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—Probablemente no.

Señaló el camino.

—Pero ésta sigue siendo mi tierra.

Crowell volvió a montar.

—Mañana no podrá decir que no le advertí.

Elias lo vio marcharse.

Cuando el último jinete desapareció, sintió que las rodillas casi le fallaban.

Mara se acercó.

—Tiene miedo.

Elias soltó una risa sin humor.

—Mucho.

—Podemos irnos.

Él la miró.

—¿Pueden?

Mara no respondió.

Eso bastó.

Durante la tarde Elias intentó prepararse.

Contó sacos de grano.

Midió el nivel del pozo.

Revisó los caballos.

Pensó en lo que ocurriría si Crowell regresaba.

No quería un tiroteo.

No quería convertirse en héroe.

Quería volver a su vida silenciosa.

Pero algo había cambiado.

Quizá había comenzado el día anterior con una taza de agua.

Tal vez antes.

Cuando Mara dejó la pulsera a sus pies y él sintió, por primera vez en años, que alguien lo veía como algo más que un hombre que había sobrevivido a una tumba demasiado grande.

Al atardecer, una de las mujeres encontró una tabla rota en el corral y comenzó a repararla.

Elias se acercó.

—No tiene que hacer eso.

Ella no entendió.

Mara tradujo unas pocas palabras.

La mujer respondió.

Mara explicó:

—Dice que manos ocupadas ayudan cuando corazón tiene miedo.

Elias miró la tabla.

—Entonces debería construir otro rancho entero.

Mara no comprendió la broma.

Elias sonrió de todos modos.

Aquella noche las mujeres durmieron donde pudieron.

Algunas en el granero.

Otras en la casa.

Varias prefirieron quedarse fuera, cerca del pozo.

Elias volvió al altillo.

No durmió.

Pero esta vez no fue por miedo a ellas.

Esperaba a Crowell.

Llegó una sola persona antes del amanecer.

Un muchacho del pueblo.

Cabalgó hasta el rancho con el caballo cubierto de sudor.

—Señor Mercer.

Elias salió.

—¿Qué pasa?

—Crowell estuvo anoche en Dry Hollow.

El muchacho miró hacia las mujeres.

—Dice que ustedes robaron ganado de su propiedad y que usted las está escondiendo.

Mara apareció detrás de Elias.

—No robamos.

El muchacho se puso nervioso.

—Yo solo digo lo que él dijo.

Elias preguntó:

—¿Y qué hará?

—Quiere que el sheriff venga.

Eso podía ser bueno.

O muy malo.

Elias conocía al sheriff Tom Weaver.

No eran amigos.

Pero Weaver no era hombre que disfrutara de problemas que pudiera evitar.

—¿Cuándo?

—Hoy.

El muchacho entregó otro mensaje.

—Crowell también dijo en la tienda de Harris que ningún hombre que ayude a ladrones debe esperar crédito.

Elias apretó los dientes.

Ahí estaba.

La verdadera arma.

No un rifle.

El aislamiento.

Crowell sabía exactamente cómo destruir a un ranchero pequeño.

No necesitaba quemar su casa.

Solo tenía que lograr que nadie comerciara con él.

Elias miró su ganado.

Tres años construyendo algo modesto.

Y bastaba un rumor para hacerlo tambalear.

Mara habló:

—Nos iremos.

—No.

—Por nosotras perderá rancho.

—Todavía no.

—Puede perderlo.

Elias se volvió hacia ella.

—Escúcheme. Si se marchan ahora porque un hombre mintió sobre ustedes, mañana hará lo mismo con otra persona. Después conmigo. Después con quien tenga algo que él quiera.

Mara lo observó.

Elias continuó:

—No sé qué ocurrió en Cañón Rojo. Pero sí sé lo que ha ocurrido aquí. Llegaron sin armas. Pidieron agua. Trabajaron en mi granero. No tocaron mi ganado.

—Crowell dirá otra cosa.

—Entonces tendrá que demostrarla.

El sheriff llegó cerca del mediodía.

Crowell venía con él.

Esta vez solo dos hombres acompañaban al ganadero.

Tom Weaver desmontó primero.

—Elias.

