Back
Font Size
18px
Theme
Select Chapter
Previous
Next

Porque todavía no sabía si aquellas mujeres habían venido a pedirle ayuda...

o si el vaso de agua que había entregado el día anterior acababa de cambiar su vida para siempre.

PARTE 2

La mujer de la pulsera avanzó sola.

Elias no tocó el rifle.

Ella señaló el pozo.

—Agua. Hasta mañana.

Su español era lento, pero claro.

Elias miró a las otras veinticuatro mujeres. Algunas apenas podían mantenerse de pie.

—Pueden beber.

Nadie corrió. Se acercaron por turnos, igual que las tres del día anterior, sin desperdiciar una gota.

Entonces la mujer señaló hacia el oeste.

—Nos siguieron.

Elias frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Hombres de Crowell.

Ese apellido sí lo conocía. Mason Crowell poseía miles de acres alrededor de Dry Hollow y llevaba años buscando controlar cada fuente de agua de la región.

—¿Por qué las persigue?

La mujer respondió:

—Cerró nuestro manantial. Dijo que ahora era suyo.

Elias miró hacia la línea de colinas.

Una nube de polvo comenzaba a levantarse.

Jinetes.

Muchos.

La mujer de la pulsera lo miró fijamente.

—Ahora debe decidir si el agua sigue siendo suya… cuando Crowell llegue.

PARTE 3

Elias contó nueve jinetes antes de que desaparecieran detrás de una elevación.

Tal vez eran más.

La mujer de la pulsera observó el polvo sin moverse.

—¿Cuánto falta? —preguntó Elias.

—Una hora. Quizá menos.

Él miró el pozo.

Después las veinticinco mujeres.

Tres años antes había elegido aquel rancho precisamente porque nadie tenía motivos para visitarlo.

Ahora tenía veinticinco personas bebiendo de su agua y nueve hombres acercándose hacia ellas.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

La mujer se tocó el pecho.

—Mara.

Elias asintió.

—Mara, si esos hombres llegan, quiero saber exactamente qué ocurrió.

Ella señaló hacia el oeste.

—Había agua en Cañón Rojo. Siempre.

Buscó las palabras.

—Crowell llevó ganado. Puso cerca. Después hombres.

—¿Las expulsaron?

Mara negó.

—Primero dijo que podíamos usar poca agua.

Su expresión cambió.

—Después no.

Elias comprendió.

Mason Crowell no necesitaba odiarlas para hacerles daño.

Solo necesitaba querer el agua más que ellas.

Elias conocía a hombres así.

En Dry Hollow se decía que Crowell podía mirar una parcela sin ver tierra, árboles o personas.

Solo veía cuánto podía valer dentro de cinco años.

—¿Y los hombres de su gente?

Mara respondió:

—Otros camino. Ancianos también. Nosotras fuimos primero porque necesitábamos agua. Luego debemos encontrarlos.

Aquello explicaba la ausencia de familias completas.

También explicaba por qué las tres primeras habían llegado como exploradoras.

Elias señaló el granero.

—Las que estén más cansadas pueden descansar allí.

Mara lo miró con cautela.

—¿Y cuando lleguen los hombres?

Elias volvió a mirar la nube de polvo.

—Entonces hablaré con ellos.

No parecía suficiente.

Pero era lo único que tenía.

Las mujeres se movieron rápidamente.

Sin órdenes largas.

Sin gritos.

Unas llenaron recipientes.

Otras llevaron agua hacia las más débiles.

Dos revisaron los caballos.

Una mujer mayor que las demás comenzó a repartir la poca comida que llevaban.

Elias sintió una extraña incomodidad.

Había imaginado veinticinco extrañas convirtiendo su rancho en caos.

En menos de veinte minutos estaban más organizadas de lo que él había estado en tres años.

Mara se acercó al corral.

—Ayer limpiamos.

—Lo noté.

—Agua no debía ser regalo sin respuesta.

Elias sacó la pulsera del bolsillo.

—Esto ya era respuesta suficiente.

