—¡Nos han seguido! —gritó.
Dante miró a Bruno.
—¿Has sido tú?
Bruno se quitó lentamente las gafas.
—Adrián me pagaba para protegerlo. Tú solo me pagabas para traicionarlo.
Dante sacó una pistola de la parte trasera del pantalón. Bruno se abalanzó sobre él antes de que pudiera disparar. Los dos hombres chocaron contra una mesa. La botella de champán cayó y se hizo añicos.
Lucía intentó escapar hacia el interior del yate, pero varios agentes armados subieron por la plataforma de popa.
La inspectora Benítez fue la primera en llegar.
—Lucía Ferrer y Dante Romero, quedan detenidos por intento de asesinato.
—¡No tienen pruebas! —gritó Lucía—. Adrián cayó al agua. Fue un accidente.
La inspectora señaló el colgante dorado.
—Lo hemos visto todo desde ahí.
Lucía arrancó la joya de su cuello. Al descubrir la pequeña lente, lanzó un grito y la pisó repetidamente.
Benítez no intentó detenerla.
—La grabación ya está guardada en tres servidores.
Dante consiguió apartar a Bruno y apuntó a la inspectora. Antes de que pudiera disparar, una voz surgió detrás de él.
—Te aconsejo que bajes el arma.
Adrián estaba en la plataforma de popa, empapado, cubierto con una manta y acompañado por dos agentes.
Lucía se quedó paralizada.
—Tú… estás muerto.
—Eso era lo que querías.
Dante dejó caer la pistola.
Lucía trató de acercarse a Adrián, pero un agente la sujetó.
—¡Fue idea de Dante! —gritó—. Él planeó todo. Yo solo tenía miedo.
Dante soltó una carcajada amarga.
—Tú compraste el ancla.
Los dos comenzaron a acusarse mientras los esposaban.
La grabación permitió demostrar el intento de asesinato, la relación entre Lucía y Dante y el plan para apropiarse de la fortuna. En una caja fuerte del yate encontraron además transferencias ilegales por dieciocho millones de euros y documentos relacionados con la desaparición del hermano de Bruno.
Parecía que todo había terminado.
Pero aquella noche, en el hospital, la inspectora Benítez entró en la habitación de Adrián con un ordenador portátil.
—Tenemos un problema.
—¿Qué ha ocurrido?
—La señal del colgante debía enviarse a tres destinatarios: mi unidad, tu abogado y el servidor de seguridad. Sin embargo, hubo un cuarto receptor.
Adrián se incorporó.
—Eso es imposible.
Benítez giró la pantalla. Allí aparecía una dirección identificada como MVEGA-01.
Adrián dejó de respirar.
—¿Conoces ese nombre?
—Pertenecía a Marcos Vega, mi hermano mayor.
—¿Dónde está él?
—Murió hace doce años.
Marcos había desaparecido en el Mediterráneo durante una travesía nocturna. Nunca encontraron su cuerpo. Tras su muerte, Adrián heredó las acciones que lo convirtieron en dueño del imperio familiar.
El teléfono de la habitación vibró.
Número desconocido.
Adrián respondió.
Al otro lado se escuchaba el sonido del mar.
Después, una voz que no oía desde hacía doce años dijo:
—Buena actuación, hermano. Has conseguido que todos crean que eras la víctima.
Adrián palideció.
—Marcos…
—Lucía intentó hundirte hoy. Pero tú hiciste exactamente lo mismo conmigo hace doce años.
La llamada terminó.
Benítez observó a Adrián.
—¿De qué está hablando?
Antes de que pudiera responder, llegó un vídeo al teléfono.
Las imágenes mostraban otro yate, grabado años atrás. Marcos aparecía arrodillado junto a un ancla. Detrás de él había un hombre joven sosteniendo una cadena.
Ese hombre era Adrián.
En el último fotograma aparecía una frase:
“Esta vez, yo también estaba mirando”.