El ancla pesaba más de cien kilos. La cadena rodeaba las muñecas de Adrián Vega y se extendía sobre la cubierta de teca del yate como una serpiente negra.
Arrodillado frente a su esposa, Adrián intentaba mantener la espalda recta. Tenía la camisa blanca arrugada y las manos atadas a la espalda. A pocos metros, el Mediterráneo brillaba bajo el sol como si aquella mañana no fuera a morir nadie.
Lucía Ferrer se acercó descalza. Llevaba un bañador negro y una bata de encaje transparente. Junto a ella estaba Dante Romero, su amante y jefe de seguridad de las empresas de Adrián. Dante lucía el torso bajo una camisa negra abierta, gafas oscuras y una sonrisa satisfecha.
—Cuando te hundas, todo será mío —dijo Lucía.
Adrián levantó los ojos.
Tres años atrás habría reconocido a la mujer con la que se casó. Aquella que lloró durante la ceremonia y prometió acompañarlo hasta la muerte. Ahora solo veía a una desconocida que había vaciado sus cuentas, falsificado documentos y dormido durante meses con el hombre encargado de protegerlo.
Bruno, el guardaespaldas, esperaba detrás de ellos vestido completamente de negro.
—¿Alguna última palabra? —preguntó Dante.
Adrián observó el colgante dorado que descansaba sobre el pecho de Lucía. Era un regalo que él mismo le había entregado dos días antes.
Entonces sonrió.
—Sí. Sonríe, Lucía… nos están viendo.
Ella dejó de reír.
—¿Quién nos está viendo?
Adrián no respondió.
Dante giró hacia Bruno.
—¡Tíralo al agua, ya!
El guardaespaldas agarró a Adrián por los hombros y lo levantó. La cadena raspó la cubierta mientras lo arrastraba hacia la popa. Adrián se resistió lo suficiente para que todo pareciera real, pero no demasiado. Al pasar junto a él, Bruno presionó tres veces su brazo.
Era la señal acordada.
Adrián sintió cómo un pequeño objeto metálico entraba en la manga de su camisa.
Bruno lo empujó por encima de la barandilla.
Durante un segundo, Adrián quedó suspendido contra el cielo. Después cayó al agua.
El impacto le arrancó el aire de los pulmones. La cadena descendió detrás de él, arrastrada por el ancla. Su cuerpo comenzó a hundirse mientras una nube de burbujas le cubría el rostro.
Arriba, la superficie se alejaba.
Adrián cerró los dedos alrededor del pequeño objeto que Bruno había deslizado en su manga. Era una llave plana. La introdujo en el cierre oculto de las esposas, pero la presión del agua y el peso de la cadena dificultaban cada movimiento.
Diez metros.
Doce.
Quince.
La luz comenzó a desaparecer.
En la cubierta, Lucía observó las últimas burbujas. Dante rodeó su cintura con un brazo.
—Se acabó —dijo él—. Nadie encontrará el cuerpo.
Lucía todavía miraba el mar.
—¿Qué quiso decir con que nos estaban viendo?
—Intentaba asustarte.
—Parecía demasiado tranquilo.
Dante le levantó el rostro y la besó.
—Adrián siempre creyó que era más inteligente que los demás. Por eso ha terminado en el fondo del mar.
Lucía sonrió, aunque no consiguió apartar la mano del colgante dorado.
Lo que ella no sabía era que Adrián había descubierto la traición seis días antes.
Su hija Valeria, una joven de diecisiete años nacida de su primer matrimonio, había regresado a casa antes de lo previsto y escuchó una conversación entre Lucía y Dante. Hablaban de sedantes, de una caída accidental desde el yate y de un testamento que dejaría la fortuna en manos de Lucía.
Valeria grabó varios minutos con su teléfono.
Cuando Adrián escuchó el audio, quiso enfrentarse a ellos inmediatamente. La inspectora Clara Benítez lo convenció de que esperara.
—Una conversación no será suficiente —le explicó—. Dante dirá que era una fantasía. Lucía asegurará que hablaban de una película. Necesitamos pruebas de un intento real.
Adrián aceptó convertirse en el cebo.
Ordenó fabricar una copia exacta del colgante favorito de Lucía. En su interior escondieron una cámara diminuta, un micrófono y un transmisor conectado al sistema satelital del yate. El dispositivo se activaba con una frase concreta:
“Sonríe, Lucía”.
La transmisión llegaría simultáneamente a la inspectora Benítez, al abogado de Adrián y a una unidad de la Guardia Civil que seguiría el yate desde varios kilómetros de distancia.
También necesitaban a alguien dentro.
Bruno llevaba dos años trabajando para Dante, pero lo odiaba. Su hermano menor había desaparecido después de descubrir que Dante utilizaba las empresas de seguridad de Adrián para transportar dinero de organizaciones criminales.
Bruno aceptó colaborar a cambio de protección.
Fue él quien cambió el grillete de la cadena por otro con apertura rápida. El ancla seguía siendo real; Lucía y Dante habrían detectado una falsificación. Adrián dispondría de menos de cuarenta segundos para liberarse antes de perder el conocimiento.
Bajo el agua, la llave giró por fin.
Una de las esposas se abrió.
Adrián liberó la otra mano y apartó la cadena justo cuando el ancla cayó bajo sus pies. Intentó nadar hacia la superficie, pero sus pulmones ardían y el mundo comenzó a oscurecerse.
Entonces dos figuras aparecieron en las profundidades.
Eran buzos de rescate. Uno le colocó una boquilla entre los labios; el otro lo sujetó por el pecho. Lo arrastraron hacia una pequeña plataforma submarina oculta detrás de una embarcación de apoyo.
Adrián respiró con desesperación.
—¿La transmisión? —preguntó al quitarse la boquilla.
Uno de los buzos levantó el pulgar.
—Lo hemos recibido todo.
En el yate, Lucía ya celebraba. Abrió una botella de champán y llenó dos copas.
—Por fin somos libres.
Dante bebió de un solo trago.
—Primero llamaremos al abogado. Después diremos que Adrián salió solo en la lancha auxiliar y nunca regresó.
—¿Y Bruno?
Ambos miraron al guardaespaldas.
—Bruno recibirá cien mil euros y olvidará lo ocurrido —contestó Dante.
El hombre no respondió.
En ese momento sonó el teléfono satelital del yate. Lucía atendió creyendo que sería el abogado de su marido.
—Señora Ferrer —dijo una voz masculina—, soy el notario Esteban Marín. El señor Vega me pidió que la llamara si hoy ocurría algún accidente.
Lucía perdió el color.
—¿Qué accidente?
—Su marido modificó el testamento esta mañana. Usted no recibirá ninguna acción, propiedad ni cuenta. Todo quedará en manos de su hija Valeria.
Dante le arrebató el teléfono.
—¿Quién le ha ordenado llamar?
—El propio Adrián. También debo informarle de que esta conversación está siendo grabada.
Dante lanzó el aparato contra la cubierta.
A lo lejos comenzó a escucharse una sirena.
Lucía corrió hacia la barandilla. Una patrullera se aproximaba por estribor. Detrás aparecieron dos embarcaciones más.