Mara miró el brazalete.

—Eso era gracias.

Señaló el granero.

—Eso era decir a las otras que aquí podían venir.

Elias se quedó quieto.

La sospecha de la noche anterior había sido cierta.

El granero limpio era un mensaje.

No para él.

Para las demás.

“Aquí no nos hicieron daño.”

Elias guardó de nuevo la pulsera.

—Podrían haberme preguntado.

Mara lo miró con una seriedad casi cansada.

—Si preguntábamos primero, tal vez decía no.

Elias estuvo a punto de protestar.

Después recordó su propia reacción al ver las luces.

Tal vez tenía razón.

Los jinetes aparecieron antes del mediodía.

Nueve hombres.

Mason Crowell cabalgaba delante.

Elias lo reconoció incluso antes de verle el rostro.

Crowell vestía mejor que cualquier hombre que necesitara recorrer aquella distancia bajo el sol. Sombrero gris, camisa limpia, botas caras y una chaqueta demasiado buena para el polvo.

Detuvo su caballo a unos treinta pasos.

Sus hombres se abrieron ligeramente detrás.

Elias permaneció frente al pozo.

Mara estaba varios pasos a su izquierda.

Las demás mujeres se mantuvieron cerca del granero y la casa.

Crowell observó el grupo.

—Mercer.

—Crowell.

—Veo que encontró mi problema.

Elias no respondió inmediatamente.

—No sabía que las personas podían pertenecerle.

Crowell sonrió.

—No sea ridículo. Hablo del problema.

Señaló a las mujeres.

—Han estado entrando en tierras privadas.

Mara habló.

—Cañón Rojo era agua antes de su cerca.

Crowell ni siquiera la miró.

—Estoy hablando con Mercer.

Elias sintió algo viejo despertarse.

No ira todavía.

Algo más frío.

—Yo la escuché.

Crowell finalmente miró a Mara.

—Ese manantial está dentro de mi concesión de pastoreo.

Mara negó.

—Sus hombres movieron cerca.

Crowell soltó una risa.

—¿Y ahora una mujer va a explicarme dónde están mis límites?

Elias miró hacia él.

—No parece una pregunta difícil si usted sabe dónde están.

La sonrisa desapareció.

Crowell desmontó.

Sus hombres no lo hicieron.

—No quiero pelea, Mercer.

—Yo tampoco.

—Entonces haga lo sensato. Déles suficiente agua para que puedan marcharse y que sigan hacia el sur.

Elias miró a las mujeres.

Algunas todavía estaban exhaustas.

—Dijeron que necesitan hasta mañana.

—No es asunto suyo.

—Están en mi tierra.

—Precisamente.

Crowell se acercó.

—Piense en eso.

Elias frunció el ceño.

—¿En qué?

—En lo que va a decir Dry Hollow cuando sepan que usted está alojando a veinticinco apaches.

Elias entendió entonces la amenaza.

Crowell no necesitaba sacarlas por la fuerza.

Podía usar el miedo del pueblo.

Un comerciante podía dejar de venderle harina.

Un comprador podía negarse a recibir su ganado.

Un vecino podía decidir que un hombre solo en el desierto era peligroso simplemente por haber dado agua.

Crowell bajó la voz.

—Usted tiene una propiedad pequeña. Un pozo bueno. Algunas reses. No necesita enemigos.

—¿Me está ofreciendo amistad?

—Le estoy ofreciendo sentido común.

Elias miró a los hombres montados detrás.

—Curioso. El sentido común suele llegar solo. El suyo necesita ocho jinetes.

Uno de los hombres sonrió antes de contenerse.

Crowell lo notó.

Su rostro se endureció.

—Las quiero fuera de esta tierra antes de la puesta del sol.

Elias respondió:

—No.

Crowell parpadeó.

—¿Qué dijo?

—Que no.

—Mercer, no entiende en qué se está metiendo.

Elias pensó en su esposa.

En su hijo.

En los tres años que había pasado evitando cualquier cosa que pudiera dolerle.

Luego miró a Mara.