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Crowell endureció el rostro.

—Dije que este terreno era mío.

—No. —Weaver lo miró—. Dijo que ellas habían entrado después de cortar su cerca.

Mara negó.

—Cerca vino después.

Elias comprendió entonces el centro de todo.

Crowell no había perseguido a las mujeres porque hubieran robado ganado.

Necesitaba convertirlas en ladronas porque, si la historia empezaba con una cerca movida y un manantial bloqueado, la pregunta sería otra.

¿Con qué derecho había tomado el agua?

Crowell señaló a Elias.

—No se meta.

Elias respondió:

—Ya me metió cuando vino a mi rancho con nueve hombres.

Weaver ordenó que nadie tocara la cerca hasta revisar los registros del condado.

Crowell no fue arrestado.

No había suficiente para eso.

Pero por primera vez el sheriff ya no trataba a Mara y a las otras mujeres como el problema principal.

El poder había cambiado.

Crowell lo sabía.

Y por eso se volvió más peligroso.

—Mercer —dijo antes de montar—. Cuando el pueblo tenga que elegir entre mi ganado y sus nuevos amigos, veremos cuánto vale su moral.

Elias no respondió.

Durante el regreso, Mara preguntó:

—¿Por qué ayuda?

Elias tardó en contestar.

—Porque una vez tuve gente que dependía de mí.

Ella no preguntó más.

Pero él siguió hablando.

—Mi esposa se llamaba Anna. Nuestro hijo, Daniel.

Era la primera vez en mucho tiempo que pronunciaba ambos nombres delante de alguien.

—Murieron con pocos meses de diferencia.

Mara caminaba junto a su caballo.

—Pensó que si estaba solo, no perdería más.

Elias la miró.

—Sí.

—¿Funcionó?

Él observó el camino.

—Hasta ayer.

Mara sonrió apenas.

En Dry Hollow, Weaver revisó los registros.

La cuestión del agua resultó menos simple de lo que Crowell afirmaba.

Su escritura incluía terrenos cercanos a Cañón Rojo, pero la descripción antigua colocaba la línea de propiedad siguiendo una formación de roca situada antes del manantial.

La cerca nueva sobrepasaba ese punto.

Crowell había presentado meses atrás una solicitud para corregir los límites.

Todavía no había sido aprobada.

Aun así, había movido la cerca como si ya lo estuviera.

Más importante todavía, no existía registro alguno de que las mujeres hubieran cortado una cerca o robado ganado.

Las reses desaparecidas aparecieron al día siguiente en otra parte del propio terreno de Crowell.

Un trabajador las había encontrado después de que atravesaran una sección dañada del corral.

La acusación se desmoronó.

Crowell quedó expuesto.

No como un criminal misterioso.

Como algo más común.

Un hombre poderoso que había utilizado un rumor para proteger una ventaja.

Weaver fue al rancho de Elias dos días después.

—Las acusaciones por robo quedan fuera.

Elias miró hacia las mujeres.

Varias sonrieron al comprender.

Mara preguntó:

—¿Y agua?

—La oficina territorial tendrá que decidir la línea definitiva —respondió Weaver—. Pero Crowell no puede cerrar el acceso alrededor del manantial basándose en una modificación que todavía no le pertenece.

Mara permaneció seria.

—¿Entonces podemos volver?

—Por ahora, sí.

Elias debería haber sentido alivio.

En cambio sintió algo parecido a pérdida.

Las veinticinco mujeres comenzaron a prepararse esa misma tarde.

Su objetivo nunca había sido quedarse.

Necesitaban agua.

Seguridad.

Tiempo.

Ahora podían continuar.

Elias ayudó a llenar recipientes.

Una de ellas dejó arreglada la puerta del granero.

Otra remendó una manta de caballo sin que él se lo pidiera.

Dos limpiaron el pozo.

—Van a dejarme sin trabajo —murmuró.

