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Elias miró hacia el camino.

—¿Otra vez veinticinco?

Mara negó.

—Solo siete.

—Eso casi parece una visita normal.

Ella le entregó una pequeña bolsa.

Dentro había semillas.

—Para tierra cerca de casa.

Elias miró hacia el patio seco.

—No soy bueno con jardines.

Mara respondió:

—Puede aprender.

Elias rio.

Habían venido para comerciar.

Cuero trabajado.

Cestas.

Hierbas.

Elias tenía harina, sal y algunas herramientas de sobra.

No hubo caridad.

No hubo deudas.

Intercambiaron lo que cada uno necesitaba.

Con el tiempo aquello se volvió algo ocasional.

Nunca frecuente.

Nunca perfecto.

Había desconfianza en ambos mundos.

Había hombres que seguían hablando con odio en Dry Hollow.

También había mujeres que miraban a Elias con cautela cada vez que aparecía alguien nuevo.

Pero el pozo se convirtió en una pequeña excepción.

Una regla sencilla.

Si había agua suficiente, nadie moría de sed frente a su puerta.

Un año después, Elias recibió a un grupo de viajeros durante una tormenta de polvo.

Dos eran mexicanos.

Uno era un viejo buscador.

Los otros pertenecían al mismo grupo que Mara.

Elias los dejó refugiarse en el granero.

Mientras cerraba la puerta, se dio cuenta de que había dejado de contar cuántas veces aquella propiedad había salvado a alguien.

Quizá eso era bueno.

Ciertas cosas perdían su valor cuando uno empezaba a llevar cuentas.

La casa también cambió.

Elias volvió a dormir allí.

Plantó las semillas de Mara cerca de la ventana.

Solo germinó la mitad.

Él consideró aquello una victoria.

Una mañana encontró una flor pequeña creciendo donde juraba que nada podía crecer.

Se quedó observándola.

Pensó en Anna.

Pensó en Daniel.

El dolor seguía allí.

Nunca desapareció.

Pero ya no ocupaba todas las habitaciones.

Años después, cuando alguien en Dry Hollow contaba la historia, siempre exageraba algo.

Decían que cincuenta apaches habían llegado.

Otros juraban que eran cien.

Algunos aseguraban que Elias había enfrentado solo a veinte hombres armados.

Él corregía únicamente una parte.

—Eran veinticinco mujeres.

—¿Y no tuvo miedo?

Elias siempre respondía igual:

—Claro que tuve miedo.

Porque ésa era la verdad que más importaba.

No había dado agua porque fuera valiente.

No había enfrentado a Crowell porque supiera que ganaría.

Había tenido miedo desde el primer momento.

Pero aprendió que el miedo no era una orden.

Aquella primera tarde, tres mujeres llegaron casi muertas de sed.

Elias pudo cerrar el pozo.

Nadie del pueblo habría sabido nada.

Nadie lo habría castigado.

Podría haber seguido viviendo exactamente como antes.

Solo.

Seguro.

Sin deberle nada a nadie.

En cambio les dio agua.

Al día siguiente llegaron veinticinco.

Después llegó Crowell.

Después los rumores.

Después una decisión que amenazó el pequeño mundo que Elias había construido para no volver a sufrir.

Y, sin embargo, cuando todo terminó, comprendió algo extraño.

No había perdido su paz.

Había descubierto que lo que llamaba paz era simplemente ausencia.

Ausencia de voces.

Ausencia de riesgos.

Ausencia de personas.

La verdadera paz era otra cosa.

Era poder abrir una puerta sin saber qué iba a costarle y aun así no convertirse en el hombre que la mantenía cerrada.

A veces, cuando el calor era insoportable, Elias se sentaba junto al pozo con la pulsera de fibras y cuentas todavía guardada en el bolsillo de su camisa.

Nunca la vendió.

Nunca intentó averiguar cuánto valía.

Sabía exactamente cuánto valía.

Un poco de agua.

Veinticinco mujeres caminando hacia su casa.

Una cerca obligada a regresar a su lugar.

Una habitación abierta después de tres años.

Y la vida de un hombre que había jurado no esperar nada nunca más.

Todo porque, una tarde bajo el sol de Arizona, decidió que tener poca agua no era lo mismo que no tener suficiente para compartir.