues la llave. Ellos quieren abrir la caja de la abuela.
Adrián miró a Camila.
—¿Qué caja?
Ella retrocedió como si acabara de escuchar el nombre de un muerto.
Una voz distorsionada habló desde el teléfono:
—Raúl creyó que esto trataba sobre cuarenta y ocho millones. Camila creyó que podía engañarnos. Los dos se equivocaron.
La cámara giró lentamente.
Sobre una mesa había una fotografía antigua de Adrián cuando era niño, junto a su padre y otro hombre al que la familia llevaba treinta años dando por muerto.
Delante de la fotografía descansaba una llave cubierta de sangre.
—Tienes seis horas para venir solo —continuó la voz—. Si aparece la policía, tu hija morirá. Si Camila te acompaña, ambos descubriréis por qué tu padre hundió un barco con diecisiete personas a bordo.
La llamada terminó.
Adrián se volvió hacia su esposa.
Camila tenía el rostro completamente blanco.
—¿Quién era ese hombre? —preguntó él.
Ella cerró los ojos.
—La única persona a la que tu padre temió de verdad.
En ese instante, Raúl comenzó a reír desde el suelo, rodeado de agentes.
—Ahora lo entiendes, Adrián —dijo—. Ninguno de nosotros organizó tu muerte. Solo estábamos cumpliendo una parte del plan.
Adrián apretó el teléfono mientras el helicóptero sobrevolaba el yate.
Había sobrevivido al ancla, a la traición de su esposa y al hombre que quería robarle su fortuna.
Pero su hija seguía prisionera.
Y la persona que la retenía conocía un crimen que su familia había enterrado en el fondo del Mediterráneo treinta años atrás.