Mara sonrió.

—Puede aprender a descansar.

—No exageremos.

Antes de partir, ella sacó la pulsera que Elias todavía llevaba en el bolsillo.

La tocó una vez.

—La guardó.

—Sí.

—Entonces recuerda.

Elias miró a las mujeres formadas cerca del camino.

—No creo que pueda olvidarlo.

Mara señaló la casa.

—No debe vivir siempre en granero.

Elias frunció el ceño.

—¿Qué tiene de malo mi granero?

Ella miró hacia la casa principal.

—Los muertos no necesitan habitaciones.

La frase le dolió.

No porque fuera cruel.

Porque era cierta.

Elias había convertido aquella casa en un lugar donde nada podía cambiar.

La taza de Anna seguía en una repisa.

El pequeño banco que Daniel usaba permanecía junto a la puerta.

No porque quisiera recordarlos.

Porque mover cualquier cosa parecía aceptar que no volverían.

Mara montó.

—Adiós, Elias Mercer.

—Adiós, Mara.

Las veinticinco mujeres se marcharon por el mismo camino por el que habían llegado.

Esta vez Elias no las observó con miedo.

Las vio desaparecer hasta que el último movimiento se perdió entre el polvo.

Después volvió al rancho.

El silencio regresó.

Pero ya no era el mismo.

Entró en el granero.

Demasiado limpio.

Casi le molestó.

Luego miró hacia la casa.

Por primera vez en tres años abrió todas las ventanas.

Sacó mantas al sol.

Movió muebles.

Guardó algunas cosas de Anna y Daniel en un baúl.

No las tiró.

No quiso borrarlos.

Solo dejó de vivir como si fueran a entrar por la puerta esa misma tarde.

Dos semanas después bajó a Dry Hollow.

Entró en la tienda de Harris.

Varias conversaciones se detuvieron.

Elias pidió harina.

El comerciante se la entregó.

—Crowell dijo que usted había perdido el juicio.

—No sería la primera vez que se equivoca.

Un hombre junto al mostrador preguntó:

—¿Es verdad que tuvo veinticinco apaches viviendo en su rancho?

Elias respondió:

—Dos días.

—¿Y no pasó nada?

Elias pensó en el granero.

—Me dejaron todo más limpio de lo que lo encontraron.

Alguien soltó una risa.

La tensión disminuyó.

Crowell entró unos minutos después.

Vio a Elias.

—Disfrútelo mientras pueda.

Elias se volvió.

—¿Qué cosa?

—Creer que ganó.

—Yo no gané nada.

Crowell se acercó.

—Perdí una corrección de límites por culpa suya.

—No. La perdió porque movió una cerca antes de que aprobaran la corrección.

Varias personas escuchaban.

Crowell bajó la voz.

—No sabe cómo funciona este territorio.

Elias sonrió ligeramente.

—Últimamente todos los hombres que dicen eso terminan queriendo algo que no es suyo.

Crowell salió sin comprar nada.

Meses después la oficina territorial resolvió definitivamente el límite de Cañón Rojo.

El manantial quedaba fuera de la ampliación reclamada por Crowell.

La vieja línea fue restaurada.

Crowell tuvo que retirar parte de la cerca y rehacer su zanja.

No perdió su rancho.

No terminó en prisión.

Pero perdió control sobre aquel punto de agua y, sobre todo, perdió la facilidad con la que antes convertía su palabra en verdad.

Los rancheros comenzaron a revisar mejor sus propios límites.

El sheriff dejó claro que nuevas acusaciones necesitarían pruebas.

Crowell siguió siendo rico.

Solo dejó de ser intocable.

Elias volvió a su vida.

Pero no a la misma.

Una tarde de otoño escuchó pasos detrás de él mientras reparaba una cerca.

Se volvió.

Esta vez su mano no fue al cinturón.

Mara estaba allí.

No sola.

Otras seis mujeres la acompañaban.