Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Previous

Pero la celda estaba vacía.

La lámpara aún tenía aceite tibio y sobre la mesa encontraron flores frescas. Alguien se había llevado a la reina pocas horas antes.

Julián vio un mensaje arañado en la madera:

“EL SOL MIENTE”.

—¿Qué significa? —preguntó.

Elvira negó con la cabeza.

Uno de los soldados encontró una caja escondida bajo la cama. Contenía cartas que Helena había escrito a su hijo y que nunca fueron enviadas.

En la última, fechada solo tres días antes, la reina decía:

“Ramiro ha dejado de visitarme. Ahora viene una mujer que cubre su rostro. Lleva el sello real y conoce todos los pasadizos del palacio. Dice que pronto utilizará las botas para acercarse a ti”.

Julián miró instintivamente el brazalete de Elvira.

Ella retrocedió.

—Yo no he venido aquí en dieciocho años.

—La carta habla de una mujer con el sello real.

—Alguien pudo copiarlo.

El príncipe abrió otra hoja. En ella, Helena había dibujado a la visitante misteriosa. El rostro estaba oculto, pero el cuerpo era bajo y robusto. Vestía una prenda oscura y llevaba una cicatriz larga en la mano izquierda.

Todos miraron las manos de Elvira.

La mujer cerró el puño.

Una cicatriz le cruzaba la palma.

Los soldados levantaron sus espadas.

—Julián, escucha —dijo ella—. Esa cicatriz me la hizo Ramiro cuando intenté protegerte.

Antes de que el príncipe respondiera, la puerta de piedra se cerró detrás de ellos.

La única antorcha se apagó.

En la oscuridad, Julián oyó pasos alejándose por la escalera.

—¡Elvira! —gritó.

Nadie respondió.

Cuando los soldados consiguieron encender otra luz, la mujer ya no estaba. Había utilizado un pasadizo lateral que solo alguien familiarizado con la prisión podía conocer.

Sobre la mesa quedaba el brazalete de Helena.

Dentro había aparecido un papel que no estaba allí antes.

Julián lo abrió.

“Si has llegado hasta Santa Aurelia, significa que Elvira te ha contado una parte de la verdad. No confíes en ella. Fue Elvira quien cerró esta celda la primera noche. Ramiro daba las órdenes, pero ella guardaba la llave”.

La nota estaba firmada por Helena.

Un ruido llegó desde el interior de la pared. Julián retiró varias piedras y descubrió un espacio estrecho. Allí había una caja con un pequeño espejo, un frasco vacío y un segundo retrato.

La imagen mostraba a Helena, Ramiro y Elvira el día del nacimiento de Julián.

Elvira no aparecía vestida como dama de compañía.

Llevaba la corona.

En el reverso se leía:

“Las hermanas gemelas Helena y Elvira. Solo una heredará el trono”.

Julián comprendió entonces por qué Elvira se parecía tan poco a los retratos oficiales de su madre y, al mismo tiempo, conocía todos sus secretos.

Helena tenía una hermana gemela cuya existencia había sido borrada de los archivos reales.

Una hermana que también podía reclamar la corona.

El comunicador de uno de los soldados comenzó a sonar. Era el capitán Esteban desde el palacio.

—Alteza, las botas de oro han desaparecido.

—¿Y Ramiro?

—Alguien lo liberó. También se han llevado a Lady Clara.

Julián apretó la carta.

—¿Quién dio la orden?

Al otro lado se hizo un silencio.

—Una mujer con vestido burdeos. Los guardias la confundieron con la reina.

Entonces sonó la enorme campana del monasterio, aunque ya no colgaba de la torre.

Un muro frente a Julián comenzó a elevarse.

Detrás apareció una segunda celda.

Una mujer de cabello completamente blanco estaba encadenada en su interior. Levantó el rostro lentamente.

Julián reconoció los ojos de su madre.

—Helena… —susurró.

La reina lo miró con lágrimas, pero no sonrió.

—Hijo, Elvira no ha regresado para salvarme.

—¿Qué quiere?

Helena contempló el brazalete abandonado.

—Las botas no eligen a la esposa del príncipe. Son las llaves de la cámara donde se guarda la verdadera corona. Si Elvira consigue abrirla antes de tu coronación, todo el reino creerá que ella es la reina legítima.

Julián recibió entonces un mensaje enviado desde su propio trono.

Era una fotografía de Elvira sentada en él, con las botas de oro colocadas delante y Ramiro arrodillado a sus pies.

Debajo había una única frase:

“Vuelve al palacio, sobrino. Tu madre y yo tenemos que contarte cuál de las dos te dio realmente la vida”.