—Sheriff.

Weaver miró alrededor.

—Crowell dice que varias reses desaparecieron de un potrero cerca de Cañón Rojo.

—¿Cuándo?

Crowell respondió:

—Hace dos noches.

Elias miró a Mara.

Ella habló sin esperar traducción.

—No.

Crowell resopló.

—Qué útil.

Weaver levantó una mano.

—Quiero escuchar.

Mara explicó con las palabras que conocía.

Habían salido del cañón antes de la noche indicada.

Habían caminado.

No tenían caballos.

No tenían cuerdas.

No tenían carne fresca.

Weaver inspeccionó el campamento.

No encontró cuero de res.

No encontró marcas de sacrificio.

No encontró nada relacionado con ganado robado.

Crowell se impacientó.

—Pueden haberlo escondido.

Elias respondió:

—¿Veinticinco mujeres agotadas escondieron reses en el desierto y después caminaron aquí sin llevar carne?

Weaver miró a Crowell.

—Necesito más que una acusación.

Crowell cambió de estrategia.

—Son intrusas.

—No en mi propiedad —dijo Elias.

Crowell lo miró con odio.

—Usted cree que está salvándolas.

Elias negó.

—Les estoy dando agua.

—Es lo mismo.

—No debería serlo.

Weaver preguntó por Cañón Rojo.

Mara explicó lo de la cerca.

Crowell respondió inmediatamente:

—La cerca está dentro de mi terreno.

—Entonces vayamos a verla —dijo Elias.

Crowell quedó inmóvil.

Fue apenas un segundo.

Pero Elias lo vio.

También Weaver.

—¿Algún problema? —preguntó el sheriff.

—Ninguno.

Partieron esa misma tarde.

Elias dejó a la mayoría de las mujeres en el rancho.

Mara y las dos que habían llegado con ella el primer día los acompañaron.

Crowell cabalgó delante.

Cañón Rojo estaba a varias horas.

Cuando llegaron, Elias entendió por qué Crowell quería aquel lugar.

El manantial no era grande.

Pero en aquel país no necesitaba serlo.

El agua brotaba desde una grieta de roca y descendía por un pequeño cauce.

Una cerca reciente cortaba el acceso.

Al otro lado había ganado de Crowell.

Mara desmontó.

Se acercó a una piedra grande junto al cauce.

Señaló marcas antiguas de fogatas y senderos gastados alrededor.

—Venimos aquí muchos años.

Crowell habló:

—Eso no convierte el terreno en suyo.

Mara no discutió.

Señaló algo más.

Elias siguió su mano.

Una zanja.

Había sido excavada recientemente desde el cauce hacia un abrevadero construido dentro del potrero de Crowell.

El agua estaba siendo desviada.

Weaver desmontó.

—¿Cuándo hizo esto?

Crowell respondió:

—Dentro de mi propiedad puedo manejar mi agua.

Elias caminó siguiendo la zanja.

Llegó hasta la cerca.

Allí se detuvo.

El poste más cercano parecía nuevo.

Pero junto a él, medio enterrado, había otro agujero.

Después otro.

Una línea de huecos antiguos continuaba varios metros más lejos.

Elias había colocado suficientes cercas para reconocerlo.

—Sheriff.

Weaver se acercó.

Elias señaló.

—La cerca no estaba aquí antes.

Crowell habló rápido.

—La movimos para mejorar el potrero.

—¿Hacia afuera o hacia adentro? —preguntó Weaver.

Crowell guardó silencio.

Mara caminó hasta una roca cercana.

Allí había una vieja marca de límite.

No un documento.

No una sorpresa imposible.

Una simple señal tallada en piedra que cualquier ranchero de aquella región conocía.

Elias miró la línea entre aquella marca y los agujeros antiguos.

La cerca nueva estaba varios metros más allá.

Crowell había ampliado su terreno alrededor del agua.

Eso no demostraba todavía quién tenía derecho legal al manantial.

Pero sí destruía una parte importante de su historia.

No era una cerca antigua protegiendo una propiedad establecida.

La había movido.

Weaver se volvió.

—En Dry Hollow dijo que esta línea llevaba años aquí.